León XIV cerró su viaje a Francia con un mensaje político para una Europa en guerra
Ante una decena de líderes europeos reunidos en Metz, el Papa cuestionó la carrera armamentista, defendió el multilateralismo y reclamó una respuesta humanitaria frente a la inmigración
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PARÍS.– León XIV tardó cuatro días en recorrer Francia: las avenidas abarrotadas de París, el silencio esperanzado de los enfermos en Lourdes y, ahora, este último lunes, los discretos paneles de madera del Centro de Congresos Robert Schuman, donde no lo esperaba la multitud, sino jefes de Estado y de gobierno. En Metz, ciudad fronteriza forjada por un siglo de guerras franco-alemanas, el Papa concluyó su viaje por Francia con su etapa más política: un discurso concebido como un espejo frente a Europa, entre la advertencia y la esperanza.
Muy temprano por la mañana, el avión pontificio aterrizó en el aeropuerto de Metz-Nancy-Lorraine, donde había llegado escoltado por dos Rafale de la base aérea de Saint-Dizier. En la pista lo esperaba un grupo de líderes europeos, antes de que el papamóvil iniciara, bajo una estricta escolta, los 2,2 kilómetros que separan el aeropuerto del corazón de la ciudad vieja. A lo largo del recorrido, pese a un cielo gris y frío, los habitantes, apostados en densas filas de a tres personas, con banderas europeas y estandartes vaticanos mezclados, saludaron el paso de la comitiva.
Para escucharlo, una docena de jefes de Estado y de Gobierno europeos, invitados por el presidente francés Emmanuel Macron, ocuparon sus lugares en la sala donde, desde 1950, el espíritu de Robert Schuman sigue presente. Fiel a su lenguaje firme y sin ambigüedades, León XIV no buscó suavizar sus palabras.
“Hoy, lamentablemente, la guerra ha resurgido, incluso en Europa”, comenzó, calificando el conflicto que desgarra el continente como una “nueva e inútil masacre”, responsable de innumerables víctimas civiles.
“Las relaciones entre los Estados son cada vez más bárbaras. Pero Europa puede poner fin a esa espiral gracias al respeto del otro”, dijo, poniendo el acento en el obediencia del derecho internacional y el multilateralismo: “El mejor antídoto contra la voluntad de dominación”, agregó.
Sin embargo, fue sobre el rearme europeo donde el Papa fue más tajante. León XIV advirtió contra “la ilusión del rearme”, señalando, no sin ironía, que “no es casualidad que los repetidos llamados al aumento del gasto militar sean presentados por muchos líderes como algo justificado por el peligro que representan los demás”.
En lugar de conformarse con “contener la hemorragia de la guerra” preparando ya el próximo conflicto, exhortó a Europa a realizar “esfuerzos creativos” por la paz, siguiendo el espíritu de Schuman —uno de los padres de Europa— quien prefería el diálogo a la confrontación armada. Sobre el derecho internacional, su fórmula fue contundente: un acuerdo “no puede ser impuesto por la fuerza por un Estado”. Este se basa en un principio más antiguo que todos los Ejércitos: que “los compromisos deben cumplirse”, dijo aludiendo indirectamente a los nuevos autoritarismos, tanto llegados de Estados Unidos como de Rusia.
Posteriormente, el Papa amplió su discurso hacia la identidad misma del continente. Europa, afirmó, es “una realidad cultural e histórica antes que una realidad geográfica”, arraigada en siglos de encuentros y en un legado cristiano que, según él, no puede ignorarse sin amputar al proyecto europeo su columna vertebral. El Sumo Pontífice reafirmó el compromiso con los valores universales —“derechos inviolables, libertad, democracia, igualdad y el Estado de derecho”— como condición de supervivencia y coexistencia pacífica del continente, situando a la persona humana “en el centro” para dar una “sustancia real” a palabras que a veces se usan sin habitarlas verdaderamente.
La inmigración el rearme y los nacionalismos
León XIV también eligió, ante ese despliegue de líderes, abordar de frente el tema más divisivo del momento político europeo: la inmigración. Instó a establecer “vías legales y seguras, asistencia, una cooperación real contra los traficantes, una protección efectiva de las víctimas y procesos de integración serios”, para permitir que las personas que huyen de la guerra o la pobreza vivan con dignidad. El mensaje llega en un momento sensible, cuando en Francia el partido de extrema derecha Reunión Nacional (RN) de Marine Le Pen lidera las encuestas para las presidenciales francesas de 2027, la Alternativa para Alemania (AfD) acaba de obtener victorias históricas en elecciones regionales en ese país, y una petición a favor de la “remigración” recogió cientos de miles de firmas en todo el continente. Al elegir Metz y su pasado como tierra en disputa para hablar de acogida, el Papa situó deliberadamente su mensaje de apertura en el corazón de un lugar donde la historia ha enfrentado durante mucho tiempo la identidad a la frontera.
