La guerrilla, un fenómeno en extinción
Durante años, terrorismo y América latina fueron casi sinónimos, pero hoy, en consonancia con lo que ocurre en todo el mundo, los insurgentes están derrotados y fuera del escenario político; Colombia, México y Brasil, las excepciones.
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Mientras en Europa el IRA decide darle una posibilidad a la paz, la Fracción del Ejército Rojo alemán se disuelve y ETA, a contramano de la historia, decide seguir matando, América latina, por definición el territorio de la violencia en las últimas décadas, se dispone a ingresar en el tercer milenio virtualmente libre de insurgencia.
La guerrilla marxista se encuentra hoy en el nivel más bajo del siglo, como epílogo de una declinación que comenzó en la década del setenta. Las excepciones, en su conjunto, no pueden compararse con la dimensión que el fenómeno alcanzó en los años sesenta, el tiempo de su apogeo.
Más de cien organizaciones guerrilleras surgieron en los últimos cuarenta años en la Argentina, Paraguay, Uruguay, Brasil, Perú, Colombia, Venezuela, Ecuador, Chile, Bolivia, Nicaragua, Guatemala, El Salvador, Honduras, México y la República Dominicana. La mayoría fue aniquilada, algunas entregaron las armas, otras agonizan y sólo dos mantienen su vigencia.
Pero existen otras dos que representan una nueva concepción. No es una guerrilla al estilo clásico, sino una curiosa amalgama del viejo foquismo campesino, la táctica chino-vietnamita de frente amplio y lucha prolongada y una organización urbana inaugural. Tiene soportes políticos y religiosos, que amplía con regularidad poco advertible. Es paciente y elaborada, y posee un perfil militar huidizo.
Anida en México y en Brasil. Son el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra (MST), este último aún formalmente desarmado y cuyo perfil definitivo todavía está en ciernes, pero hacia el cual marcha con movimientos cautelosos.
La guerrilla clásica residual
Colombia es una de las excepciones evidentes a la regla de extinción de la guerrilla tradicional, seguida por Perú, Guatemala y Honduras. En Perú sobreviven a duras penas los antes poderosos Sendero Luminoso y Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. Allí, entre 1961 y 1965, fueron aplastados otros seis grupos guerrilleros, En Guatemala, donde entre 1960 y 1970 surgieron cinco organizaciones subversivas, sólo opera la Unidad Revolucionaria, creada en 1982. Por su parte, en Honduras todavía persisten las Fuerzas Armadas del Pueblo (el brazo local del Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos, creado en El Salvador) y el Frente Popular Morazanista. Pero el célebre Movimiento Popular de Liberación Chinchoneros se extinguió en 1989.
Es en Colombia donde, por sus espectaculares operativos, la guerrilla de antiguo cuño atrae la atención del mundo. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Ejército Popular de Liberación (EPL) parecen en pleno auge. Los tres grupos, nacidos entre 1964 y 1965, reúnen a 25.000 combatientes, según las estimaciones oficiales, y en los últimos años consiguieron llegar en ocasiones a las mismas puertas de Bogotá.
Pero ni así el actual movimiento guerrillero colombiano se equipara con la dimensión que tuvo entre 1948 y 1952, y con el escenario recreado por el "bogotazo", las "repúblicas independientes", el Bloque Sur de Coordinación, el Movimiento Revolucionario 19 de Abril y la Autodefensa Obrera.
En comparación con ese capítulo trágico de Colombia, las FARC, el ELN y el EPL no son más que una desesperación organizada. En su momento, las "repúblicas independientes" (Marquetalia, El Pato, Río Chiquito y Sumapaz, entre las más grandes) fueron una amenaza real para el Estado colombiano. En 1964, el presidente León Valencia debió recurrir a la movilización del ejército con vasto apoyo aéreo, y a los bombardeos masivos, para acabar con los enclaves marxistas.
Fue una de las páginas más crudas de la larga, sangrienta y subterránea confrontación Este-Oeste, que las dos grandes superpotencias del momento libraron en tierra ajena.
La década roja
La década del sesenta fue la más prolífica en grupos armados de izquierda que intentaron cambiar el orden social en América latina. En los años cincuenta, sólo aparecieron cinco organizaciones insurgentes, pero fueron 63 en los sesenta, 24 en los setenta, 11 en los ochenta y 2 en los noventa, con exclusión de las que nunca llegaron a desarrollar un aparato militar peligroso. Las cifras muestran con claridad el impulso de la guerrilla en la "década roja" y su posterior declinación.
Las manifestaciones más tardías fueron el Ejército Guerrillero Tupaj Katari, en Bolivia, y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), en México. Tupaj Katari nació en julio de 1991 y se extinguió en abril de 1992. En ese lapso, entre voladuras y asaltos, efectuó 48 acciones y recaudó 600 mil dólares para alimentar su logística. Tupaj Katari representa hoy el coletazo final del foquismo clásico como estrategia dominante de la lucha armada insurreccional.
Pero la década del noventa también dio nacimiento al EZLN, surgido el 1¼ de enero de 1994 con una nueva concepción.
Adiós al foquismo
En el contexto de toda la historia de la guerrilla latinoamericana de este siglo, resulta irónico que la naturaleza del triunfo revolucionario en Cuba haya sido una de las causas más importantes del fracaso insurgente continental. Ernesto Guevara de la Serna, el Che, y su famoso libro "La guerra de guerrillas", fueron los propagandistas máximos del ejemplo cubano. El texto y la figura del guerrillero alimentaron el surgimiento de organizaciones poco construidas, de endeble arquitectura ideológica, con la estrategia romántica que al propio Guevara le costó la vida en Bolivia: el foco.
El Che, en su libro, se refirió casi con exclusividad a la guerrilla rural a partir del foco, a su táctica y a sus técnicas de integración y desarrollo. Las menciones a la lucha urbana, al papel de los sindicatos y de la Iglesia, a la agitación en las ciudades, a la propaganda y al soporte político en beneficio de un frente amplio fueron escasas. Para Guevara, la lucha urbana era un matiz o un simple apoyo hasta el momento de la insurrección general.
Guevara creía que la guerra de guerrillas en sociedades campesinas, donde el sustento de la acción está dado por la aspiración a la tenencia de la tierra, era el fundamento de la guerrilla misma. Su pensamiento ejerció una fuerte influencia aun en aquellos movimientos que operaron en países con mayoría urbana, como Brasil, Uruguay o la Argentina, y los volvieron extremadamente vulnerables.
Pero hoy Guevara es solo un símbolo. Los líderes insurgentes de última generación contemplan el foquismo militar sólo como una posibilidad, pero reniegan del inmediatismo, del mecanicismo y de la carencia de una visión estratégica del conjunto. Han rescatado como doctrina los ejemplos chinos y vietnamitas sobre el papel del trabajo de masas, el rol político y el carácter prolongado del enfrentamiento. Han rescatado la experiencia del Frente Sandinista de Liberación Nacional, de Nicaragua, que constituye uno de los pocos ejemplos de transformación desde el foquismo hasta el poder, luego de 20 años.
Esos líderes realizan ahora una actividad supeditada a la relación de fuerzas y un trabajo intenso de propaganda, que nunca termina de desnudar sus propósitos finales. En esa labor de consolidación y ocultamiento buscan, sobre todo, ganar solidaridad y credibilidad mediante demandas que jamás exceden la aceptación pública. Como el EZLN en México y los Sin Tierra en Brasil.
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