
Los chicos soldados, la infancia perdida de miles de africanos
Cerca de 25.000 niños fueron secuestrados por una secta armada en las selvas de Uganda
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KAMPALA (De una enviada especial).- A los 13 años a Okulo le cortaron un brazo con un machete porque les dijo a sus jefes que ya no quería seguir matando.
Okulo, que hoy trabaja de cocinero y tiene tres hijos, es uno de los 25.000 niños soldados secuestrados en el norte de Uganda por el Lord's Resistance Army (LRA, Ejército de Resistencia del Señor) entre 1995 y 2007.
"Lo liberamos junto a otros chicos, en 2003. Como muchísimos otros, había sido hipnotizado y actuaba como un autómata. A los 13 años ya había matado a 50 personas. Cuando Okulo, que en la lengua local significa «hijo del pantano», dijo que ya no quería seguir masacrando gente, sus jefes del LRA arrestaron a toda su familia y le cortaron un brazo", contó a LA NACION el padre Giulio Albanese, misionero italiano que trabaja desde hace más de dos décadas en esta zona del mundo regada de sangre.
Albanese, de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús (MCCJ) y autor de un libro sobre el drama de los niños soldados, fue ordenado sacerdote por el cardenal argentino Eduardo Pironio. Pero antes tomó los votos perpetuos y se ordenó diácono en Uganda a principios de la década del 80.
No por nada es experto en África y misionero acostumbrado a la violencia de este continente. Junto a otros misioneros combonianos, en 2003 se metió en el norte de la selva de Uganda para rescatar a niños soldados reclutados por los rebeldes del LRA.
Este grupo fue fundado en 1987 por Joseph Kony, que se autoproclamó dotado de poderes sobrenaturales.
Kony, que comenzó a enrolar forzadamente a chicos y a cometer atrocidades contra la población civil, convirtió el norte de Uganda en un verdadero infierno. El objetivo era derrocar al cuestionado presidente Yoweri Museveni.
Aunque algunos creen que es una milicia cristiana, el LRA en verdad es un movimiento sincretista. "Juntó elementos de la cristiandad y elementos del mundo islámico. Los niños soldados, de hecho, rezan los viernes, pero combaten con el rosario colgado al cuello bajo efecto de hipnosis colectiva. Los chicos son sugestionados y se vuelven como autómatas o robots y son reclutados desde los ocho años. Cuando te los encontrás, te dan miedo", dijo el sacerdote.
El de los niños soldados es un drama común en África. En el norte de Uganda ahora quedan unos 1500 porque en 2007 hubo una ley de amnistía y muchos depusieron las armas. Pese al peligro que nunca dejó de representar, ni las filas del LRA están ya muy nutridas, ni existe el apoyo social con el que nació hace tres décadas.
"El problema es que no hubo integración. La sociedad los mira con sospecha y, por otro lado, los ex niños soldados tienen traumas psicológicos y hasta psiquiátricos enormes que hacen que sean excluidos de la sociedad", explicó Albanese. Lo cierto es que los irreductibles del LRA se han ido moviendo a otros países africanos, entre Sudán del Sur, República Democrática del Congo y República Centroafricana. Los jefes son chicos ugandeses que ahora crecieron.
Predadores
¿Contra quiénes combaten? "Contra todo y nada, sólo quieren matar, son predadores y siguen reclutando niños soldados", dijo Albanese.
"En realidad es una guerra sucia y se combate por el petróleo. La comunidad internacional nunca hizo nada. Estados Unidos intentó atrapar al fundador, Kony, pero no pudo. Kony se encuentra en la selva, nadie sabe bien dónde", agregó.
Es probable que Kony, con un pequeño grupo del LRA, se esconda en Kafia Kingi, un enclave limítrofe entre Sudán y Sudán del Sur.
Albanese estuvo tres días secuestrado por el LRA en 2003, cuando intentó establecer un diálogo. "Tuvimos miedo, pero la paradoja es que los rebeldes nos trataron bien. Mucho mejor que los soldados del gobierno de Museveni", contó.
"Nos detuvieron, nos acusaron de ser traficantes de armas de Al-Qaeda, nos torturaron y estuvieron a punto de fusilarnos. Intentábamos explicarles que éramos sacerdotes, pero no nos creían. Éramos tres, nos absolvimos mutuamente, estábamos tirados en el piso, esperando el tiro final. Pero el comandante del pelotón me reconoció: «¿Padre Giulio, qué haces aquí?» Había sido monaguillo mío en Kampala en 1982. Y nos salvamos".
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