La profecía de George Kennan
La Revolución Francesa se inició antes y terminó después del 14 de julio de 1789. Recordamos esta fecha como emblema de la revolución, empero, porque en ella el pueblo tomó la prisión de La Bastilla. Desde entonces, el 14 de julio de 1789 es la jornada-símbolo de la Revolución Francesa.
La caída del comunismo se inició mucho antes y culminó después del 9 de noviembre de 1989, cuando el pueblo derribó el Muro de Berlín. Pero ese día ha quedado como la jornada-símbolo de la derrota soviética en la Guerra Fría.
Si bien anteayer la epopeya cumplió diez años, el fin del comunismo ya había sido profetizado en los inicios de la Guerra Fría, cuando el diplomático George Kennan publicó en julio de 1947 un artículo en la revista Foreign Affairs bajo el seudónimo de "X". La tesis de Kennan era que, siendo el comunismo una utopía de realización imposible, todo lo que tenían que hacer los Estados Unidos era "contener" a la Unión Soviética, a la espera de que sus contradicciones internas generaran al fin el colapso del sistema.
De esta visión de largo plazo surgió la política de "contención" ( containment ), que los Estados Unidos proseguirían hasta 1981, año en el cual el recientemente inaugurado presidente Reagan lanzó la ofensiva final contra la Unión Soviética para que su sucesor George Bush pudiera ganar la Guerra Fría sin desatar el holocausto nuclear que todos temían.
El principio y el fin
El final de la empresa soviética se anunció desde su comienzo en la Revolución de 1917, cuando Lenin se propuso lograr lo imposible: construir una sociedad donde los hombres "rindieran según su capacidad pero sólo ganaran según su necesidad", tal como lo había propuesto Karl Marx.
Como esta pretensión suponía la aparición de un hombre nuevo, abnegado en vez de individualista, Lenin inició la marcha forzada hacia ninguna parte. Muerto Lenin, la dictadura de Stalin de 1924 hasta su muerte en 1953 demostró que sólo un feroz sistema represivo sería capaz de imponer a los hombres lo que su naturaleza rechazaba.
De 1953 a 1964, Kruschev, en apariencia renovador, confirmó con la brutal represión de la revolución húngara en 1956 que sólo la fuerza respaldaba a la utopía. De 1964 a 1982, la burocratización del régimen bajo Brezhnev dependió igualmente de la fuerza, como lo probó la represión de la revolución checoslovaca en 1968.
Hacia los años ochenta, la Unión Soviética ya no podía sostener la competencia tecnológica con los Estados Unidos. Esto lo advirtió Reagan al lanzar la ofensiva armamentista que se conoció como "la guerra de las estrellas".
Cuando Mikhail Gorbachov asumió el poder en 1985, representaba a una nueva generación desilusionada de la utopía de Lenin. La única salida que vio fue democratizar a la Unión Soviética y ofrecer la paz al mundo. Pero no bien anunció que ya no recurriría a los tanques para asegurar el sometimiento, estallaron revoluciones populares en Europa del Este. Polonia, Hungría, Checoslovaquia y Alemania Oriental se rebelaron. El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín. El 25 de diciembre de 1991 se disolvió la Unión Soviética.
La tragedia de una ilusión
Raymond Aron calculó que, entre guerras civiles, guerras y represión, la ilusión comunista costó noventa millones de vidas. ¿Todo para qué? Es lo que se preguntó François Furet en El pasado de una ilusión , publicado en 1995. ¿Hacía falta tanta sangre para redescubrir la democracia y el mercado?
Los imperios surgen después de vencer en grandes confrontaciones bipolares. El Imperio Romano nació de las guerras púnicas contra Cartago. El imperio norteamericano nació de la Guerra Fría. Pero el derrumbe del rival deja al vencedor sin argumento. Así se lo advirtió a los norteamericanos el asesor de Gorbachov, Georgiy Arbatov: "Les hemos hecho a ustedes algo más terrible aún que la amenaza nuclear. Los hemos dejado sin enemigo". El enemigo concentra las energías. Su ausencia confunde. Hoy vivimos, por eso, en el mundo aliviado y desconcertado de la posguerra fría.





