Realismo e idealismo a la vez
Por Henry Kissinger Para el International Herald Tribune
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NUEVA YORK.- La democracia ha progresado en forma extraordinaria en los últimos meses: elecciones generales en Afganistán, Irak, Ucrania y los territorios palestinos; comicios municipales en Arabia Saudita; la retirada siria del Líbano; la apertura de las elecciones presidenciales en Egipto, y las rebeliones contra el enquistado autoritarismo en Kirguizistán.
Esta feliz tendencia fue en parte desencadenada por la política del presidente George W. Bush hacia Medio Oriente y acelerada por su segundo discurso inaugural, que señaló el progreso de la libertad en el mundo como el objetivo decisivo de la política exterior de Estados Unidos.
Los analistas han interpretado estos hechos como una victoria de los "idealistas" contra los "realistas" en el debate sobre el desarrollo de la política exterior norteamericana.
En realidad, Estados Unidos acaso sea el único país en el cual el término "realista" puede ser utilizado como un calificativo peyorativo. Ningún realista que se precie podría sostener que el poder es su propia justificación. Ningún idealista podría inferir que el poder es ajeno a la propagación de los ideales. La cuestión consiste en establecer un sentido de proporción entre esos dos elementos esenciales de la política.
El progreso democrático no se produjo totalmente por su propio impulso. La circunstancia fue tan importante como el propósito. Las elecciones en Afganistán e Irak fueron posibles merced a los triunfos militares norteamericanos contra los talibanes y Saddam Hussein; las elecciones en Ucrania surgieron del colapso del régimen soviético y del poder ruso en Europa del Este; la rebelión libanesa reflejó el aislamiento de Siria después del colapso soviético, y las elecciones palestinas fueron posibles debido a la muerte de Yasser Arafat y el fracaso de la segunda intifada. Por lo tanto, el debate entre realismo e idealismo -tal como se lo conoce- está hoy fuera de foco.
La escuela realista no rechaza la importancia de los ideales o valores. Sin embargo, insiste en el minucioso análisis del equilibrio de las fuerzas materiales, junto con cierta comprensión de la historia, la cultura y la economía de las sociedades que integran el sistema internacional, y por sobre todo la norteamericana.
La escuela de pensamiento idealista no necesariamente rechaza el aspecto geopolítico del realismo, pero lo traduce en un llamado a las cruzadas en favor de un cambio de régimen.
Los realistas juzgan la política por la capacidad para perseverar en la búsqueda de un objetivo por etapas, cada una de las cuales es imperfecta, pero que no sería intentada en ausencia de valores absolutos. Los partidarios del idealismo desechan esas restricciones o limitaciones; concentrándose en el máximo objetivo, rechazan la eventual discusión de factibilidad con su inevitable componente geopolítico.
Los realistas buscan el equilibrio; los idealistas se empeñan en la transformación. Por eso los cruzados generalmente provocaron más rebeliones y sufrimientos que los estadistas.
Valores universales
El excepcionalismo norteamericano siempre insistió en representar valores universales más allá de los dictados de los intereses nacionales.
En un mundo de la jihad, el terrorismo y la proliferación de armas de destrucción masiva, Bush planteó, en su segundo discurso inaugural, un desafío que va más allá de los intereses de cualquier país y que distintas sociedades podrían adoptar sin perjuicio de sus propios intereses. Especificó que Estados Unidos busca el progreso hacia la libertad y que la evolución histórica debe ser el fundamento de cualquier proceso exitoso. Sobre esta base, tanto realistas como idealistas deberían avanzar juntos.
Un compromiso lúcido con la agenda de la libertad debería tener en cuenta los siguientes principios: el proceso de democratización no depende de una sola decisión y no debería ser completado de un plumazo. Las elecciones, si bien son un aspecto deseable, constituyen sólo el comienzo de una larga empresa.
Los norteamericanos deben comprender que los éxitos no ponen fin a su compromiso, sino que muy probablemente lo profundicen. La puesta en práctica de la agenda de la libertad debe relacionar los valores de la tradición democrática con las posibilidades históricas de otras sociedades. Debemos evitar el peligro de que una política centrada en nuestras percepciones pueda generar reacciones en otras sociedades en favor del patriotismo.
Una estrategia para poner en práctica la concepción de la agenda de la libertad necesita de un consenso cada vez mayor, tanto en el plano interno como internacional. Eso probará si estamos aprovechando la oportunidad para un cambio de sistema o si sólo participamos de un episodio.





