La batalla por Basora se vuelve encarnizada
A diferencia de la guerra de 1991, los aliados enfrentan gran oposición en la ciudad; según los iraquíes, hay al menos 77 muertos
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PUENTE DE BASORA (De una enviada especial).- "Resisten mucho más que la otra vez." El sargento Darren Pug, de la 7ª División Acorazada de las famosas Desert Rats, está al mando del último check point antes de Basora. Es la segunda vez que combate por estos pagos: estuvo también en el 91, cuando la conquista de Basora fue como un paseo para la coalición.
Ahora Basora queda del otro lado del puente, a sólo dos kilómetros de donde estamos. Atrás, se levantan tres columnas de humo negro, mientras se oyen fuertes explosiones que hacen temblar la tierra. Claro que esta vez es distinto que en el 91, durante la primera Guerra del Golfo.
Ahora la batalla por la segunda ciudad más importante de Irak es violenta y sangrienta -fuentes iraquíes señalan 77 muertos civiles en la ciudad-, y se nota.
Del otro lado del puente los soldados iraquíes se resisten desde hace días a la invasión angloamericana y lanzan artillería pesada -cañones AS90 con un alcance de 30 kilómetros y una precisión de un metro, según explica Pug- y bombas de mortero.
Para todo el mundo ya es obvio que nadie recibió a los marines norteamericanos con flores en los tanques, como todos los expertos militares del Pentágono esperaban, sino que hay voluntad de dar batalla a los invasores.
"Esto es ya un Vietnam", comenta un colega del diario Wall Street Journal. "¿Cuándo van a tomar Basora? Calculo que en dos o tres días. Pero ése es un asunto de los marines. Nosotros estamos aquí para mantener la seguridad del puente", contesta a LA NACION el sargento Darren, que al igual que sus compañeros tiene la cara pintada de verde.
"Bush no, Saddam, yes", dice mientras tanto Abdul, uno de los tantos iraquíes que observan como si fuera un partido de fútbol la crudeza de las explosiones de mortero que vienen y van, y que no ocultan su odio hacia quienes han ocupado su país.
"Los americanos no vinieron a Irak para ayudarnos. Ellos quieren nuestra tierra y nuestro petróleo. Pero los iraquíes vamos a luchar hasta el final, porque somos musulmanes y Alá es grande", interrumpe Mashid Kadum, un maestro de inglés de 32 años.
Activista del partido Baath, el maestro habla a rienda suelta ante los periodistas. "Los americanos ya destruyeron a nuestro país con 12 años de embargo. Esta es una agresión y nosotros vamos a luchar hasta el final para defendernos", dice.
Chiita como la mayoría del sur del país, extrañamente Mashid defiende a Saddam Hussein, un sunnita. "El es nuestro líder y vamos a defenderlo hasta el final", afirma, mientras a coro los que lo rodean asienten.
"Esto va a ser como Palestina. Nosotros vamos a ser mártires y haremos atentados para liberarnos de los invasores", pronostica por su parte Vasim Mohammed.
Llegar hasta el check point antes del puente de Basora es ver un escenario de guerra impresionante. Al margen de los tradicionales retratos pintados de Saddam -vestido de traje y corbata, un sombrero y un fusil en la mano, o con su tradicional boina negra y uniforme militar verde-, en las entradas de fábricas abandonadas, de cuarteles dejados por militares en fuga, se ven las señales de los bombardeos. Vetustas baterías antiaéreas ennegrecidas por algún misil, carcazas de cañones, esqueletos de vehículos, bolsas de arena tiradas en medio de trincheras, borceguíes, cascos rotos y cuarteles abandonados agujereados por bombas.
Al lado de un grupo de tres autos quemados por una bomba, al ver a los periodistas un hombre se acerca y pide que por favor lo acompañemos a donde están los británicos.
"Soy un general, y quiero rendirme cuanto antes", dice. Aunque viste la túnica, para demostrar que es cierto lo que dice saca del bolsillo la tira con los grados de general. El hombre no quiere decir cómo se llama, porque tiene miedo de que lo maten: "En Bagdad me cortan la cabeza", arroja, antes de subirse rápidamente a la camioneta de un colega de Newsweek que lo llevará a rendirse.
Pobreza total
"Aquí hay muertos, bum, bum", señala un grupo que encontramos en la ruta. Se trata de un soldado y un civil sepultados a la buena de Dios, debajo de un montículo de tierra con una piedra arriba.
Que hay muertos también se nota cuando de repente cruzamos una caravana de autos destartalados -con banderas blancas-, en procesión. En la caja de una camioneta se ve un par de precarios ataúdes de madera, y mujeres vestidas de negro que lloran desconsoladamente. "Murieron durante los bombardeos americanos", acusan.
Durante el trayecto, en medio de un panorama de pobreza total -campos secos, caseríos de barro, fábricas abandonadas, burros flacos-, chicos descalzos piden a los extranjeros agua: "Water, water". Los grandes, en cambio, piden cigarrillos: "Antes salían 750 dinares, ahora salen 2000", se quejan.
Pocas mujeres se atreven a acercarse a los extranjeros. En el poblado de Safwan, Akhmed se convierte en parte de esa minoría que dice estar contenta porque llegaron los norteamericanos. ¿Y Saddam? "Prefiero no contestar", dice.
Mohammed, un comerciante que encontramos en el camino, que también dice que es bueno que haya llegado la coalición, explica: "La gente tiene miedo de decir que está contenta porque le teme a la policía del régimen, espía a todo el mundo y toma nota de quién habla con los occidentales", afirma. Pero sus palabras no convencen a nadie.





