
Lula da Silva, el líder sindical que abrazó el pragmatismo para buscar su cuarto mandato en Brasil
El presidente llegó a esta elección con una identidad política distinta de la del dirigente sindical que desafió a la dictadura y, aunque conserva el vínculo con el movimiento obrero, gobierna desde una posición más moderada
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SAN PABLO.– En el exclusivo barrio residencial de Alto de Pinheiros, en la zona oeste de San Pablo, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, esperó el domingo los resultados de la elección en la que quedó segundo detrás de Flavio Bolsonaro. En la segunda vuelta del 25 de octubre, Lula buscará obtener su cuarto mandato presidencial o, probablemente, pondrá fin a su carrera política.
Después de cinco décadas como una figura omnipresente de su país, doce años en el poder y siete elecciones presidenciales, el líder brasileño que llegó a esta jornada electoral es muy distinto de aquel dirigente sindical que encabezaba las grandes huelgas obreras de los años 70.
Lula sigue siendo el principal referente de la izquierda brasileña, pero su tercer mandato mostró a un político mucho más pragmático, obligado a negociar con un Congreso más conservador, a convivir con un electorado menos ideologizado y a buscar acuerdos con sectores que alguna vez estuvieron en la vereda de enfrente.
Un Lula moderado
“Lula ahora es de centro, centroizquierda en el mejor de los casos, pero ya no es de esa izquierda radical que luchaba contra el capitalismo”, dijo a LA NACION Bruno, un militante del Partido de los Trabajadores (PT) que repartía panfletos en plena Avenida Paulista antes de las elecciones.
La percepción del joven es compartida por muchos brasileños que ven en el veterano presidente una figura mucho más moderada y pragmática que la del dirigente que construyó su carrera política a partir del movimiento obrero. Y los especialistas coinciden en que la transformación empezó mucho antes de su actual mandato.
“El giro pragmático ocurrió hace mucho tiempo. En 2002, en su cuarto intento, Lula se desplazó hacia el centro, se alió con el Partido Liberal y publicó la ‘Carta al Pueblo Brasileño’. Dentro del PT, este camino fue construido por el Campo Mayoritario, la corriente que llevó al partido a la alianza con los sectores moderados. Lo que quedó de aquel origen es el prestigio, la autoridad y el discurso –muchas veces convertido en práctica– en defensa de los trabajadores”, explicó a LA NACION Sergio Praça, doctor en Ciencia Política por la Universidad de São Paulo (USP).
“La fuerza de Lula hoy proviene menos de una categoría específica y más de dos activos: una autoridad personal que nadie más tiene en la izquierda y el PT, un partido de masas organizado en municipios pequeños y medianos, algo que ningún otro candidato a la presidencia tiene”, reforzó el experto.
A partir de entonces, Lula fue construyendo una identidad política que combina la defensa de las políticas sociales y del papel del Estado con una capacidad de negociación que le permitió gobernar en escenarios muy diferentes. En su tercer mandato, esa característica se volvió todavía más evidente. El presidente debió administrar una sociedad más polarizada, un sistema político fragmentado y un Congreso en el que la izquierda es minoritaria. Pero sobre todo, el presidente brasileño tuvo que enfrentarse a un país muy diferente al que había dejado en su mandato previo.
Un país distinto
La transformación de la estructura económica brasileña modificó también el mapa político del país. El antiguo cinturón industrial del ABC paulista, que durante décadas fue uno de los principales bastiones del movimiento obrero y de la izquierda brasileña, hoy en día ya no representa necesariamente una garantía electoral para el PT.
Fue precisamente en las fábricas de San Bernardo del Campo donde Lula construyó su trayectoria como dirigente sindical antes de convertirse en uno de los principales referentes de la izquierda latinoamericana. Allí organizó las grandes huelgas que desafiaron a la dictadura militar y empezó a construir el liderazgo que décadas después lo llevaría al Palacio del Planalto.
Pero el electorado que acompañó el surgimiento del PT cambió al mismo tiempo que la economía brasileña.
“La industria representa hoy apenas el 10% del PBI brasileño, frente al 30% de la época en que Lula lideró sus grandes huelgas. Además, el sector se transformó profundamente, con el avance de la automatización, fábricas más pequeñas y con menos empleados, y el debilitamiento de los sindicatos. El agronegocio, por ejemplo, tiene actualmente un peso mucho mayor en el desarrollo nacional, sobre todo en las exportaciones”, explicó a LA NACION Mauricio Santoro, politólogo y profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ).
