
Hungría y la difícil transición del comunismo al capitalismo
BUDAPEST.- Para oídos argentinos, enterarse de lo que pasó aquí en estos últimos diez años suena más que familiar: inmersión en un sistema de libre mercado, un inmenso y cuestionado proceso de privatización de las empresas e industrias antes estatales, grandes inversiones de capitales extranjeros y un severo plan de ajuste.
Un cambio abrupto, que salta a la vista en esta capital, denominada la "París del Este" por la belleza de sus edificios y de sus impactantes puentes sobre el Danubio. El río divide la ciudad en dos partes: la colina de Buda, por un lado, y la planicie de Pest, por el otro.
Por las calles, ordenadas y limpias, ya no se ven solamente viejos autos Trabant, como hace diez años, sino últimos modelos japoneses, europeos o norteamericanos. Los cafés y los restaurantes están llenos, muchos turistas recorren los principales monumentos de la ciudad -el Palacio Real, la catedral de San Esteban, los famosos baños termales, entre otros-, y varios Mc Donald´s, Pizza Hut y Burger King dan la idea de que la globalización también ha llegado a esta parte de Europa del Este.
Se ven tiendas de las mejores marcas internacionales, hoteles cinco estrellas de las grandes cadenas llenas de extranjeros discutiendo sobre negocios, teléfonos públicos de última generación, y un servicio de transporte público impecable. Es decir, se respira cierto aire de prosperidad.
Las dos caras de la moneda
La transición del comunismo al capitalismo, pese a los indicadores macroeconómicos, fue muy dura para vastos sectores sociales. De una economía centralizada con sectores muy protegidos y fuertes subsidios agrícolas, el gobierno -electo en marzo de 1990 en las primeras elecciones libres- tuvo que cambiar todo, mediante un plan de ajuste muy severo. Esto generó una fuerte desocupación, ya que con las privatizaciones miles de empresas debieron reestructurarse y despedir gente, así como un aumento de la inflación y una enorme pauperización de la clase obrera y de los jubilados.
Con el comunismo existía una política de pleno empleo, el Estado paternalista aseguraba vivienda, sanidad gratuita y vacaciones, y a fines de 1989 casi no había desocupación. Ahora se estima que el desempleo ronda el 10 por ciento, aunque en 1990, cuando comenzaron la racionalización de las empresas y los despidos masivos, alcanzó el 20 por ciento, con 750.000 personas sin trabajo.
Se calcula que en Hungría, que tiene poco más de 10 millones de habitantes, unos 3 millones viven por debajo del nivel mínimo de pobreza.
"Es común que en algunas escuelas del interior del país -explica Bela Kollar, analista político- haya niños que se desmayan porque no han comido. Para subsistir, ahora muchos tienen dos o tres empleos y, aunque no se vea en las calles más turísticas de Budapest, en el interior ahora hay muchos sin techo."
El salario mínimo es de 90 dólares, mientras que un sueldo promedio es de unos 200 dólares. "Para vivir normalmente, una familia con dos hijos necesita 150.000 florines, es decir unos 650 dólares por mes", explica Kollar. En ingreso per cápita de los húngaros está entre los 3000 y los 4000 dólares anuales.
Otra cara de la moneda es que han aumentado la inseguridad y la criminalidad: no sólo hay más robos, sino que en los últimos años los asaltos se han tornado más violentos.
Los índices macroeconómicos, paradójicamente -y como sucede en muchos otros países-, hablan de una situación positiva para la economía del país, que este año se espera que tenga un crecimiento del 3,5 por ciento.
La inflación, por otra parte, ha bajado en comparación con 1995, cuando trepó al 32 por ciento, y se espera que alcance este año el 9 por ciento.
Imán de inversiones
Desde el fin del comunismo y el restablecimiento de la democracia multipartidista en 1990, Hungría se ha convertido en uno de los países ex socialistas de Europa del Este que más inversiones extranjeras ha recibido per cápita. Su posición geográfica privilegiada, y su mano de obra barata alentaron a países como Alemania, Estados Unidos, Austria, Francia, los países de Benelux, e Italia, en primer lugar, a invertir y participar sobre todo en el proceso de privatización de las grandes empresas estatales.
Hungría, un país con una superficie de 93.030 kilómetros cuadrados (un tamaño parecido al de la provincia de Neuquén), cuya economía se basaba antes en productos primarios, exporta ahora principalmente productos terminados para la industria automotriz. Fabrica, por ejemplo, 1 millón de motores Audi por año, 200.000 unidades de autos Suzuki -empresas que desembarcaron aquí entre 1991 y 1993-, ensambla parte de motores Ford, y la General Motors produce 600.000 motores Opel por año. Sin contar que también vende al extranjero software propio. En segundo lugar, exporta productos agropecuarios.
Estos buenos resultados macroeconómicos le han permitido formar parte de los candidatos a entrar en la Unión Europea, una suerte de "obsesión" para los húngaros, que estiman que el 2002 será el año clave para tal propósito.
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