Los tabloides, el reino de la cultura del "todo vale"
Con tal de conseguir una primicia, son capaces de emplear todo tipo de tácticas desleales
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LONDRES.- Benjamin Pell hizo una segunda carrera escarbando en los contenidos de las bolsas de basura de la gente y vendiéndoselos a la prensa británica.
El encargado de limpieza de las oficinas, conocido como "Benji el Basurero" para sus clientes de Fleet Street (calle símbolo de la prensa británica), les pasaba regularmente a los periodistas los papeles que descartaban abogados, celebridades y ejecutivos de las empresas.
Los tabloides británicos tienen una prolongada y colorida historia sobre nuevas maneras de conseguir una primicia. Desde escarbar en los cestos de papeles hasta hackear las cuentas de e-mail, los periodistas de los diarios amarillistas se regocijan, desde hace tiempo, con el empleo de estas tácticas hostiles.
Ahora, sin embargo, uno de ellos fue demasiado lejos. News International, de Rupert Murdoch, anunció anteayer que cerrará el dominical News of the World, como consecuencia del escándalo por el espionaje telefónico.
Las acusaciones de que periodistas del diario hackearon los mensajes de celular de víctimas de crímenes, atentados y de soldados enfurecieron a los británicos y generaron pedidos de investigaciones públicas sobre la conducta de los tabloides y llamados a que se impongan límites y regulaciones más duras al imperio de Murdoch.
Las revelaciones, inicialmente publicadas por The Guardian, un periódico de izquierda, forman parte de un prolongado escándalo de espionaje, que emergió cuando la familia real advirtió que sus teléfonos habían sido intervenidos.
¿Pero son realmente los tabloides británicos mucho peores que los de otros países? Steven Barnett, profesor de comunicación de la Universidad de Westminster, no tiene ninguna duda de que sí. Según sostiene, en Gran Bretaña los tabloides se exceden tanto porque pueden. O más bien, porque en un entorno tan ferozmente competitivo, si no lo hacen, otro lo hará.
Nick Davies, un investigador periodístico de The Guardian, se ha dedicado particularmente a examinar los escándalos de los tabloides ingleses. Davies explica que en las redacciones de los tabloides británicos prima "un régimen de miedo", en el que los periodistas están aterrados por la posibilidad de ser despedidos si no producen constantemente primicias exclusivas. En ese entorno, la ética suele dejarse de lado.
Las tácticas incluyen "escarbar en la basura", fingir ser otra persona para conseguir información privada acerca de un individuo, pagar sobornos a la policía a cambio de información y contratar investigadores privados que hagan todas esas cosas o sigan a las personas en cuestión. Algunos de esos métodos han estado vigentes durante décadas. Pero con el advenimiento de las computadoras, los mensajes de voz y los teléfonos celulares, Fleet Street se volvió cada vez más sofisticada.
En otros países
Estados Unidos también tiene su dosis de tabloides llenos de titulares con juegos de palabras y artículos morbosos. Pero en general, sus periodistas advierten que nunca van tan lejos como sus contrapartes británicas.
Una de las grandes diferencias entre ambos países, según Tom Rosenstiel, director del Proyecto para la Excelencia Periodística del Centro de Investigación Pew, de Washington, estriba en la economía. En Estados Unidos, los diarios generan entre el 75 y el 80% de sus ingresos a partir de sus anunciantes, mientras que los periódicos británicos dependen más de las ventas de ejemplares en la calle.
En Francia, en tanto, son las estrictas leyes que defienden la privacidad las que impiden a periódicos y revistas publicar fotografías o datos intrusivos de figuras públicas durante sus momentos de privacidad.
Frederic Gerschel, un veterano periodista del diario Le Parisien, trabajó anteriormente en el semanario dedicado a las celebridades Paris Match, y dice que jamás escuchó decir que alguna publicación hubiera contratado detectives privados o que hubiera interceptado llamadas telefónicas o enviado gente disfrazada para perseguir y atrapar a figuras públicas. "Son límites que nosotros aún no hemos cruzado", dijo.
Los medios franceses trabajan con la regla de que la información periodística termina frente a la puerta del dormitorio, a menos que un incidente de la vida privada de un funcionario afecte cómo desempeña su cargo. La circunspección de los medios franceses, sin embargo, también puede estar generada por sus frecuentes conexiones con intereses empresarios más amplios. El diario Le Figaro, por ejemplo, es propiedad del Grupo Dassault, que es dueño de empresas tales como Dassault Aviation y cuyo ejecutivo jefe, Serge Dassault, es senador del partido gobernante.






