
La tecnología y la locura, un cóctel explosivo
Por Richard Cohen Para LA NACION
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WASHINGTON.- En mi época, Fort Dix, el centro de adiestramiento del ejército norteamericano en Nueva Jersey, era conocido como el hogar del Arma por Excelencia. Esa arma, representada por una estatua heroica en la entrada, era el modesto soldado de infantería armado sólo con su fusil y aparentemente gritando algo así como: "¡Síganme!
Esa era la forma en la que el ejército norteamericano trataba de contrarrestar el atractivo de otras fuerzas, especialmente de la fuerza aérea. Se necesitaban botas sobre el terreno -y no aviones dando vueltas- para ganar realmente una guerra. En suma, se necesitaba el arma por excelencia. Nadie podía matar mejor.
Ahora, con la tragedia de Blacksburg, Virginia, hay más evidencia de que no hay nada tan peligroso como un hombre solo y nada tan impredecible como la mente humana.
Se analizará hasta el más mínimo detalle del hombre que, se dice, fue el responsable de esos asesinatos, 32 en total.
Pero sin importar lo que digan, Cho Seung-Hui estaba simplemente loco. Lo definirán con otros términos y, por supuesto, ya se lo llama un solitario, pero el hecho es que lisa y llanamente estaba loco, tal vez no por mucho tiempo, pero cuando eso importó, fue tiempo suficiente.
La mente humana está rezagada. Nuestras máquinas son maravillosas. Nuestros juguetes dan escalofríos. Nuestra ropa y alimentos son sofisticados. Pero nuestra mente está estancada en el pasado antediluviano. Si algo le sucede a esa mente -a menudo no sabemos qué- actúa de manera extraña, reacciona extravagantemente, sencillamente se vuelve loca.
Quizás ayude decir que alguien como Cho Seung-Hui es maligno, pero en última instancia la palabra está vacía de significado. Después de todo, él no trató de avasallar a alguien, ni robarle, ni violar a alguien ni conquistar su país. Cho sólo quiso hacer algo totalmente loco. Tal vez maligno sea tan sólo un sinónimo de locura.
De inmediato, resurge el debate sobre el control de armas. O sobre la falta de ellas. Eso está bien. Los locos no deberían tener fácil acceso a las armas. Pero por otra parte algunas personas que ya tienen armas a veces se vuelven locas. Y a veces algunas personas que se vuelven locas conocen a personas que no lo están y son las que tienen las armas. Por ejemplo, un padre. Por ejemplo, un amigo. Tal vez el arma esté en la casa sólo para protección. Guardada por una anciana. Uno puede darse cuenta de cómo suceden esas cosas.
Sin embargo, una vez más, aquí tenemos algo que preocupa mucho: la locura combinada con la tecnología. Las armas son pavorosas. Pueden disparar muchas ráfagas. No se rompen. Se las sostiene con firmeza y se apunta fácilmente con ellas. Los Padres Fundadores deben aceptar que se los corrija. La Segunda Enmienda proviene de una época diferente, cuando los locos podían causar un daño limitado.
Para nosotros, los terroristas del 11 de septiembre de 2001 estaban locos. Cada uno de ellos. Osama ben Laden está loco también. Miren lo que hizo. Sus terroristas utilizaron la tecnología, el poder del avión, y mataron a casi 3000 personas en una mañana de trabajo. Hitler probablemente siempre estuvo loco, pero cuando logró convertirse en el dictador de Alemania pudo aprovechar la tecnología y la capacidad de organización de la nación más avanzada de Europa para asesinar gente sin razón. Sí, por supuesto que tuvo sus razones, pero estaba fuera de sí. Pol Pot estaba loco y Stalin estaba loco, y también Idi Amin, aunque sin ser tan experto. Menos mal.
El límite es el cielo
Pienso que la amenaza soviética durante el período de McCarthy hizo que Estados Unidos se volviera un poco loco. Y nos enloquecimos un poco después del 11 de septiembre de 2001, y aprobamos la guerra que ahora nos confunde.
¿Nos dicen otra vez cómo entramos en ella? Por favor, que nos digan ahora cómo salir. Unos locos habían matado norteamericanos en Nueva York, Washington y en ese campo de Pensilvania. Saddam estaba loco, presuntamente desarrollando armas nucleares y de otro tipo. La locura debía ser tenida en cuenta. La locura enfrentó a la locura. Es difícil ahora dar otra explicación de la guerra.
Los locos de la historia deben haber sido un grupo de frustrados. Sólo podían hacer lo que era tecnológicamente factible. Ahora el límite es el cielo. Pensemos en el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad. ¿Está loco? Posiblemente. ¿Está desarrollando armas atómicas? Posiblemente. ¿Es entonces posible que un loco pueda tener armas nucleares? Sí. ¿Deberíamos preocuparnos? Claro que sí. ¿Nos debería preocupar que consecuentemente nos volvamos locos? Sí. Sí, sin duda.
Cada vez más estamos al alcance de los locos. Podemos ir de un lado a otro pero pueden encontrarnos. Estrellan aviones contra nuestros edificios, incrustan coches bomba en mercados y entran en los campus universitarios no como extraños sino como compañeros de estudio. Cada uno de esos hechos nos atemoriza, activa las partes más antiguas del cerebro. Y nos enloquece un poco. Somos el Arma por Excelencia y también la amenaza por excelencia. Virginia Tech nos duele.
Que Dios nos ayude.
© 2007, Washington Post Writers Group
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