
Robert Hanssen, el espía que volvió del frío
Por Mario Diament
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MIAMI.- Uno se había resignado ya a la idea de que el espionaje había muerto con la caída del Muro de Berlín, cuando Robert Philip Hanssen se aventuró al frío de un parque de Virginia, el domingo pasado, para depositar, como lo venía haciendo desde hacía 15 años, un paquete de documentos secretos destinado a los rusos y el FBI le cayó encima.
Fue un extraño déjà vu en esta época de globalización, donde PC ya no significa Partido Comunista, sino computadora personal y donde Polonia y Hungría son orgullosos miembros de la OTAN.
Hasta hablar de "los rusos" hoy en día tiene un aire démodé , un tufillo a ropa de altillo que nada tiene en común con la Nueva Rusia de Vladimir Putin, con sus problemas de capitalismo minusválido, su desorbitada corrupción, su gansterismo descontrolado y su generalizado cinismo.
El ejercicio del espionaje, después de todo, requiere una cierta pasión por burlar al enemigo, una dosis de convicción en la moralidad última de "la causa" y nada de esto parece fácil de ser hallado en la Rusia de hoy.
Tanto es así que el FBI sólo se enteró de las tropelías de Hanssen por un ex agente de la ex KGB que entró en el servicio de inteligencia norteamericano, no como un espía arrepentido, sino como un consultor independiente.
Tal vez por eso es difícil sustraerse a la sensación de que todo este episodio pertenece a una época pretérita y que Robert Philip Hanssen es como uno de esos desertores japoneses o alemanes que pasaron medio siglo ocultándose en alguna cueva sin enterarse de que la guerra había terminado.
Una trama de vodevil
Los detalles que emergieron de toda esta historia resultan tan asombrosamente elementales que cualquier crítico los acusaría de poco imaginativos si apareciesen en una novela. La cinta adhesiva vertical que significaba que "B" (como Henssen se hacía llamar) estaba lista para recibir el pago; la cinta adhesiva horizontal, que significaba "paquete recibido"; las conversaciones telefónicas disfrazando la operación como si se tratase de una venta de un auto usado, todo suena tan burdo como una trama de vodevil. "B" reclamándoles a los rusos que le han dejado el paquete de dinero en un sector del parque donde el barro le llegaba a los tobillos. "Dense cuenta de que yo ando vestido de traje y no puedo andar metiéndome en medio del barro", se queja el superespía. El operador ruso evocando un insulso poema ("Qué es nuestra vida/ si tan cuidadoso/ no tienes tiempo/ de parar y mirar) para reflexionar sobre cómo pasa el tiempo.
El gran enigma
El gran enigma del caso Hanssen (si las acusaciones terminan probándose) es el porqué. Por qué un veterano agente del FBI, padre de seis hijos, católico devoto miembro del Opus Dei, un ser tan gris que sus colegas lo apodaron El Funebrero, se embarcó voluntariamente en una aventura de espionaje en favor de la Unión Soviética que podría costarle la vida, y continuó haciéndolo aun después de que el régimen comunista se había derrumbado, cuando los archivos de la KGB se volvieron tan públicos como un museo.
El dinero no parece haber sido su principal motivación, puesto que las cartas revelan una actitud bastante desabrida respecto de las retribuciones y en un momento hasta comenta que un pago de 40.000 dólares ha sido "demasiado generoso", ya que de todos modos no puede gastar o invertir el dinero sin llamar la atención.
Su propia explicación de que se trató de una decisión que tomó cuando tenía 14 años, después de leer la autobiografía de Kim Philby, el célebre agente doble británico, suena más a ironía que a justificación.
Quizá la solución del misterio sea, después de todo, mucho más simple y, por lo mismo, mucho más pavorosa. Sobre el final de su correspondencia con los rusos, Hanssen advierte acerca de los Estados Unidos: "No se dejen engañar por su apariencia: puede volverse rápidamente ingenioso, como un sabio idiota, una vez convencido de su objetivo".
En el hermético lenguaje de los espías, tal vez sea la mejor definición de sí mismo.