Ese cambio ayuda a explicar algunas de las contradicciones a las que se enfrenta el Lula actual. El presidente continúa defendiendo a los trabajadores, su salario y la distribución del ingreso, pero debe hacerlo en una economía en la que los sindicatos tienen menos capacidad de movilización y en la que buena parte de los nuevos trabajadores se encuentra fuera de las estructuras laborales tradicionales.
El paso por la cárcel
La otra gran transformación en la trayectoria de Lula ocurrió después de su salida de prisión. El expresidente fue condenado en 2017 por corrupción y lavado de dinero en el marco de la investigación Lava Jato y permaneció 580 días encarcelado, hasta que sus condenas fueron anuladas por el Supremo Tribunal Federal (STF) en 2021 por cuestiones de competencia de los tribunales que lo habían juzgado. La decisión le permitió recuperar sus derechos políticos y volver a competir por la presidencia.
Aquella experiencia también dejó una marca en su manera de ejercer el poder. “Lula estuvo más de un año preso, tras ser condenado por corrupción. Esa experiencia dejó marcas. En su tercer mandato, se convirtió en un presidente más centralizador y cerrado, que escucha solamente a un pequeño círculo de asesores, en general compañeros de partido con los que tiene décadas de convivencia, y también a su nueva esposa”, dijo Santoro.
Según el experto, también es muy marcada en el gobierno la presencia de dirigentes y colaboradores que permanecieron junto a Lula durante su encarcelamiento y que lo visitaron regularmente en prisión.
La prisión, además, terminó reforzando una dimensión personal de su liderazgo. Lula volvió a la política no solamente como el candidato de un partido, sino como una figura capaz de presentarse ante sus seguidores como víctima de una persecución política y judicial. Esa narrativa fue fundamental para su regreso y continúa formando parte de su capital político.
Un Congreso más difícil
El Lula de 2026 también debió gobernar con un Congreso mucho menos favorable que el que tuvo durante sus dos primeros mandatos por varias razones.
“El Poder Legislativo se fortaleció mucho en los últimos años, con el aumento de los recursos del presupuesto que cada diputado y senador puede incluir en sus enmiendas de ejecución obligatoria, lo que redujo el poder de presión del Ejecutivo. El principal partido de la coalición anterior de Lula, el MDB, se fragmentó y el presidente tuvo que lidiar con otras fuerzas políticas, más conservadoras y erráticas en sus posiciones en el Parlamento”, explicó Santoro.
La necesidad de negociar con ese Congreso terminó de consolidar al Lula actual, un dirigente que conserva una identidad de izquierda, pero que gobierna más cercano al centro del sistema político.
Sin embargo, el alejamiento de Lula de aquel sindicalismo combativo no significa que haya perdido el contacto con las bases que lo llevaron originalmente a la política.
“Hace poco me llamó para preguntarme cómo estaba la campaña acá. Tenemos a nuestro expresidente, Moisés, que ahora es candidato, así que quería saber cómo estaba Moisés”, contó a LA NACION Wellington Damasceno, presidente del Sindicato de Metalúrgicos del ABC, cargo que ocupó el propio Lula en la década del 70.
“De vez en cuando pasa; incluso, es más habitual que él nos llame a que nosotros lo llamemos. A menos que sea un problema muy grande que realmente no podamos resolver, evitamos molestarlo. Pero él tiene la costumbre de llamar, saber nuestra opinión, dar orientación y mostrar esa preocupación por el rumbo que estamos tomando”, agregó el dirigente.
Esa relación ayuda a explicar por qué la imagen del obrero que llegó a la presidencia sigue siendo una de las piezas centrales de su identidad política.
No es casual que la campaña de 2026 haya empezado precisamente en el estadio de Vila Euclides, también en San Bernardo del Campo, donde Lula encabezó las grandes huelgas metalúrgicas de fines de los años 70 y principios de los 80, uno de los episodios más importantes de la movilización contra la dictadura militar brasileña. Tampoco es casual que este domingo, el presidente haya elegido votar nuevamente en San Bernardo.


