Las últimas chinas de pies vendados: el adiós a una tradición brutal para "conseguir maridos"
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Pekín, 8 mar (EFE).- Aunque la práctica se abolió en la segunda década del siglo XX, la costumbre de vendarse los pies para achicarlos pesaba más que la ley y muchas mujeres chinas continuaron enseñando esta cruel costumbre a sus hijas, con el objetivo de conseguirles un buen matrimonio y garantizarles, así, un futuro más o menos prometedor.
Hoy, las últimas testigos de esta tradición brutal, que las mutilaba de por vida, se despiden de la tortura de los pies rotos.
"Yo no quería, porque dolía mucho. Nadie quería. Usábamos un trozo de tela para vendarnos los pies. Y mi madre lo cosió para que no me lo pudiera quitar", asegura la señora Zhao, quien a sus 92 años es una de las últimas víctimas vivas de aquella tradición milenaria.
Por su casa de los alrededores de Pekín, una única estancia amplia con dos camas grandes, unas sillas, una televisión y unos pocos armarios sobre los que reposan trastos varios, corretea el bisnieto más pequeño de la señora Zhao, y se puede apreciar que los zapatos del crío, de dos años, son casi mayores que los de su bisabuela.
La madre de la señora Zhao, como tantas mujeres de la época, sabía que había que invertir sus ganancias en vendas para los pies a fin de conseguir que su hija tuviera los llamados "pies de loto" si quería encontrarle marido, ya que era interpretado entonces como un sinónimo de porvenir y bienestar.
Un bienestar para el que había que pagar un peaje atroz: la rotura de los cuatro dedos más pequeños del pie, que quedaban prensados bajo la planta, con la resultante atrofia vitalicia.
La señora Zhao también era consciente de que, además de su futuro esposo (fruto de un matrimonio arreglado), su suegra examinaría sus pies exhaustivamente, y la trataría a patadas si éstos eran grandes.
Y aclara: "Nadie me iba a querer si no me vendaba los pies. Y me tratarían mal, con los pies grandes. A mi esposo le gustaban mis pies pequeños".
Empezaron a vendárselos cuando contaba 6 años. "A partir de los 13 o 14 años, ya no notaba el dolor", asegura la anciana, que no gritaba cuando le vendaban los pies porque dice que chillar no le aliviaba y quien, a la muerte de su marido, hace dos décadas, abandonó la práctica.
"Ahora los hombres y las mujeres son iguales", opina la señora Zhao, madre de cinco retoños, que nunca fue a la escuela, sufrió el hambre y la invasión japonesa y para quien, en definitiva, cualquiera tiempo pasado fue peor.
De todas formas, los efectos del trauma se aprecian entre las mujeres chinas consultadas sobre esta tradición, todas ellas sobre la treintena, quienes consideran la práctica "estúpida", "horrible" y, en el mejor de los casos, no la apoyan y conjeturan que debía de ser "muy incómoda".
Agencia EFE
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