
Murió Yeltsin, el líder que enterró a la URSS
Desalojó a los comunistas del poder en 1991 y fue el primer presidente de Rusia; dejó un gran legado, aunque cometió errores
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MOSCU.- El ex presidente ruso Boris Yeltsin, que terminó de enterrar a la Unión Soviética e impulsó a Rusia hacia el pluralismo y la economía de mercado, murió ayer a los 76 años a causa de insuficiencias cardíacas en el Hospital Central de Moscú, según anunció el vocero del Kremlin, Alexander Smirnov.
Aunque Yeltsin fue en un primer momento admirado en el extranjero por haber desafiado al monolítico sistema comunista, será recordado por muchos rusos como el hombre que presidió la profunda decadencia de su país.
Mikhail Gorbachov, el último presidente soviético, resumió la complejidad de la vida política de Yeltsin en un mensaje de condolencias, minutos después de anunciada la muerte. Se refirió a Yeltsin como "un individuo que en sus hombros cargaba tanto grandes proezas como graves errores", según la agencia de noticias Interfax.
El presidente ruso y sucesor de Yeltsin, Vladimir Putin, se comunicó con la viuda del ex mandatario, Naina, para expresarle su sentido pésame.
Yeltsin dejó un legado gigantesco, aunque con muchas deficiencias. Fue una figura profundamente contradictoria, que se catapultó a la popularidad en la época comunista con la promesa de combatir la corrupción, pero que demostró ser incapaz de impedir el saqueo de la industria estatal cuando era privatizada durante nueve años como el primer presidente ruso elegido libremente.
Constantemente defendió la libertad de expresión, pero fue un maestro para manipular los medios de prensa.
Su conducción política fue errática y a menudo cruda, y el demócrata frecuentemente gobernó al estilo de un zar. Acumuló el mayor poder posible en su gobierno y lo abandonó todo en un dramático discurso de Año Nuevo, en 1999, meses antes del fin de su mandato.
A veces jugaba con la verdad; se rodeaba de camaradas, y designaba y destituía a un primer ministro tras otro. Luego, con problemas de salud y la sospecha de que tanto él como sus más estrechos colaboradores se habían enriquecido a costa del Estado, sorprendió al mundo al pedir perdón por sus errores y renunciar. Cedió las riendas del gobierno al sucesor, Vladimir Putin, que él mismo había elegido a dedo.
Los mejores momentos de Yeltsin se produjeron en estallidos. Desde la torreta de un tanque de guerra resistió un intento de golpe de Estado contra Gorbachov en agosto de 1991, un momento heroico grabado en la mente del pueblo ruso y de quienes lo vieron por televisión en todo el mundo.
Esa fue su mayor prueba y su momento de gloria: en la madrugada del 19 de agosto, la cúpula comunista aisló a Gorbachov en Crimea, sacó los tanques a la calle y usurpó el poder. Yeltsin no dudó: llamó a la desobediencia y a la resistencia, y contrapuso al ejército a miles de civiles, decididos a defender la libertad aunque fuera al precio de sus vidas.
Dos días después, el golpe fracasó y Gorbachov volvió a Moscú, sin entender aún que el país había cambiado. Luego, fue también Yeltsin quien asestó el golpe de gracia a la Unión Soviética, al sellar en Belovezh su disolución, que Gorbachov se vio obligado a aceptar y a dimitir el 24 de diciembre de 1991.
Fue así como Yeltsin dirigió la marcha hacia el pacífico fin del Estado soviético el 25 de diciembre de ese año.
En Rusia, la tarea de construir un nuevo Estado de las cenizas quedó en manos de Yeltsin, un hombre de precaria salud cuyas frecuentes y misteriosas desapariciones de la vida pública eran atribuidas a problemas cardíacos y respiratorios, al excesivo consumo de bebidas alcohólicas y a ataques depresivos.
Yeltsin, que fue criado en una fría cabaña comunitaria de un solo ambiente, fue un reformista incoherente a quien nunca le interesó demasiado la tarea mundana de gobernar día tras día.
