La deriva norcoreana, el testamento político del tirano de Managua
Convencido de que en las urnas está la principal amenaza de la dictadura nicaragüense, el régimen busca consolidar la transición entre el matrimonio presidencial
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BOGOTÁ.– Daniel Ortega celebró su propia “final” mundialista el pasado domingo 19 de julio, fecha en la que se festeja la victoria sandinista sobre el régimen de los Somoza en 1979. Como se trataba de llamar la atención de un planeta que miraba hacia Nueva York, el dictador llenó la capitalina Plaza de la Fe con adeptos y trabajadores públicos, forzados a llevar familiares y amigos con ellos, y con militares, que desfilaron como en los mejores tiempos.
Su mujer, la copresidenta Rosario Murillo, poetisa sin obra conocida, había bautizado la sucesión de eventos como “Julio eterno y victorioso”, en esos excesos literarios que tanto le gustan a las revoluciones.
Desde hace tiempo a Ortega le atraen los decorados humanos que acompañan al dictador Kim Jong-un y muchas de sus decisiones van dirigidas a someter al pueblo nicaragüense a los excesos que padecen en Corea del Norte.
Por eso se decidió a oficializar lo que ya hoy es un hecho y el anuncio dio la vuelta al mundo: “Quiero que se olviden, aquí no volverán a haber elecciones para que ellos (opositores) intenten atrapar el gobierno y el poder. Vienen conspirando, buscando cómo organizar partidos, para que en unas elecciones que suponen esos partidos ganen las elecciones”.
Ortega leyó un guion escrito, en el que seguramente la frase elegida para hacer Historia figuraría entre exclamaciones. Su avanzada edad, 81 años, y sobre todo su estado físico no quitaron trascendencia a sus palabras, pero en su hilo de voz se acercaba más a un testamento político de un dictador que nunca se lució en tribuna, más parecido a Raúl Castro y a Nicolás Maduro que a sus grandes amigos y aliados Fidel Castro y Hugo Chávez.
¿Por qué ahora? En la última farsa electoral de 2021, la dictadura sandinista encarceló previamente a siete aspirantes democráticos, todos ellos con grandes posibilidades de derrotar a su líder en las urnas. También habilitó a los famosos partidos colaboracionistas (en el país centroamericano los llaman “zancudos”, como los mosquitos) como sus rivales electorales, supuestos liberales y pastores evangélicos tan parecidos a los que acompañan en Venezuela al chavismo.
La oposición bautizó aquella parodia política como la gran estafa. Y no era la primera.
“Vamos a trabajar con la Asamblea Nacional porque hay que hacer las leyes que le pongan un muro a los golpistas, a los vendepatrias, y que por mucha plata que le den los yanquis no podrán ganar”, prosiguió Ortega en su discurso dominguero para marcar la hoja de ruta de lo que viene.
Y la respuesta fue inmediata: la Asamblea Nacional respondió este martes con un comunicado en el que asegura que “se está convocando para cumplir los mandatos recibidos”, en el que se incluye una reunión inmediata con el Consejo Supremo Electoral.
Según las primeras filtraciones, recogidas por el histórico diario La Prensa, la idea es imponer una asamblea al estilo norcoreano y cubano, con cientos de miembros que se reúnen una o dos veces al año para aplaudir las decisiones presidenciales. Y que su primera decisión sea imponer un “reinado” de 10 años para el tirano crepuscular.
“Ortega quiere eliminar incluso las votaciones controladas que actualmente utiliza para aparentar normalidad. La dictadura tiene miedo porque sabe que no es invencible”, respondió Félix Maradiaga, uno de los aspirantes presidenciales que fue encarcelado, maltratado y posteriormente desterrado a Estados Unidos.
A la postre, el sandinista nunca ha olvidado el consejo que le regaló Fidel, quien estuvo en contra de que su amigo participara en unas elecciones democráticas contra Violeta Barrios. Ortega perdió el poder en 1990 pero lo recuperó gracias a ardides políticos y electorales en 2007. Y hasta ahora.
“Las elecciones, como práctica y como uno de los pilares de la democracia, ya estaban muy cuestionadas en Nicaragua por el nivel de control que los Ortega Murillo tienen sobre el Consejo Supremo Electoral y sobre todo el sistema electoral. Y suma el contexto de persecución, control y vigilancia sobre la población, así como el temor generalizado de la población y la falta de credibilidad. Las elecciones existen en Nicaragua como un adorno para justificar jurídica y legalmente esa supuesta característica democrática del régimen, que en la práctica no es tal. Con el anuncio se reconoce públicamente algo que de hecho ya existía: el derecho de la gente a elegir libremente y de forma transparente estaba totalmente anulado en Nicaragua”, profundizó para LA NACIÓN Elvira Cuadra, directora del Centro de Estudios Transdisciplinarios de Centroamérica.
La ofensiva revolucionaria llega además cuando el mapa geopolítico de las Américas ha cambiado totalmente. El avance de la Doctrina Monroe, actualizada a su conveniencia por Donald Trump, ha provocado la caída de Maduro, quien fuera el gran defensor de Ortega. Washington mantiene hoy su gran foco de acción sobre Venezuela, mientras permanece a la espera con Cuba en medio del bloqueo energético y los diálogos con una parte del régimen castrista.
Pese a ello, la andanada autoritaria no ha pasado desapercibida ni para Washington, ni para los países vecinos. Incluso para el gobierno populista de Costa Rica, tan suave en sus declaraciones hacia Managua.
“Los Ortega Murillo saben que jamás ganarían una elección libre, transparente y competitiva y no están dispuestos a competir para no poner en riesgo el poder familiar. Se sienten débiles y temen que después de Cuba pueden enfrentar presiones fuertes de los Estados Unidos”, añadió otro precandidato encarcelado y posteriormente desterrado, el líder campesino Medardo Mairena.
El poder familiar es, precisamente, la otra clave escondida en el acto del domingo. Murillo está destinada a ser la sucesora, pese a no contar ni con apoyo popular, ni siquiera entre las bases del sandinismo. En el último año se ha dedicado a cambiar y mover sus piezas sobre el tablero, incluso algunas consideradas “orteguistas”, para consolidar la herencia, lo que ha provocado alguna fricción entre sus hijos, que se reparten buena parte del poder estatal.
“El escenario está claro: Daniel ya entregó el poder a Rosario y ella está delegando tareas de importancia a los hijos para que le ayuden a ‘gobernar’ y porque el círculo de confianza es cada vez más corto”, certificó Cuadra a este periódico.

