
Otra víctima africana de las fronteras artificiales
No sólo la nación está dividida, sino también sus tribus
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La nación tswana es otra de las víctimas de las demenciales fronteras artificiales dejadas por el colonialismo en Africa. Son alrededor de cinco millones de personas de los que un millón y medio vive en Botswana y tres millones y medio, en Sudáfrica. Las fronteras no sólo dividen la nación, sino también a sus diversas tribus. La culpa aquí recae sobre Londres, ya que gobernaba ambas partes.
La región norte, Botswana, se unificó en torno de los reyes de los bamangwato, de los que el más importante fue Khama III (1872-1923). A él le tocó manejar a toda la nación y no sólo a su tribu, en los difíciles días de la llegada de los blancos a su territorio, y soportar la partición. Como con otros gobernantes negros, su habilidad política y la sagacidad que desplegó frente a la ocupación extranjera no han tenido aún pleno reconocimiento político. A él lo sucedieron dos personalidades extraordinarias: su hijo Tsekhedi y su nieto sir Seretse.
El primero, regente en nombre de su sobrino desde 1926 hasta 1944, protagonizó uno de los episodios más vergonzosos de la historia colonial inglesa. Gobernante serio, capaz y enérgico, castigó con la pena legal prescripta -azotes- a un blanco que "acosaba sexualmente" -por usar la expresión de moda- a mujeres tswanas.
Semejante audacia -la de Tsekeedi, negro, aunque fuera príncipe y regente- horrorizó a los blancos de Sudáfrica, ingleses y boers, y el alto comisionado británico envió tropas a Botswana, protectorado por entonces, para deponer a ese negro audaz. Sin embargo, el gobierno de Londres no lo apoyó y fue rápidamente restablecido y mantenido en su cargo.
Su sobrino, sir Seretse Khama, fue rey (1944-1956), abdicó y, recuperada la independencia, fue presidente de la república (1966-1980) hasta su muerte. También él protagonizó un escándalo: se casó con una secretaria inglesa, blanca, lo cual espantó tanto a su propio pueblo como a los blancos de Sudáfrica y de Rhodesia. Sin embargo, pasado el impacto inicial, el consejo de su tribu aprobó el matrimonio, dando así una clase de civilización al racismo blanco. Por el contrario, Londres lo destituyó, después de lo cual debió dejar el país con su esposa. Luego volvió, entró en política y retornó al poder años más tarde, consagrado por el voto popular. El amor del príncipe negro con la modesta Cenicienta blanca triunfó sobre el racismo irracional.
Botswana, país árido, gran parte de cuya superficie está ocupada por el desierto de Kalahari, es uno de los mayores productores mundiales de diamantes -segundo, después de Rusia-, y estas piedras representan el 80 por ciento de sus exportaciones. La población, sin embargo, es de agricultores y ganaderos.
Bophutatswana
En cuanto a los que viven en Sudáfrica, entre 1977 y 1993 tuvieron como teórico Estado propio a Bophutatswana. Sin embargo, más de la mitad vivía en las zonas blancas adyacentes a los grandes centros mineros e industriales.
Bophutatswana, por lo demás, era una sucesión de enclaves dispersos y de ninguna manera un Estado unificado aceptable. Fue disuelto por el gobierno de De Klerk, más con pena que con gloria, y ahora se encuentra en pésima situación socioeconómica en medio de un difícil proceso de integración. Hay en los diversos enclaves problemas de provisión de agua corriente, de educación y de servicios en general. La tasa de delincuencia entre los tswanas de las zonas blancas es altísima, la segunda de Sudáfrica.
La diferencia con la riqueza de Botswana es muy grande y hace difícil por el momento pensar en reunificar a la nación. Por lo demás, continúa, como en toda Africa, el mantenimiento de las fronteras coloniales.
En una entrevista que quien esto escribe le realizó en 1977, el jefe tswana Lucas Mangope aceptó que las fronteras de Bophutatswana eran insuficientes y señaló que tanto él como los cuerpos legislativos habían pedido que la media docena de enclaves se unificaran. Se mencionó que podría hablarse luego de la "independencia". Nunca se logró nada.
En cuanto a Botswana, señaló respecto de sir Seretse Khama: "Nunca nos hemos visto. No lo conozco", y ante nuestro asombro repuso: "No es tan raro. Tenga en cuenta que hasta hace pocos años nosotros no teníamos ningún peso político mientras que Khama era un estadista ya de bastante prestigio".
Aquella vieja nota terminaba: "La conversación con Mangope deja abierta la puerta a una gran esperanza, pero hay una gran duda: ¿Habrá tiempo?". Y, aunque los vaticinios son aventurados, se señalaba que, conforme con el plan esbozado por Mangope -que en ese momento anunció la abolición del apartheid y de todo lo que implicaba- "se llegaría pacíficamente a una solución completa del problema sin sangre y sin violencia". Parecía utópico pero, contra todo lo esperable, así ha sido hasta ahora. Esto deja el problema tswana en muy segundo plano.
Un pueblo mezclado
Los antepasados de los tswanas llegaron a la actual Sudáfrica dentro de la misma gran migración que, desde el Norte, llevó a sus cercanos primos, los sothos, hace unos mil años.
Se encontraron con una población muy dispersa y primitiva, los bosquimanos, que no son negros y tienen un color amarillento, ojos rasgados, pómulos salientes y un rollo de grasa en el final de la espalda que les da unas voluminosas colas. El lenguaje de los bosquimanos se caracteriza por el uso de letras muy peculiares, con chasquidos.
Como otros pueblos africanos, los tswanas tienen un árbol genealógico común dentro del cual se ubican los antepasados de cada tribu. En el caso concreto, tswanas y sothos tienen los mismos ancestros comunes.
Aunque los tswanas son indiscutiblemente negros, tienen un alto porcentaje de sangre bosquimana (53 por ciento), menor que el de los xhosas (la nación de Mandela, 60 por ciento), pero mayor que el de los zulúes (45 por ciento). Pero, a diferencia de ambos, su idioma no incorporó los chasquidos. [Jenkins, Zoutendyk y Steimberg, investigación de 1970 en "The Bantu-speaking peoples of Southern Africa", Londres-Boston, 1974].
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