Yeltsin dañó sus credenciales democráticas al utilizar la fuerza para resolver conflictos políticos, aunque sostenía que sus decisiones eran necesarias para mantener unido al país.
En octubre de 1993 envió tanques y tropas para reprimir a un grupo de opositores armados, y desalojarlos de un hostil Parlamento ruso después de que habían desatado la violencia en las calles de Moscú. Y en diciembre de 1994, lanzó una ofensiva militar contra separatistas en la sureña república de Chechenia. Decenas de miles de personas murieron en ese conflicto y, derrotado y humillado, el ejército ruso se retiró de allí a fines de 1996.
En los últimos años de su gestión, Yeltsin se vio agobiado por problemas de salud, y a menudo parecía no estar al tanto de las cosas.
Sin embargo, había tenido un asombroso debut como presidente de Rusia. Introdujo muchos fundamentos de la democracia garantizando la libertad de expresión, la propiedad privada y el derecho de elecciones pluralistas, y abriendo las fronteras al comercio y al turismo. A pesar de ser muy fanfarrón, reveló más sobre su vida y sus dudas privadas que cualquier otro líder ruso anterior.
"Los extenuantes ataques depresivos; las dudas sobre mis decisiones; el insomnio y los dolores de cabeza en medio de la noche; las lágrimas y la desesperación; la angustia que me causó gente cercana a mí, que no me apoyó a último momento; que me abandonó y engañó. Todo eso tuve que soportar", escribió en su libro de memorias La lucha por Rusia , en 1994.
Las dos facetas del líder
Yeltsin promovió reformas de libre mercado creando un sector privado y permitiendo la inversión extranjera. En política exterior, aseguró la independencia de los países satélites de la era soviética, supervisó la reducción de armas y tropas, y cultivó cálidas relaciones con líderes occidentales. Ese era el Yeltsin democrático. Durante su liderazgo de casi una década, fue el mayor bastión de Rusia contra el comunismo.
Pero había otro Yeltsin: el que vacilaba en actuar contra el delito y la corrupción -incluso en su propio gobierno- en momentos en que debilitaban la confianza del público e impedían el desarrollo de la democracia. Las dolorosas reformas económicas empobrecieron a millones de rusos, a gente humilde cuyos sueldos y jubilaciones el gobierno de Yeltsin a menudo pasaba meses sin pagar.
En el transcurso de los años de gobierno de Yeltsin, el ingreso per cápita cayó el 75%, y la población del país disminuyó en más de 2 millones debido, en gran medida, a la profunda decadencia del sistema de salud pública.
Yeltsin fue un maestro de intrigas en el Kremlin, y prefirió el ajedrez político al trabajo minucioso de resolver problemas económicos y sociales. Enfrentaba a sus principales asesores entre sí, y nunca dejó que acumularan demasiado poder, para que no lo desafiaran.
Destituyó a todo el gobierno en cuatro oportunidades, en 1998 y 1999. La economía se hundió en una gran recesión en el verano de 1998, pero Yeltsin raramente formulaba comentarios sobre los problemas y nunca presentó un plan para combatirlos. Actuaba rápidamente si alguien amenazaba el poder al que se aferraba, resistiendo a pie firme incluso cuando sus aliados tradicionales le pedían que diera un paso al costado.
En política exterior, hizo lo imposible para preservar cierto protagonismo para su ex superpotencia. Instó a un "mundo multipolar" como una forma de contrapeso para lo que Rusia percibía como una excesiva influencia de Estados Unidos.
En los últimos años se retiró de la política cotidiana casi por completo. Aun cuando no todo lo que hacía Putin le agradaba, el ex presidente no hacía públicas sus críticas. Ultimamente, apenas se lo podía ver en público en los torneos de tenis. "No se apuren para ponerme monumentos, que cumpliré 100 años", bromeó hace unos años.
Sobreviven a Yeltsin su esposa, dos hijas y varios nietos.
El Kremlin, en tanto, informó que el ex presidente será enterrado mañana en Moscú. También se le brindará un homenaje en la catedral de Cristo Redentor, de Moscú, y el país guardará un día de duelo.
Traducción: Luis Hugo Pressenda
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