Europa debe apelar a su propio juego

José Ignacio Torreblanca
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7 de febrero de 2015  

MADRID.- Tener razón no confiere automáticamente la capacidad de diseñar una buena estrategia. Es lo que les pasa a los que estos días intentan convencernos, desde Estados Unidos o dentro de la propia Europa, de que armar a Ucrania es una buena idea.

Dejando a un lado a los nostálgicos de aquel mundo en el que bastaba ponerse del lado contrario de Estados Unidos para tener razón, es obvio que Ucrania está siendo víctima de una agresión por parte de un Estado vecino, Rusia. Y ese país lo está haciendo con dos agravantes que no son tolerables: uno, simular mediante la infiltración de fuerzas armadas de carácter irregular una guerra civil que no existe entre rusos étnicos y ucranianos donde nunca hubo inconvenientes de violencia sectaria, y dos, violando las garantías de integridad territorial que, en 1994, el gobierno de Moscú concedió a Kiev a cambio de que ésta renunciara a sus armas nucleares.

Si el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) fuera como la estatua de la justicia, ciego y con una balanza en una mano y una espada en la otra, es seguro que no tardaría más de 10 minutos en condenar a Rusia como agresor y enviar cascos azules a sellar la frontera ruso-ucraniana para impedir el paso -incesante- tanto de material como de efectivos militares rusos.

Por lo tanto, no sólo no hay equidistancia posible entre las partes, como pretenden algunos, sino que es evidente dónde está la razón legal, política y moral en este conflicto.

El tema es que, como Angela Merkel descubrió en la cumbre del G-20 de Brisbane tras más de dos horas de reunión a solas con Putin, no tenemos un problema de malentendidos. Si fuera un malentendido, Merkel, que se crió en la ex Alemania Oriental, habla ruso perfectamente y proviene del país que más interés y experiencia tiene en convivir con Rusia, lo habría deshecho. Pero lo que emergió de esa entrevista, y el tiempo transcurrido confirmó, es que Putin tiene una visión del mundo y de los intereses de Rusia completamente antagónica a la de la Unión Europea (UE).

Hasta hoy, la política europea, acertada, consistió en usar las sanciones para, primero, convencer a Rusia de que, aunque el continente no le caiga mal, para convivir con sus habitantes debe respetar unas mínimas pero esenciales reglas sobre la integridad territorial de los Estados y, dos, de que debe aceptar el derecho de los ucranianos a decidir sobre el futuro de su país, incluyendo su vinculación con la UE con un acuerdo de asociación. Mientras Rusia no acepte esos dos principios, viviremos en una tensa coexistencia, pero coexistencia.

Armar a Ucrania no sólo supone reconocer el fracaso de esa política, sino, peor aún, estar dispuestos a asumir las consecuencias de ese fracaso. Porque si Ucrania, a pesar de esas armas, fracasara en defenderse, nos tocaría defenderla a nosotros. Y hasta ahora, cada vez que Ucrania progresó militarmente, Rusia elevó la presión y la doblegó.

Europa no puede ganar jugando al juego ruso, sólo jugando al propio.

© El P aís SL

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