Hebrón, ejemplo en miniatura de un conflicto desgarrador

En la ciudad más importante de Cisjordania, la tensión y las divisiones crecen
Beatriz Lecumberri
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2 de abril de 2014  

HEBRÓN.- La escena se repite cada viernes desde hace 20 años en el centro de Hebrón. Tras la oración del mediodía, decenas de jóvenes palestinos armados con piedras se dirigen, envalentonados, hacia el retén de los soldados israelíes que les corta el paso. "Alá es el más grande", "esta tierra es nuestra", claman los manifestantes.

Como ocurre cada viernes también, el ejército israelí dispersa la protesta usando gases lacrimógenos y balas de goma. La manifestación se salda con varios heridos y con miradas de rabia de ambos lados, pero a los pocos minutos, en las mismas calles, el tráfico se reanuda, las tiendas vuelven a abrir y los restaurantes se llenan, en un vano amago de vida normal.

Éste es el día tras día de Hebrón, la ciudad más importante de toda Cisjordania, que tiene la dicha o la desgracia de albergar la llamada Tumba de los Patriarcas, venerada por judíos, musulmanes y cristianos por considerarse la última morada de Abraham.

Hebrón es escenario de enfrentamientos desde hace décadas, pero la matanza de 29 palestinos en 1994 a manos de Baruj Goldstein, un colono que entró en la mezquita y abrió fuego durante la oración, marcó un antes y un después. Hace poco más de un mes, se cumplieron 20 años de esta masacre y la tensión en las calles de la ciudad es, si cabe, todavía más flagrante.

"Desde 1994 el ejército israelí aplica unas medidas de segregación extremas contra los palestinos, que fueron también víctimas de la violencia de los colonos. Hoy los palestinos no pueden abrir comercios, trabajar ni circular por el centro de Hebrón. Conclusión: Estamos en el corazón de la ciudad más importante de Cisjordania y no vemos palestinos", afirma a LA NACION Yehuda Shaul, de la ONG israelí Breaking the Silence, compuesta por soldados veteranos que denuncian los abusos cometidos por el ejército.

Hebrón es un complicado microcosmos que resume perfectamente el desgarrado conflicto palestino-israelí. Sólo con la ayuda de un mapa se puede llegar a entender el complejo rompecabezas en el que se ha convertido la ciudad.

En 1997, tras los acuerdos de paz de Oslo, Hebrón fue dividida en dos: un 80%, con 120.000 habitantes, quedó bajo control palestino y un 20%, que incluye la Tumba de los Patriarcas y el casco antiguo, en el que viven unos 35.000 palestinos y 800 colonos, pasó a ser controlado por Israel.

La calle Shuhada, por cuya reapertura hay manifestaciones cada viernes, se convirtió en una zona tampón que el ejército israelí usa para garantizar la seguridad de los colonos que viven en la zona. Desde el inicio de la segunda intifada, en 2000, los palestinos, salvo contadas familias de residentes, tienen prohibido el acceso.

Intolerancia

Todas las persianas de los comercios están cerradas, las farolas acumulan telarañas y el silencio es desolador. Nada hace prever que tras las puertas cerradas a cal y canto haya familias que intentan llevar una vida normal. Es el caso de los Shaarabati. Su casa huele a ropa limpia y a suelo recién encerado, un esmero que se agradece después de recorrer la desierta y polvorienta calle Shuhada. Mufid, el padre, se vio obligado a cerrar la tienda que regentaba a pocos metros y, desde entonces, la familia subsiste gracias a la caridad. Pese a vivir permanentemente enclaustrados, se niegan a abandonar su casa.

Los enfrentamientos con los colonos son constantes. Ante la mirada atenta de sus hijos, Mufid explica su día tras día: sólo pueden caminar en una dirección por la calle, hay zonas a las que sólo llegan si el ejército israelí les autoriza el paso, no siempre pueden ir a la mezquita y los padres viven pegados al teléfono cuando los niños salen camino de la escuela por si les ocurre algo.

"Debería haber visto Hebrón hace algunos años, era una ciudad fantástica y llena de vida. Ahora es como vivir presos en casa", recuerda. "Nosotros hemos decidido quedarnos. A mi padre, en los 80 le propusieron un millón de dólares por la casa y la tienda, y respondió que no quería el dinero, sino mantener su hogar", explica con tono firme.

La masacre de Goldstein avivó el fanatismo y la intolerancia por ambas partes. Los colonos que se fueron instalando progresivamente alrededor de la Tumba de los Patriarcas también fueron víctimas de ataques, aunque la mayoría de las víctimas siguen siendo palestinas.

"Nosotros llegamos primero. Ésta es nuestra tierra", lanza un joven colono que pasea por la calle Shuhada. No quiere dar su nombre, no quiere preguntas y desaparece rápidamente por una callejuela que lleva a la entrada de su asentamiento.

Según datos de la ONG israelí B'tselem, más de 1000 familias palestinas, es decir, casi la mitad de los habitantes del centro histórico de Hebrón, abandonaron sus casas desde 1994 y 1800 tiendas (un 77%) cerraron sus puertas.

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