El voto de Inés Arrimadas, una representación de la grieta en Cataluña
La votación de la candidata de Ciudadanos, favorita en el bando antiseparatista, despertó fuertes reacciones a favor y en contra
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BARCELONA.- “¡Vete a tu pueblo!” “¡Fascista!” Inés Arrimadas mantenía una sonrisa incómoda bajo el sol del mediodía invernal, mientras hacía la cola para votar en el barrio de Les Corts. Le gritaban a ella, pero no eran todos insultos. “¡Presidenta, presidenta!”, la alentaban otros.
La votación de la candidata de Ciudadanos, favorita en el bando antiseparatista, parecía una representación en miniatura de la grieta catalana . “¡Nunca serás presidenta de este catalán, aunque ganes!”, le espetó un señor que había ido a votar con una berretina, el típico gorro rojo de lana de los nacionalistas. “Vienen a nuestra tierra y después quieren echarnos y meternos presos. ¡Caradura!”, rezongaba una señora con tapado de piel, que no puede digerir el éxito de esta dirigente de 36 años nacida en la provincia de Cádiz, Andalucía.
Arrimadas esperó 25 minutos de la mano de su esposo, el ex diputado nacionalista Xavier Cima. La rodeaba un enjambre de cámaras de medios de todo el mundo, un interés nunca visto para unas elecciones regionales en España. Cada tanto se le acercaban a pedirle selfies. Le palmeaban la espalda. “Dales duro, Inés”, le dijo en un susurro, en catalán, un señor mayor.
La prueba de la fama que alcanzó Arrimadas era la cantidad de chicos en edad escolar que se amontonaban para sacarle fotos. Incluso algunos cuyos padres iban con el lacito amarillo en la solapa que recuerda a los dirigentes independentistas presos por declarar la república.
El duelo callejero seguía desde las ventanas, a las que se asomaban vecinos a ver qué pasaba en la calle. “¡Visca Catalunya lliura!”, de un lado. “¡Que viva España!”, del otro.

Una jornada cargada de ansiedad
La tensión se mantuvo en niveles tolerables, tal como aprendieron a gestionarla los catalanes en los últimos años. Así se vivió en casi todos los centros electorales: la ansiedad por un resultado incierto, la emotividad a flor de piel, el recuerdo de la accidentada votación de octubre para el referéndum ilegal, los homenajes a los presos, el ruego de los no independentistas de que los partidos españoles ganen de una vez.
Todo fue atípico desde que abrieron las urnas. Unas colas interminables discurrían lentas en los colegios de Barcelona: al no ser feriado, los votantes debían pedir un justificante para presentar en el trabajo.
En las mesas se arremolinaron los fiscales de los siete partidos en competición, todos debidamente identificado con una credencial. Charlaban y tomaban café con una camaradería condenada a perderse al caer la noche. Nunca hubo tantos delegados para controlar el escrutinio (unos 20 por mesa en promedio).
Los independentistas de Esquerra Republicana (ERC) difundieron sus temores de un fraude, ya que las elecciones regionales, por primera vez en la historia, las organiza el gobierno de Mariano Rajoy. Dijeron que harán un recuento alternativo para chequear.
La policía catalana -los Mossos d’Esquadra- se desplegó en los colegios. Ni rastro de las fuerzas de seguridad española que en el referéndum despejaron a golpes los centros de votación. Los dejaron en los cuarteles de las grandes ciudades, por si acaso.
Ausentes
Hubo ausencias más notorias. El destituido presidente Carles Puigdemont , cabeza de lista de Junts per Catalunya (JxC), se quedó en Bélgica, donde escapa de la Justicia española. “Rajoy tiene mucho miedo a abrir las urnas”, dijo a la prensa en Bruselas para calentar las previas de la televisión.
En el colegio donde debía votar, en las afueras de Girona, algunos seguidores lo esperaron en vano. Habían puesto en una vitrina, como si fuera una reliquia, una de las urnas chinas de plástico del referéndum ilegal. Tuvieron que conformarse con ovacionar a la esposa del ex presidente, la rumana Marcela Topol.
En Sant Vicenç dels Horts estaba registrado el ex vicepresidente Oriol Junqueras, cabeza de lista de ERC. A él nadie lo esperaba: ya había votado por correo en la cárcel madrileña de Estremera. Pero lo homenajearon con símbolos amarillos pintados en la vereda. Le dedicaron también un fake news: se anunció que las autoridades de la prisión lo habían castigado con cinco días sin salir al patio por dar una entrevista telefónica a una radio. Era falso.
En Vic, algunos kilómetros al norte, votó su número dos, Marta Rovira, que iba con el lazo en la solapa pese a que podían haberla reprendido. Nadie le dijo nada.
En otros colegios, los nacionalistas llevaban la cintita en el bolsillo y se la ponían al salir. “No sea cosa que me anulen el voto”, comentaba Adrià Pérez, un simpatizante de ERC que salía al mediodía del colegio barcelonés donde sufragó el ex presidente Artur Mas. Al impulsor original del proceso separatista también lo recibieron con una competencia entre insultos y ovaciones.
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