La crisis global de las elites, un fenómeno distintivo del hoy

Neil Irwin
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21 de septiembre de 2014  

WASHINGTON.-Más allá de los detalles específicos del referéndum de Escocia, hay una historia de fondo más amplia, que también se está desarrollando en otras naciones avanzadas.

Se trata de una crisis de las elites. El impulso independentista escocés es motivado por la convicción de que la clase gobernante de Gran Bretaña viene derrapando desde hace un par de décadas. El mismo descontento es aplicable también en diversos grados en Estados Unidos y en Europa. En más de un sentido, es el rasgo distintivo de nuestros tiempos.

El auge de los secesionistas catalanes en España, el ascenso de los partidos de ultraderecha en países como Grecia y Suecia, y el Tea Party en Estados Unidos tienen sus raíces en la sensación de que después de haber recibido un amplio control de los resortes del poder, la élites políticas del mundo hicieron desastres.

Los detalles del resentimiento escocés son opuestos a los del Tea Party o los derechistas suecos. Los escoceses no quieren menos gasto en ayuda social, sino más. Pero siempre hay gente que desacuerda sobre la dirección que deben tomar sus naciones; precisamente, el sentido de tener un Estado es contar con un aparato que canalice las diversas preferencias dentro de un solo conjunto armónico de elecciones políticas.

El rasgo distintivo del momento político actual es que el descontento por el camino que tomaron las cosas es tan alto como para poner a prueba la tolerancia de la gente hacia las instituciones de gobierno tal como las conocemos. Por supuesto que la situación adquiere ribetes distintos en cada país. En el caso de Gran Bretaña, hace unos años, un gobierno laborista liderado por el entonces primer ministro Gordon Brown y su ministro de Finanzas escocés, Alistair Darling, dejaron que la economía británica fuera copada por las finanzas, con el apogeo de megabancos globales y con la cosmopolita ciudad de Londres como centro de esa estrategia.

Luego, en 2008, los bancos estuvieron a punto de colapsar y fueron rescatados, y desde entonces, la economía británica no fue la misma. En 2010, sus fracasos le abrieron la puerta a un gobierno conservador, menos alineado todavía con las preferencias políticas de los escoceses y llegó una era de austeridad, cuando los escoceses querían que se ampliara la red de contención social.

Es en Europa continental donde las consecuencias del desmanejo de las elites gobernantes son tal vez más dañosas. Tras décadas de marcha hacia la unión continental, se creó una Europa con unidad y autoridad monetaria, pero sin la unión política, fiscal y bancaria que permitiera que los desequilibrios entre los distintos países se resolvieran solos sin el beneficio de fluctuaciones de moneda. Cuando todo entró en crisis, entre 2008 y 2012, los líderes se alarmaron tanto por los riesgos de déficit que respondieron recortando el gasto y aumentando los impuestos.

Entonces, los desequilibrios que se venían gestando en Europa en los últimos años ahora se resuelven a través de un desempleo astronómico y la caída de los salarios.

Los detalles de los errores políticos son distintos en cada caso, como lo son los movimientos políticos que surgieron a modo de protesta. Pero en conjunto, son un recordatorio de que sin importar lo arraigadas que parezcan nuestras instituciones, todas descansan sobre un presupuesto de base: que los líderes a quienes se les confía el poder harán lo suyo. El poder no es un derecho: es una responsabilidad. El resultado del referéndum tendrá repercusiones en todas las capitales europeas y en Washington: la gente cree que las no cosas no van bien y los votantes están lo suficientemente enojados como para querer hacer algo al respecto.

Traducción de Jaime Arrambide

Por: Neil Irwin
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