Finalmente, se dirigió a la juventud europea, instándola a convertirse en “constructora de comunidades” y a trabajar valientemente por la paz en todos los niveles de la sociedad, cerrando un discurso que, desde el rearme hasta la acogida de los exiliados, resonaría mucho más allá de los muros del Centro Robert Schuman.
León XIV comenzó su cuarta jornada con una reunión con los líderes de las distintas religiones presentes en el continente. Pero el encuentro no era una cumbre europea, ni interreligiosa ni política. En la práctica, todos en la sala sabían leer entre líneas: París había organizado para el pontífice estadounidense una tribuna diplomática de primer nivel. Fiel a la tradición laica francesa, Emmanuel Macron no había asistido a ninguna de las celebraciones religiosas del viaje, haciéndose representar en París por su primer ministro. Pero este lunes el presidente hizo una excepción: exalumno de una escuela jesuita, el jefe del Estado estuvo presente finalmente junto a su esposa Brigitte en la catedral de Metz.
Por la mañana, en calidad de anfitrión, el presidente había abierto los discursos presentando al Papa a sus homólogos europeos y citando en dos ocasiones la declaración fundacional de Schuman. En sus inspiradas palabras, el jefe de Estado resumió la urgencia del momento con una frase: “los peligros han cambiado de magnitud en Europa”, llamando a “no ceder a los nacionalismos que dividen”, en una clara alusión a la extrema derecha que avanza en el continente. En su conclusión, para subrayar estos cuatro días de celebración en todo el país, Macron parafraseó una frase asquenazí del siglo XVIII para definir la felicidad tranquila que dice “Feliz como Dios en Francia”, y que el presidente cambió por: “Felices como León XIV con nosotros”.
Por la tarde, la cita fue en la catedral de Saint-Étienne, joya gótica apodada la “linterna de Dios” por sus 6500 metros cuadrados de vitrales, algunos de ellos firmados por Marc Chagall. Doce mil fieles se congregaron allí, de pie en las naves laterales ante la falta de sillas, mientras la luz multicolor de los vitrales recorría lentamente los rostros a medida que avanzaba la tarde. Afuera, la ceremonia fue seguida por unos 60.000 fieles gracias a pantallas gigantes instaladas en distintos puntos de la ciudad.
Bajo esa luz filtrada por ocho siglos de historia, León XIV celebró su última misa en suelo francés, una ceremonia de una hora y cuarto transmitida en directo por la televisión pública francesa, concebida como una despedida a la Iglesia de Francia. La catedral rindió homenaje al hijo de Metz convertido en “siervo de Dios” desde 2021: Robert Schuman, cuya memoria acompañó al Papa desde la mañana hasta la noche de esta última etapa, entre salas de congresos y naves de piedra. A la salida, en la plaza, la multitud aplaudió con entusiasmo, algunos agitando pequeñas banderas vaticanas y de Lorena mezcladas, con un fervor más contenido que en París, pero igual de sincero.
A las 18:30, en la pista del aeropuerto de Metz-Nancy-Lorraine, una sobria ceremonia de despedida —discursos protocolares, guardia de honor y la última señal de la cruz dirigida a la multitud— puso punto final a este extraordinario viaje papal. El avión pontificio despegó poco después de las 19:00 con destino a Roma, donde aterrizaría por la noche, cerrando un recorrido que llevó a León XIV desde los Campos Elíseos abarrotados de gente hasta las antorchas de Lourdes, y de ahí a esa tribuna en Metz donde, en pocas horas, habló de guerra, paz, derecho y acogida ante los líderes de un continente en busca de referentes.
Tras la desaparición del avión en el cielo de Lorena, quedó la imagen de un gran líder espiritual y un fino político que ha buscado, en suelo francés, unir dos registros que a menudo se consideran opuestos: el fervor popular de las grandes misas y la gravedad discreta de los salones diplomáticos. En París, habló a las multitudes y a los más vulnerables. En Lourdes, a los enfermos y a las víctimas. Metz, quedará como el día en que, ante los jefes de Estado de un continente inquieto, un Papa venido de América se atrevió a decir en voz alta que el rearme no es una fatalidad y que la paz, en cambio, “se construye con paciencia”. Detrás de él queda una Francia que, durante cuatro días, alternó entre júbilo popular y gravedad política, y una Europa a la que dejó, como despedida, tanto una advertencia como una invitación: la de no dejarse encerrar por el miedo.
