
Esa aparente inexpresividad de los japoneses
Alessandro G. Gerevini Corriere Della Sera
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TOKIO.- Frente a las imágenes catastróficas cuesta entender cómo es posible no entrar en pánico, no abandonarse a la desesperación más absoluta. La respuesta es simple: hay que estar preparado. Para los japoneses, todo debe estar programado a la perfección. Por lo tanto, escuelas, oficinas, estaciones, hospitales, todos los lugares públicos cuentan con planes de evacuación bien probados y que son ensayados periódicamente.
Cada año, por ejemplo, en la Universidad Waseda, donde enseño, se realizan los ensayos generales de evacuación. Los altoparlantes nos informan que debemos desalojar el edificio y todos los docentes y alumnos bajamos en fila por la escalera para encaminarnos hasta el punto de encuentro preestablecido. Una "caminata" de un par de kilómetros muy importante para aprender el trayecto que se debe recorrer en caso de emergencia. Y no es una obviedad, ya que como habitualmente se usa el subterráneo u otros medios de transporte público, la gente a veces no sabe llegar a determinados lugares a pie.
Hasta los inquilinos de cualquier vivienda saben exactamente qué hacer durante un sismo. Refugiarse debajo de la mesa, de ser posible meterse en el baño -el ambiente por lo general más resistente de la casa, por lo compacto-, protegerse la cabeza con cualquier cosa rígida, apagar de inmediato los artefactos a gas y calzarse para no cortarse con vidrios rotos. Es importante asegurarse de que la puerta de entrada quede bien abierta, porque, de estar cerrada, una réplica del sismo podría bloquearla e impedir que los habitantes escapen. Si les parece banal, deberían probar encontrarse bajo un techo a punto de colapsar sin saber qué se debe hacer?
Cuando la situación ya está bajo control, hay que calzarse la mochila para emergencias -que siempre está preparada-, el casco y dirigirse al punto de encuentro preestablecido a la espera de ulteriores instrucciones. Sin embargo, la que juega el papel más importante es la preparación psicológica, esa que caracteriza al pueblo japonés. Viviendo aquí uno se acostumbra de inmediato a exorcizar el temor al jishin (el gran terremoto) con bromas, un modo del todo eficaz para aprender a familiarizarse con el propio destino, para volverse un fatalista.
No debe sorprendernos entonces la calma que ha demostrado Japón frente al desastre. El control de las emociones es un tipo de ejercicio al que los japoneses están acostumbrados desde pequeños. Las demostraciones públicas de tristeza excesiva, pero también de alegría excesiva, son consideradas un signo de debilidad. Cualquiera que haya visto, por ejemplo, un combate de sumo, sabe que no se permite una sonrisa o una expresión de tristeza. Pero también las obras maestras de la literatura, como La lluvia negra , de Masuji Ibuse, se explayan sobre ese concepto: relato del desastre atómico de Hiroshima, la novela narra con desapego periodístico la catástrofe humana por excelencia, algo que a nuestros ojos resulta un ejercicio imposible.
El control de las emociones
Por lo tanto, si bien a los ojos de un occidental la reacción del pueblo japonés pueda parecer fría, casi inhumana, cuando miles y miles de personas se ven obligadas a vivir en un territorio estrecho sobre el que la naturaleza descarga con frecuencia todo su poder destructor, el control de las propias emociones representa por cierto la única manera de lograr sobrevivir. El profundo sentimiento de pertenencia a una comunidad es otro de los elementos fundamentales. En un país donde la identidad nacional se construye más a partir de la idea de grupo que sobre la singularidad, también en las situaciones de emergencia es importante no exceder el propio espacio de uno y respetar las reglas. Solo así es posible mantener el orden social y conservar la propia identidad.
Durante las próximas semanas, seguramente los japoneses continuarán haciendo lo que les han enseñado a hacer, intentando controlar su propio dolor y colaborar con los demás respetando las reglas. Si así no fuese, el país caería en el caos más absoluto y la gente se sentiría aún más desorientada. Esta nueva catástrofe pondrá a prueba todos los manuales, los simulacros y los ensayos hechos hasta ahora, pero de seguro los japoneses saldrán adelante con la frente en alto, y finalmente fortalecidos, como siempre les ha ocurrido en el pasado.
Traducción de Jaime Arrambide




