
La religión como disparador
Hostilidad: musulmanes y ortodoxos se enfrentan en Kosovo, el más reciente capítulo de viejos combates en Yugoslavia.
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La religión y las nacionalidades se han conjugado de forma caprichosa en los países balcánicos. Allí, las fronteras políticas no cuadran exactamente con la manera en que se establecieron los pueblos, y el más perfecto ejemplo de ello es Yugoslavia.
La guerra que hoy tiene lugar en tierras yugoslavas presenta un claro componente religioso: los albaneses kosovares son musulmanes dentro de la república de Serbia, ortodoxa.
Y las remotas raíces del conflicto son también religiosas. En el siglo XIV, Kosovo era el centro del imperio serbio, y allí estaban sus más sagradas iglesias y monasterios. Pero en 1389, los turcos se apoderaron de la zona.
La batalla de Kosovo quedó así marcada en la conciencia nacional de los serbios, que comenzaron a considerar a Kosovo como su tierra prometida.
Cuando en las Guerras Balcánicas (1912-1913) los serbios finalmente recuperaron Kosovo, la mayoría de la población era musulmana y de origen albanés. Los reclamos kosovares por una mayor autonomía y la represión serbia de esos derechos desembocaron en la actual guerra por Kosovo.
Antecedentes conflictivos
Sin embargo, el problema que presenta hoy Kosovo no es nuevo para la Federación Yugoslava.
En 1918, serbios, croatas y eslovenos (católicos y ortodoxos) se unieron bajo el símbolo unificador de la monarquía serbia y en 1929, el rey Alejandro llamó a su reino Yugoslavia.
Tras la Segunda Guerra Mundial, en 1945, el elemento de cohesión que representaba la corona desapareció. En su lugar, un nuevo factor de unión llegó de la mano del mariscal Tito, que fundó la Federación Yugoslava, conformada por las repúblicas de Serbia, Montenegro, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia.
Para mantener la confianza en la unión, Tito diseñó un liderazgo rotativo que funcionó mientras él vivió. Tras su muerte, en 1980, comenzaron a salir a la superficie las diferencias, y en los 90, la mezcla estalló como si de un cóctel molotov se tratara.
En 1991, Eslovenia y Croacia (ambas de mayoría católica) declararon su independencia de Belgrado. Le siguieron las separaciones de Macedonia (pacífica) y de Bosnia-Herzegovina, en 1992. En esta última república, de mayoría musulmana, pero con fuertes minorías católica (croata) y ortodoxa (serbios), el escenario de la guerra se hizo más complejo: los serbios bosnios recibieron el fuerte respaldo de los serbios de Belgrado (ortodoxos), en tanto que del otro lado se formó una alianza entre los bosnios musulmanes y croatas, ayudados por Croacia.
La intervención de la ONU junto a los bombardeos de la OTAN forzaron a las partes a firmar los acuerdos de Dayton, que pusieron fin a los enfrentamientos y establecieron un intrincado rompecabezas en Bosnia.
Mientras, en Kosovo, la población musulmana seguía exigiendo autonomía, lo que encendería la mecha de un nuevo polvorín.
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