
"Garganta Profunda", el vulgar héroe de una hazaña periodística
Mark Felt usó medios turbios, pero ayudó a transparentar el gobierno de EE.UU.
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MEXICO DF.- Los enigmas, como los mitos, son mejores con bruma. Hay cierto desencanto en la revelación de un buen secreto. Lo hubo cuando la revista Vanity Fair reveló la identidad de "Garganta Profunda", el informante de The Washington Post en el Watergate. Se trata de quien fue en aquel tiempo el segundo hombre del FBI, Mark Felt, señalado varias veces como el turbio personaje que hacía laberínticas citas con Bob Woodward para revelarle intimidades.
La revelación suscitó una polémica sobre los motivos de Felt para actuar como "Garganta Profunda", apodo que aludía a la condición un tanto ordinaria del personaje, actor estelar de esa zona de la pornografía política y periodística que son las filtraciones. Sobre el riel de las filtraciones de Felt se deslizó la investigación del Watergate, que terminó en la renuncia del presidente Richard Nixon, quizá la mayor victoria que haya obtenido un diario sobre un gobierno en la historia de la democracia occidental.
La polémica ha estado entre dos polos. ¿Felt filtraba información por integridad y patriotismo para impedir el crecimiento de un gobierno inclinado al juego sucio, o la filtraba irritado porque, tras la muerte del mítico y sórdido jefe del FBI, Edgar G. Hoover, justo cuando surgía el Watergate, Nixon no hizo a Felt director del FBI, puesto para el que él se sentía con derecho de piso?
La verdad no está en los extremos, sino en la mezcla. Felt fue "Garganta Profunda" por convicción política y por resentimiento burocrático. Su convicción es menos nítida que su resentimiento; aparece teñida de una doble moral. Felt no quería ver a la Casa Blanca haciendo cosas que sólo eran justificables, según él, si las hacía el FBI: usar los instrumentos de la inteligencia policial para chantajear a adversarios políticos. Esta fue una especialidad de Hoover, ídolo de Felt.
Por razones patrióticas, a Felt le parecía mal que el gobierno hiciera lo que Hoover hacía rutinariamente desde el FBI. Por las mismas razones patrióticas le parecía bien que lo hiciera el FBI e incluso él. El juicio moral más duro hecho contra "Garganta Profunda" viene del propio Felt, quien para esconder su secreto ejerció el privilegio puro y duro de mentir. Escribió en sus memorias: "¡Nunca filtré información a Woodward y a Berstein!".
Años después, Felt volvió a negar sus actos descalificando la conducta de "Garganta Profunda" con estas palabras: "Filtrar información habría sido contrario a mis responsabilidades como empleado leal del FBI".
Por otra parte, Nixon era un paranoico y un visionario. El acordeón de sus rasgos morales reunía en un extremo al pillo y en el otro al estadista. Nixon sospechaba, con certera paranoia, que "Garganta Profunda" era Felt.
Los equilibrios de poderes, escribió Madison, fundador de la democracia norteamericana, deben diseñarse pensando en poner límites a los "chicos malos", ya que los buenos se contienen solos. Se trata de que los malos se vigilen y contrarresten entre sí y que sea caro para todos actuar mal. En el bastidor de pasiones políticas y guerras burocráticas que es el trasfondo del Watergate, uno se pone del lado de Felt y de los "chicos buenos" de la prensa. Vista la película completa, lo cierto es que en la relación de Felt y el Post no hay grandes lecciones de transparencia pública. Sin embargo, el efecto del caso fue transparentar la vida pública estadounidense.
Estamos frente a un buen ejemplo de la paradoja mayor de la política, que, desde Maquiavelo, desvela a los moralistas y hace sonreír a los cínicos. La paradoja es ésta: medios deleznables pueden conseguir fines admirables; procedimientos turbios, como la filtración políticamente interesada, o la complicidad de periodistas ambiciosos con informantes secretos, pueden conducir a revelaciones clave.
Hay siempre un precio que pagar, no obstante, en el uso de medios turbios. La práctica deficiente y la indomable ambición periodística hacen que la excepción de los "ciertos casos" se vuelva norma. De esa relajación del rigor periodístico pueden salir grandes correcciones de la vida pública, como el Watergate. Pero esa patente de corso no hace sino enturbiar el oficio.
La verdadera epopeya del Post no está en sus tratos con "Garganta Profunda", sino en la maníaca persecución de datos, teléfonos e informantes emprendida por dos reporteros jóvenes, y en el coraje con que el periódico defendió su libertad de investigar e informar. Esta conjunción admirable de coraje empresarial y oficio periodístico tiende a ser velada por la sombra magnética de "Garganta Profunda".
Despejados los enigmas de esa sombra, el retrato completo de la hazaña periodística no deja de ser melancólico. La epopeya de un diario que derriba a un presidente tiene su piedra de toque en una fuente despechada por no haber sido nombrada directora del FBI. La idea de un "héroe vulgar" fascinaba a Flaubert, nos dice Juan Goytisolo. La larga molienda de las tripas del Watergate ha regurgitado a un pobre héroe llamado Mark Felt, un perfecto destilado patriótico de la fábrica moral de Edgar G. Hoover. El héroe tiene un apodo y una historia legendarios, infinitamente más atractivos que su nombre y su vida. Su enigma era superior a su verdad.
El autor es un periodista, historiador y escritor mexicano
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