La hora más difícil de España

José Ignacio Torreblanca
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1 de junio de 2012  

MADRID.- España vive una de las horas más difíciles de su reciente historia. Atenazada por la pinza de desconfianza que se cierne tanto sobre su sector financiero como sobre sus finanzas públicas, intenta por todos los medios conjurar la perspectiva de una intervención extranjera.

Esa intervención sería doblemente negativa: además del importante golpe psicológico que supondría, es indudable que iría asociada a nuevos y más profundos sacrificios así como a la pérdida prácticamente completa del escaso margen de autonomía que en este momento le resta.

Seguramente habría que remontarse a algunos momentos clave de la transición española o de los primeros años de la democracia para encontrar una sensación similar de incertidumbre acerca del futuro. No se trata sólo de la mala coyuntura económica, que en absoluto constituye una novedad: en los 80, coincidiendo con las reformas estructurales que precedieron y siguieron a la adhesión a la Unión Europea (UE), y en los 90, en paralelo a la crisis que siguió a la unificación alemana y la devaluación de la peseta, los españoles aprendieron a convivir con crisis de empleo y crecimiento.

La diferencia no reside pues en la crisis, sino en su contexto, nacional y europeo pues, al contrario que ahora, aquellas reformas y ajustes estaban claramente enmarcadas en un contexto europeo propicio, sostenidas en una secuencia de acontecimientos comprensible y orientada hacia un futuro claro e ilusionante.

Si la adhesión a la UE selló la transición democrática y la normalización internacional del país, la noticia de que España accedería a la unión monetaria junto con el grupo de países más avanzados de la región elevó la siempre frágil autoestima nacional hasta tales extremos que algunos incluso se permitieron jugar con las fechas 1898-1998 para hablar del cierre de un siglo de decadencia y fracaso, y la apertura de un horizonte radicalmente distinto.

Debido a ello, incluso en los peores momentos de dichas crisis nuestro país mantuvo un sentido de dirección comprensible y un horizonte de salida claro. Todo ello contribuyó a consolidar entre la ciudadanía una cultura de reformas, es decir, el convencimiento de que las reformas permitían ganar un futuro mejor para todos.

Nada de eso ocurre ahora, cuando la pérdida de confianza interior y exterior, y la falta de un horizonte nacional y europeo son las principales características de la crisis. Quizá por esa razón ésta sea la primera crisis en la que muchos españoles no piensan en un futuro mejor sino simplemente en recuperar su pasado inmediato y los niveles de vida que ya han conocido, lo que marca una importante distancia psicológica con respecto a otros momentos de la vida política española. Esto es evidente tanto interna como externamente.

Internamente, la crisis ha expuesto un país recorrido por múltiples grietas. Al desbocamiento del desempleo y al estancamiento económico hay que añadir las sombras que, una tras otra, han ido alcanzando a las principales instituciones del país. La monarquía, los partidos políticos, el Poder Judicial, los bancos, las comunidades autónomas, los entes locales o el sistema financiero; da la impresión de que ninguna de estas instituciones clave ha escapado del desgaste y pérdida de confianza ciudadana.

Ese desgaste en eficacia y legitimidad añade un elemento de incertidumbre adicional ya que hace inevitable cuestionarse hasta qué punto la superación de esta crisis exige una revisión en profundidad, incluso una refundación, de algunas de estas instituciones.

Despreciar a los "indignados" es un error, pues ese movimiento no es revolucionario sino profundamente democrático y, si se quiere, incluso conservador ya que su mensaje central es tan sencillo y verdadero como que esta democracia no funciona como dice que funciona ni tampoco como debería funcionar.

Una decepción parecida ha podido experimentarse en el ámbito europeo. La España democrática y la integración europea han sido y son dos caras de la misma moneda. Al igual que no podemos entender nuestra reciente experiencia democrática sin pasar por Europa, sus instituciones y sus políticas, tampoco podemos tomar decisiones clave ni pensar sobre nuestro futuro como españoles sin hacerlo en clave europea. Pero ahora, en un país donde el interés europeo y el interés nacional han sido indistinguibles, al fallo de un país se suma el fallo de Europa.

Llegada la hora de la verdad, Europa se traicionó a sí misma y a sus principios: donde debió haber prevalecido una lógica europea y de proyecto en común se impuso una lógica basada en los intereses nacionales, en las identidades y en los particularismos. Grecia es la prueba evidente de todo esto: la irresponsabilidad de las elites griegas y la falta de liderazgo de las elites europeas generaron un círculo vicioso que conduce directamente hacia la desintegración y la ruptura. No es de extrañar por tanto que en toda Europa recojamos una cada vez mayor desafección ciudadana hacia un proyecto que se encuentra paralizado por la acumulación de una serie desequilibrios políticos, económicos e institucionales.

Es la confluencia de estas debilidades nacionales y europeas la que explica por qué está costando tanto salir de la crisis y por qué la incertidumbre es tan elevada. Como el propio gobierno y las instituciones europeas están experimentando día tras día, salir de esta crisis no sólo requiere identificar las políticas adecuadas, sino decidir hasta qué punto los actuales diseños institucionales son parte del problema o parte de la solución.

Hoy es evidente que no saldremos de esta crisis sólo con más y mejores políticas, ni en el ámbito nacional ni el europeo, sino con nuevas, renovadas o reforzadas instituciones a todos los niveles. Antes de usar Europa, la debemos reparar, lo que nos obliga a pensar y actuar en dos niveles al mismo tiempo. Lo mismo ocurre en el contexto estrictamente nacional. En España y en Europa debemos reconstruir las instituciones y la confianza, pues es evidente que con los diseños institucionales actuales y las actuales relaciones de poder no saldremos de ella.

Paradójicamente, esto permite tener confianza en el futuro: en España y en Europa esta crisis es política, luego su solución está en la política y, por tanto, al alcance de la mano. ¿Voluntarismo? Sí, eso es exactamente lo que necesitamos, en España y en Europa.

© EL PAIS, SL

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