
La mirada interior
Por Natalia Winograd natiwimex@yahoo.com
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Hace casi dos años aterricé en el Distrito Federal con mochila al hombro y las referencias de una revista de viajes, a punto de encarar 15 días de un recorrido exigente que abarcaba centro, medio y sur del país. Por aquel entonces la fama de esta ciudad hiperpoblada dictaminaba: no subirse a un taxi, no estar fuera pasadas las 22.00 hs, cuidar los bienes en el metro y no guiarse por las indicaciones de la gente.
Recuerdo que me senté en un café internet poblado de turistas europeos y piadosamente escribí a mi hermano quien por ese entonces soñaba con emigrar: "no podrías vivir aquí, esta ciudad es muy difícil".
DIez meses más tarde, con dos valijas repletas, una hamaca traída de Playa del Carmen (que hasta hoy sigue sin encontrar sitio) y el corazón rebosante de alegría por el reencuentro con mi "Chilanguito", arribaba nuevamente a la antigua Tenochtitlán.
Las instrucciones del chofer desde el aeropuerto eran claras y precisas: avenida Nuevo León y Tlaxcala a una cuadra de Baja California, Colonia Condesa.
Amanecer en un país nuevo, sabiendo que no estás de vacaciones puede ser una experiencia similar a renacer. Entre lo desconocido y la nostalgia hay un puente que se va a cayendo a pedazos si no lo cruzamos con decisión. Los primeros meses fue como jugar al sube y baja en un día ciclotímico que dura más de lo debido, pero supongo que a partir de un instante, dejé que hubiera 100 % de México en la totalidad de mis sentidos.
El olfato percibiendo los "tianguis" con sus puestos organizados para ingerir una cantidad indudable de la denominada vitamina "T ": tacos y tortillas con todo lo que se antoje al desayuno como ser bistec, frijoles, quesadillas, huevos a la mexicana y café de olla.
El gusto asumiendo que la vida puede ser tan picosa como un dulce de tamarindo con una buena dosis de chile y las infinitas variedades de su especie. El mexicano se sorprende cuando se le pide que lo ponga a un costadito, o simplemente lo destierre del plato, como si servir la comida sin picante fuera equivalente a comer sin hambre: "Pa’ qué?"
Los ojos han de acostumbrarse a las casas de la colonia más "fresa" pintadas de violeta, naranja y amarillo. También han de poder ver el valle que abraza la ciudad, escondido por una neblina semi permanente que sólo ciertos días se retira. Y cuando lo hace, resplandece una ciudad despejada y despojada de sus humos, como emergiendo quién sabe de qué energías ancestrales.
Tocar, puede tocarse todo, la gente te da la mano con gusto, cuando te saludan afectuosamente o te dan un abrazo sobre-cálido que cualquier inmigrado podría calificar de exagerado. Pero a no confundirse, entre "cuates" se saluda así.
Viajando en un "pecero" de regreso del trabajo se puede tener la experiencia de escuchar las mejores rancheras de tu vida, intercaladas con un melancólico José José, que no para de cantar desgracia tras otra. Cada mexicano que conozco tiene la suya preferida.
Puede decirse que hay tantos Méxicos que tengo la sensación de estar viviendo en un país ensalada, no sé si me gustaría comerme cada ingrediente por separado pero la mezcla es tan sabrosa que a cada parte mía le gusta. Claro que a veces es difícil digerir una hora de tráfico "de la chingada" o puede sorprenderte una lluvia de ceniza volcánica, mientras das un paseo en bicicleta y hasta este inocente acto de traslado ponga en riesgo tu vida.
O quizás también te suceda que cada trámite implique armarte de paciencia trimestral, pero en eso llevamos ventaja porque como argentinos estamos bien entrenados.
Cuando un mexicano te diga que "tu casa" queda por "Satélite", no está insinuando que sos un lunático sino que puedes pasar a visitarlo cuando gustes. Y en respuesta a un halago una mujer puede decirte "Muy a la orden!" que equivale en argentino típico a te lo presto cuando quieras y seamos sinceras, casi nunca sucede.
Cuando no hayan entendido o escuchado tu pregunta , en lugar de nuestro "perdón?" te dirán "mande?" cuidando la forma y el respeto, ya sea jefe, empleado o encargado de la vecindad.
Desde el DF se pueden visitar infinidad de lugares en un fin de semana "puente": Cuernavaca, Tepoztlán, Cuetzalan, Acapulco, Valle de Bravo; disponibles como una ventana de variedad y exotismo que este país acuna.
Las ansias de dejarse llevar por la vida que respira un lugar, puede hacernos sentir ciudadanos de algo mucho más grande que los límites del territorio donde nacimos. Y si algo hay que atribuir a esta cultura es la versatilidad para adaptarse al extranjero y como quien no quiere la cosa, hacerlo parte de su vida.
Para mi sorpresa, hace poco descubrí que aún el agua del inodoro ha de girar en sentido inverso aquí y quién sabe acaso qué otros movimientos planetarios me han estado afectando estos últimos meses.
Lo cierto es que un poco de voluntad y una dosis de asombro cotidiano bastan para entender que, podemos despertar más allá del meridiano, pero lo cierto es que todos al igual que la tierra, siempre estamos en pleno círculo rotatorio.






