
Por su ambición, el padre de Dodi se gana el odio de los británicos
El dueño de Harrods, Mohammed al-Fayed, estuvo preso ayer durante varias horas acusado de robo.
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LONDRES.- Tony Blair le ha dicho que se calle la boca, la realeza cruza la vereda para no saludarlo, el hermano de la princesa de Gales lo cree un fantoche, los amigos de Lady Di, un hipócrita; sus empleados, un explotador; la opinión pública, un traidor, y la policía, un ladrón.
El hombre que despierta tantas pasiones es Mohammed al-Fayed, dueño de Harrods y, desde hace unos días, el hombre más odiado en el Reino Unido.
Ayer, Scotland Yard lo puso tras las rejas durante varias horas y sólo lo dejó partir tras pagar una abultada fianza por considerar que está envuelto en un caso de robo y daños criminales en contra de un competidor, el empresario Tiny Rowland. Este lo acusa de estar al tanto de la desaparición de joyas, documentos y cassettes de una caja fuerte que él mantenía en Harrods.
Los dos hombres son enemigos acérrimos desde 1985, cuando Al-Fayed se hizo cargo de la tienda tras un polémico "take over". Rowland pidió entonces al Departamento de Industria y Comercio que investigara la operación y, si bien éste no encontró pruebas para anularla, fue sobre la base de su informe que las autoridades británicas decidieron rechazarle a Al-Fayed su pedido de nacionalización.
Aún cuando el gobierno laborista haya decidido "revisar" esa decisión, este episodio no hace más que confirmar la turbia imagen de Al-Fayed aquí. Porque, si el remate de los bienes de Eduardo VIII y Wallis Simpson en los Estados Unidos hirió el corazón de sus admiradores, la noticia este fin de semana de la "recuperación parcial" de la memoria del guardaespaldas de Diana ya había colmado el vaso.
Trevor Rees-Jones mantuvo una entrevista con el tabloide The Mirror, en la que afirma haber logrado "recordar un poco más" del accidente en París y querer contar lo que se sabe al juez a cargo del caso.
El problema radica en que el diálogo fue "supervisado" por Al-Fayed, de quien Rees-Jones todavía es empleado, y el adelanto se debe a los servicios de un psiquiatra contratado también por él.
Estos detalles sólo permiten imaginar que éste es un nuevo capítulo en la trama de versiones pergeñada por el padre de Dodi. Especialmente si se tiene en cuenta que el primer recuerdo de Rees-Jones consistió en asegurar, en contradicción con los partes médicos, que "Diana estaba consciente después del accidente y no hacía otra cosa que llamar a Dodi" y que "no fue el hijo de Al-Fayed sino Diana quien pidió al conductor que acelerara".
Promesas rotas
Diga lo que diga, los británicos no pueden perdonar al empresario egipcio que asumiera la custodia de dos aspectos controvertidos del patrimonio real británico -el hogar de los Windsor y la princesa de Gales- y, en cada uno de los casos, no cumpliera con el cuidado prometido.
Fayed adquirió la villa de los Windsor, en la parisina Bois de Boulogne, en 1986, para convertirla en un "homenaje permanente" al hombre que abandonó el trono de un imperio por el amor de una mujer.
El edificio se encontraba entonces en un estado deplorable. La larga enfermedad de Wallis impidió toda reparación durante más de ocho años y hasta fue necesario que su leal testaferro, la abogada Suzanne Blum, vendiera algunas de sus joyas para hacer frente al pago de los servicios básicos.
Cuando Wallis finalmente murió, el Instituto Pasteur, a quien los Windsor habían dejado todo, se encontró con un cúmulo de deudas imposibles de cubrir por una organización que sobrevive gracias a subsidios y donaciones privadas.
A Blum, apenas dos años más joven que la duquesa y entonces ya ciega, se le presentaron sólo dos alternativas: vender las joyas y muebles a Christie´s, y dejar la casa vacía, o entregar todo a Al-Fayed, que juraba transformar el lugar en un "monumento al amor de los Windsor".
La decisión pareció lógica: por unos 20 millones de dólares, el "paquete" completo fue a parar a manos del empresario reconocido entonces como la persona que había "salvado" la memoria de los Windsor de la "vergüenza" de tener sus bienes en remate.
Durante años, Al-Fayed invirtió millones en la restauración del edificio. Todo fue lustrado hasta alcanzar su brillo original, pero también fotografiado y catalogado.
Desde su reapertura en 1989, Al-Fayed ofreció a la familia real hacer una recorrida y comprar algunos objetos, especialmente el escritorio dónde Eduardo VIII firmó su abdicación. Pero a los ojos de Buckingham Palace, el duque nunca dejó de ser motivo de vergüenza, no sólo por su renuncia sino por la estrecha relación que mantuvo con Hitler durante la Segunda Guerra Mundial y las extravagancias de las que fue protagonista hasta su muerte.
La reina rechazó amablemente las invitaciones, pero uno de sus ayudantes no pudo evitar hacer notar que "Su Majestad necesita un escritorio de abdicación tanto como una bala en la cabeza". Ahora se sabe que muchos de los compradores anónimos en la subasta de Nueva York la semana última, donde los precios fueron cuatro veces superiores a lo estimado, no eran más que representantes de la colección de arte de Isabel II.
