
La muerte de un científico de la CIA reflota un pasado en sombras
Métodos: Sidney Gottlieb administró LSD a decenas de personas, usó drogas en varios complots y hasta abrió un prostíbulo de la agencia de espionaje.
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LONDRES (The Times).- Cuando Churchill hablaba de un mundo "en un siniestro cono de sombras debido a la perversión de la ciencia", aludía a los repugnantes experimentos en seres humanos efectuados por médicos nazis en los campos de concentración.
Empero, sus comentarios podrían haberse aplicado, con igual justicia, a las actividades de Sidney Gottlieb, el científico de la CIA que falleció semanas atrás y que durante veinte años (desde los 50 hasta los 70) administró LSD y otras drogas de control mental a innumerables sujetos -sin su conocimiento- en busca de una fórmula para ganar la Guerra Fría sin recurrir a las armas.
Sus cobayos fueron enfermos mentales, presos, drogadictos, prostitutas y sus clientes, y hasta empleados de la CIA. Por lo menos uno de esos "participantes" murió. Otros enloquecieron o sufrieron daños psicológicos irreversibles. En verdad, sólo hubo una diferencia de magnitud entre las actividades de Gottlieb y sus compinches y las que enviaron a la horca a los científicos nazis condenados en Nuremberg, en 1946.
El único atenuante para este experimento espantoso es, quizás, el que al final haya repercutido sobre la CIA y su cúpula paranoica. Al introducir en el país la dietilamida del ácido lisérgico como uno de los puntos principales de su programa, Gottlieb creó la generación del LSD: quietista, pacifista, antiautoritaria y, sobre todo, violentamente contraria a la guerra de Vietnam.
La suprema ironía de su programa fue que las fuerzas norteamericanas que libraron esa guerra estaban debilitadas, y en grado considerable, por las mismas drogas con que Gottlieb se había propuesto lavar el cerebro y quebrar la moral del enemigo. Tal como habrían de descubrirlo en Afganistán, una generación después, las guerras "sin vencedores", con objetivos ideológicos dudosos, tienden a exponer a los soldados jóvenes al abuso de drogas como escapatoria de los horrores.
En realidad, las drogas psicodélicas, que también incluían la marihuana y la mescalina, nunca se utilizaron de manera eficaz contra objetivos soviéticos importantes. Yal retirarse, en 1972, Gottlieb desestimó cuanto había hecho por la CIA calificándolo de "trabajo inútil".
Las drogas no fueron su única arma contra los enemigos de la CIA. También estuvo involucrado en complots que, retrospectivamente, parecen salidos de un drama de venganza de los tiempos de Jacobo I. Asesinarían al general Kassem, el dictador iraquí, con un pañuelo envenenado. Ofrecerían obsequios tóxicos a Fidel Castro. Para eliminar al primer ministro congoleño, Patrice Lumumba, diseñaron un equipo completo con agujas, guantes de goma, máscaras de gasa y materiales biológicos letales.
Ninguno de estos complots tuvo éxito; la oposición congoleña mató a Lumumba antes de que la CIA pudiera ejecutar su plan.
En los años 60, Gottlieb ideó y dirigió otro proyecto genial: abrir en San Francisco una cadena de prostíbulos de la CIA; funcionaron ocho años. La idea era atraer a una muestra representativa de todos los estratos de la sociedad norteamericana.
Las prostitutas drogarían subrepticiamente a sus clientes; luego, agentes de la CIA observarían su comportamiento a través de pantallas de visión unilateral (espejos falsos). Se puso especial cuidado en la decoración y el ambiente: los dormitorios tenían tapizados mullidos en un carmesí voluptuoso y paredes de Toulouse-Lautrec. Drogaron a centenares de clientes incautos, pero nunca se puso en claro en qué benefició la seguridad nacional este voyeurismo fantástico.
Hijo de inmigrantes
Gottlieb era hijo de inmigrantes judíos oriundos de Hungría. Coqueteó con casi todas las religiones. Se graduó en química en la Universidad de Wisconsin y obtuvo un doctorado en bioquímica en el Instituto Tecnológico de California. Su pie contrahecho le impidió participar en la guerra; la oportunidad de servir a su país le llegó en 1951, cuando ingresó en la CIA.
En dos años, ascendió a jefe de la división de servicios técnicos y responsable del flamante departamento MKUltra; la misión de este último era desarrollar drogas de control mental que se utilizarían contra el bloque soviético.
Pronto descubrió el LSD. Aparte de administrarlo a otros, fue un consumidor entusiasta por diversión; en su paso por la CIA hizo centenares de "viajes". Ya retirado, recibió la Medalla al Servicio de Inteligencia Distinguido por su desempeño patriótico... pero la CIA destruyó prudentemente la mayoría de los archivos sobre actividades MKUltra.
No obstante, a mediados de los 70, su nombre pasó a ser del dominio público cuando lo citaron a declarar ante la comisión senatorial que investigaba los alcances de los experimentos secretos de la CIA. La comisión accedió a su pedido de que suprimiera su nombre en el informe, pero la prensa ya había descubierto su identidad.
Posteriormente, en su libro "The Search for the Manchurian Candidate: The CIA and Mind Control" (1979), John D. Marks presentó un informe completo sobre MKUltra y llegó a dos conclusiones simultáneas: Gottlieb era "indudablemente un patriota", pero su trabajo "constituía una clara violación de las normas de Nuremberg".
Luego de su retiro de la CIA, Gottlieb volvió la espalda a su pasado destructivo y se consagró a la curación. Junto con su esposa, Margaret, hija de un misionero, dirigió por 18 meses un leprosario en la India septentrional.
De regreso en los Estados Unidos, el matrimonio compró una pequeña granja en el norte de Virginia, cerca de los montes Blue Ridge. Allí vivieron apaciblemente, entregados a sus dos pasatiempos favoritos: los bailes folklóricos y la cría de cabras. Ultimamente, habían trabajado en un hospicio asistiendo a los enfermos terminales.
Le sobreviven su esposa, Margaret, dos hijos y dos hijas.


