
Las cuentas pendientes de los nativos
Por Narciso Binayán Carmona
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Los gamaragal, los australianos que vivían donde hoy se alza Sydney, quedaron maravillados con la aparición de aquellos seres extraños parecidos a los espíritus de los muertos; cortaban árboles, movían la tierra y a veces revolvían los cementerios. Reaccionaron, y los ingleses contestaron con varios ahorcamientos. Para la opinión nativa, los intrusos eran bárbaros.
En el interior de Australia no estaban bien informados, porque si no, habrían sido recibidos con menos curiosidad y menos cordialidad. Hubo violaciones y toma de niños (lacra que se agravó después).
La impresión la describió un poeta pilindjeri: ¿Dónde están mis amigos, el pueblo de mi clan?/Se fueron/ Estoy solo/ Todos murieron / Estoy triste y solo". (Richard Broomes, "Aboriginal Australians. Black response to white domination, 1788-1980", Allen &Unwin, Sydney, 1982.) En 1788 eran 300.000 almas en la isla, cifra mantenida por milenios. Para ellos, el arribo de los blancos fue una catástrofe. En su desaparición, ni siquiera fue necesario un contacto directo. Calamidades como la epidemia de viruela de 1798 alcanzaron regiones donde jamás se había visto un blanco.
La violencia armada fue tremenda y alcanzó su pico máximo en la vecina isla de Tasmania. Pero, aunque se dice que la última fue Truganini (1812-1876), hija de Mangerner, jefe de los Lilhuequonny, "nunca experimentó el nivel de envenenamientos, caza, emboscadas y masacres que hubo en otras partes de Australia". Tasmania resulta hoy una salida decorosa para afirmar que sólo allí hubo un exterminio total, callando lo que pasó al norte. (Lyndall Ryan, "The aboriginal Tasmanians", Melbourne, 1981.) Hoy quedan 300.000 aborígenes en Australia, unos 5000 de ellos en Tasmania.
No es fácil entender a otros pueblos, como lo demuestra el testimonio de Franois Peron, que los encontró, al principio, amistosos, corteses y generosos. En su segunda visita, cambió de parecer y los encontró a medio camino entre el hombre y el mono. Así se los trató y su número bajó en forma escalofriante. Paulatinamente, se ha intentado revertir las cosas. En los Juegos Olímpicos de 2000 se apostó a la unidad y se dio a Cathy Freeman, joven aborigen, la distinción de encender la llama olímpica, en tanto que el bailarín Djakapura Mnyarryun pudo lucir danzas tradicionales.
Pero para los aborígenes, ¿bastará con un gesto simbólico de un instante para borrar dos siglos de atrocidades con cuentas pendientes colosales y problemas gigantescos por resolver?
Discriminación y reclamos
Primitivos y todo, los negros nativos tenían un rico pasado. Fueron, parece, los primeros navegantes de la historia, ya que llegaron por mar hace al menos 30.000 años, cierto es que en travesía corta, pero, aun así...
Su mitología, tan variada como sus idiomas, habla de la "época del sueño", la de los antepasados. Los ataques del perro-demonio de Kulpuni en Uluru; el viaje de Yaligura hasta la tierra de las estrellas; el egoísta hombre-lagarto; los ogros Mamu, terror del desierto; la "gran serpiente"; la "madre fertilidad", sin contar la invención del boomerang, llenan libros enteros.
Yendo al presente: Peter Yu, dirigente nativo de padre chino, relata que el clan de su abuela contaba con 2500 personas hace un siglo, y hoy quedan 200. Es cierto que habían resistido. "Los australianos (blancos) son inseguros e ignorantes sobre el problema indígena, pero tomar las armas es impracticable para nosotros... No fuimos considerados seres humanos hasta 1976. Así, cuando hablamos de desarrollo aborigen, hablamos de los últimos 21 años."
Hace algunos años, el 55 % de los aborígenes eran pobres; la mitad de los niños entre seis meses y dos años tenían un crecimiento muy lento; la malnutrición, en esa franja, era altísima; los sueldos, inferiores; la enseñanza, escasa. Se les impusieron apellidos blancos, como "mono", "whisky", "cebolla", "araña", "asesino", "renacuajo", etcétera.
Durante la Segunda Guerra Mundial, en el ejército fueron discriminados, y muchos esperaban una victoria japonesa.El ejército los consideró "enemigos potenciales" y todos los nativos desempleados de las Midlands de Australia occidental fueron encarcelados. Aparte, entre 40.000 y 100.000 niños fueron quitados a sus familias y entregados a blancos, entre 1880 y 1960.
Ahora han cambiado de actitud y exigen : "¡Hechos!" Dos ex niños robados demandaron una indemnización en Darwin (1999). Existe la idea de elevar a Estado bajo control blanco el territorio del Norte, donde la población nativa es mayoría. Por su parte, los dirigentes aborígenes plantean lo mismo, pero para hacer un Estado propio, como ha hecho Canadá con los esquimales.
"Se podría casi pensar que los políticos australianos están tratando de crear una explosión de las relaciones raciales... que puede ser más dolorosa que el Ulster o el País Vasco" (El mundo indígena, 1997-98).