Reescribir la historia
La tragedia en el Pont de l´Alma agravó la ya patológica obsesión de Al-Fayed por Gran Bretaña y más aún, por la realeza.
Hace siete meses, Al-Fayed estaba dispuesto a convertirse en el suegro de la princesa de Gales. Ahora su ambición es convencer al resto del mundo de que la relación de su hijo con la princesa era tan profunda y constitucionalmente explosiva como el romance de los Windsor. No importa si esto significa reescribir la historia.
Fue él quien hizo correr los rumores sobre un embarazo de la princesa y quien acuñó las últimas palabras de Lady Di. Su mano también estuvo tras la supuesta "ultima entrevista" de Diana a Paris Match.
No hace falta adivinar quién sugirió al mayordomo del hogar de los Windsor contarle a la prensa los detalles de la visita que hicieran Dodi y Diana al inmueble horas antes del terrible accidente. Y por qué él mismo dijo, también a The Mirror, que estaba un "99 por ciento" seguro de que la muerte de su hijo y la princesa no fue un accidente sino el fruto de una conspiración para evitar el nacimiento de un niño musulmán en la realeza.
Pero todo esto empujó a los amigos de Diana a poner las cosas en claro. Lady Annabel Goldsmith sostuvo que 36 horas antes de su muerte la princesa le había dicho que, "si bien se sentía alagada por los cuidados de Dodi, la idea de casarse le atraía tanto como tener un sarpullido en la cara". Y Rosa Monckton, con quien Diana pasó parte de sus vacaciones en el Mediterráneo, sostuvo que "habiéndola visto 10 días antes de su muerte, es biológicamente imposible que estuviera embarazada".
Y la familia real no sabe más qué hacer para sacárselo de encima. El mes último, el palacio intervino discretamente para impedir que Al-Fayed se sentara junto a la reina durante el Royal Windsor Horse Show, aún cuando el acontecimiento cuenta con su auspicio desde hace 16 años. También se le hizo saber que se estudia el retiro de algunos de los "by royal appointment" de los que gozan varios productos de Harrods.
Lady Di dejó casi toda su fortuna a sus hijos
Legado: además, se benefician su mayordomo y 17 ahijados; es la primera vez que la realeza publica los bienes dejados por uno de sus miembros.
LONDRES (De nuestra corresponsal) - La publicación del testamento de la princesa de Gales hizo ayer historia al tratarse del primero que la realeza da a conocer en relación con uno de sus miembros.
De sus 34 páginas se desprende que Diana contaba con una fortuna de 21,4 millones de libras (unos 35,3 millones de dólares), 17 millones de los cuales provenían de su divorcio.
Sus principales beneficiarios son los príncipes William y Harry (en partes iguales); las instituciones caritativas asociadas con la princesa; su leal mayordomo Paul Burrell, que recibirá 50.000 libras (82.500 dólares), y sus 17 ahijados.
Los pequeños, que van desde la hija de dos años de su amiga Domenica Lawson al hijo del rey Constantino de Grecia, el príncipe Philippos de 11 años, no recibirán dinero sino bienes escogidos personalmente por la princesa.
Estos forman parte de un catálogo de todos sus bienes realizado por Christie´s a pedido de la familia tras su muerte, en el que figuran, entre otras cosas, una garrafa del siglo XVIII, un arpa, un servicio de café Odenby y tres acuarelas.
Pero quienes parece que sacarán mejor provecho del legado son las autoridades impositivas. El trust de la princesa deberá abonar 8.502.330 libras al fisco antes de poder cumplir con la sucesión.
"Podríamos haber buscado una forma de evadir una parte poniendo algo a nombre del príncipe Carlos -señaló, durante una conferencia de prensa, Martyn Gowar, uno de los socios de la firma del abogado a cargo del caso, Lawrence Graham-. Pero él consideró inapropiado apartarse de lo que estipuló la princesa para evitar poner dinero en las arcas del Estado, algo que, después de todo, va en beneficio del pueblo británico".
Deseos y derechos morales
El actual testamento es una versión corregida en diciembre de 1997 por la Corte Suprema de otro redactado en febrero de 1996 por la princesa y que originalmente constaba de sólo seis páginas.
Los cambios fueron introducidos para contemplar no sólo su divorcio sino también aspectos tales como los "derechos de propiedad intelectual" sobre sus bienes y obras, así como los "derechos morales" en lo que respecta a su nombre, reputación, voz y "cualquier otra característica de Diana, princesa de Gales".
Los réditos que podrían resultar de estas consideraciones así como 100.000 libras y todas las inversiones y cuentas bancarias de la princesa irán a parar a un "fondo a discreción" compartido entre los príncipes, "sus esposas e hijos", e instituciones caritativas.
Diana también dejó en claro su deseo de que si "llegara yo a morir antes que mi marido, él deberá consultar con mi madre en lo que respecta a la crianza, educación y bienestar de nuestros hijos".
La decisión de dar a publicidad el testamento corrió por cuenta de sus ejecutores, entre los que figura, justamente, su madre, Frances Shand Kydd; su hermana, Lady Sarah McCorquodale, y el obispo de Londres, reverendo Richard Chartres. El ex primer ministro John Major, a cargo de la custodia legal de los príncipes, también dio su consentimiento.
A los diez minutos de darse a conocer el texto ya habían sido encargados más de 2000 ejemplares.





