
La eterna lucha entre el Bien y el Mal
Si Dios es infinitamente sabio, bueno y poderoso, ¿por qué creó este mundo plagado de dolor y de injusticia en vez de un mundo mejor? Justificar el mal que hay en el mundo es el problema crucial de las religiones. A esta tarea se dedica una rama de la teología, la “teodicea”, del griego Theós, “Dios”, y diké, “justicia”: la justificación de Dios.
La teodicea alberga diversas tesis. Una de ellas justifica a Dios diciendo que no hay uno sino dos: el Dios del Bien y el Dios del Mal, en guerra entre ellos hasta el fin de los tiempos. El demonio es el máximo portador del mal en el cristianismo, aunque no es Dios sino, apenas, un ángel rebelde. Pero el predicador Mani o Maniqueo elevó al demonio a la categoría de un Dios, del otro Dios, en el siglo III.
Mani era persa, lo cual no es casual porque desde el siglo VII antes de Cristo, siguiendo a Zoroastro, la religión persa postuló la existencia de dos dioses, Ormuz o el Bien y Ahriman o el Mal. Persia siempre ha sido dualista. Cuando llegó el islam, en el siglo VII de nuestra era, favoreció a la secta “shiíta”, cuyos rasgos “maniqueos” contrastan con la moderación de la mayoría “sunnita”.
Todavía en nuestro tiempo el ayatollah Khomeini, que tomó el poder en Persia o Irán en 1979, imaginó el mundo como el campo de batalla entre el principio del bien que representa el islam y el principio del mal que encarnan los infieles, capitalistas y comunistas por igual.
Mani va a la guerra
¿Quién dudaría por otra parte que tanto Ben Laden y sus seguidores como los terroristas palestinos que se suicidan a diario con tal de asesinar a ciudadanos israelíes están poseídos por el espíritu de Mani? Si el mundo es el campo de batalla entre el Bien y el Mal y si ellos representan al Bien, su guerra es santa y ellos son los mártires a quienes veneran millones de musulmanes.
Mientras los Estados Unidos e Israel desarrollan armas cada día más sofisticadas para “evitar” la muerte de sus soldados porque las accionan de lejos y con sólo apretar un botón, los fundamentalistas islámicos han desarrollado un arma de baja densidad tecnológica que consiste, al contrario, en golpear al enemigo mediante la propia inmolación. Contra esta negación del instinto de supervivencia no hay tecnología que valga.
Pero el terrorismo suicida de inspiración maniquea porta consigo un peligro aún mayor que sus atentados: contagiar de maniqueísmo al enemigo. Cuando cree que es necesario ya no derrotar sino “aniquilar” a Arafat y los suyos, ¿no cree Ariel Sharon que ha salido en guerra contra el Mal?
El contagio maniqueo no parece afectar sólo al primer ministro israelí. En un artículo que publicó en su última entrega la revista Foreign Affairs, el analista norteamericano Graham Fuller sugiere que el presidente Bush está afectado de maniqueísmo. Después del atentado a las Torres Gemelas, ¿no predicó Bush una cruzada contra las fuerzas del mal, encarnadas en el terrorismo internacional? ¿No habla ahora del “eje del mal” que integran naciones como Irak, Irán y Corea del Norte?
Según Fuller, a Bush no le dicen cowboy porque use botas tejanas sino porque divide al mundo en buenos y malos sin matices intermedios, como en las películas de cowboys que nos encantaban de chicos.
Cuando golpea sin dar cuartel, el fanático invita a su enemigo a convertirse en su igual. Si éste no acepta y sigue fiel a sí mismo, practica una política de contención. Esto es lo que hicieron los Estados Unidos al enfrentar al comunismo y democracias como Italia y España al enfrentar a las Brigadas Rojas y a ETA. Al adoptar esta línea de conducta, el agredido paga el precio de una guerra prolongada pero salva su alma.
En el caso contrario, cuando el agresor inocula su fanatismo en el agredido, ambos ruedan por la pendiente de la barbarie ilimitada. En esta tentación cayeron nuestras Fuerzas Armadas cuando repelieron el terrorismo subversivo de los años setenta. Fueron eficaces, pero perdieron su legitimidad.
Sharon y Bush corren hoy el mismo peligro. Si ejercitan su formidable capacidad militar más allá de toda prudencia, dejarán sin argumentos a los millones de musulmanes moderados de cuya victoria depende, según Fuller, la paz de las civilizaciones.
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