
Seattle: lecciones de un fiasco
La asamblea de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en la pujante ciudad norteamericana de Seattle iba a ser una fiesta. Allí, 135 naciones darían un nuevo impulso a la liberalización del comercio mundial, confirmando la marcha triunfal de la globalización.
Pero no hubo fiesta en Seattle. Fuera del recinto de sesiones, miles de manifestantes sindicales y ecologistas protestaron con violencia. Dentro del recinto, los delegados de las naciones no obtuvieron ni siquiera el mínimo acuerdo de un comunicado protocolar.
La hora de la verdad
El fiasco de Seattle tiene, pese a ello, un valor inestimable: en Seattle se cayeron las máscaras.
Supuestamente, la liberalización del comercio mundial debería beneficiar a todas las naciones, al permitir que cada una se dedique a lo que mejor sabe hacer, resultando de ello La riqueza de las naciones que, con el libro de este título, profetizó hace más de dos siglos Adam Smith.
Pero, al anunciar su profecía, Smith no estaba pensando en el bien de esta o aquella nación, sino en un bien común universal. En Seattle, sin embargo, cada delegado pensó sólo en el bien de "su" nación. Las naciones avanzadas, así, piden libre comercio en la industria, pero lo niegan en la agricultura. Las naciones en desarrollo exaltan el libre comercio agrícola, pero protegen sus industrias. Hay quienes piensan en el bien del mundo a la manera de Adam Smith. Ninguno de ellos se sentó en Seattle.
Según una encuesta del Pew Research Center, el 43 por ciento de los norteamericanos cree que la globalización es positiva, en tanto que un 52 por ciento cree que no. Pero estas cifras se alteran significativamente cuando se segmentan entre los que ganan más de 75.000 dólares al año, en cuyo caso la opinión positiva sube al 63 por ciento, y los que ganan menos de 50.000 dólares anuales, en cuyo caso la opinión positiva baja al 37 por ciento.
Esto es lo que querían decir en Seattle los que gritaban afuera: representaban a los perdedores de la globalización. Y eso que eran perdedores dentro de un país ganador. ¿Hasta dónde baja la cifra en el Tercer Mundo?
La globalización empuja el desarrollo económico de las naciones. Los que gritaban afuera de Seattle estaban diciendo que a ellos no les importa el desarrollo "económico" si no trae desarrollo "social". Si, junto con el crecimiento de la economía, la globalización también acarrea el desempleo y el deterioro del medio ambiente, crecerá la masa de quienes se oponen a ella, ya sea en nombre de los desempleados o en nombre de la madre Tierra, la diosa Gea, a la que adora la nueva generación.
Sin embargoÉ
Cuentan que Galileo, cuando salía de la corte papal donde había declarado para salvar su vida que la Tierra no se mueve, murmuró por lo bajo: "Sin embargo, se mueve".
En verdad, nadie estaba en Seattle con la globalización. Los gobiernos, porque quieren aprovecharla cuando los beneficia y rechazarla cuando los perjudica. Los manifestantes, porque creen que sólo los perjudica. La globalización, sin embargo, se mueve.
Esto incluso en el sector comercial, que es donde menos se mueve. Según la revista The Economist, las exportaciones ocupaban en 1950 el 8 por ciento del producto bruto de las naciones. Hoy, llegan al 26 por ciento. Con o sin Seattle, el comercio internacional es el tractor del desarrollo económico de las naciones.
Este cuadro se vuelve alucinante cuando dejamos el comercio de las mercaderías para pasar al movimiento de los capitales. En un instante, miles de millones de dólares, cruzando las fronteras, provocan la ruina o la euforia de las naciones. Es que, en tanto las mercaderías se mueven pesadamente a través de los transportes que se han vuelto más veloces, pero no mucho, desde los tiempos de la carreta, los capitales se mueven a la velocidad de la luz gracias a la alianza de las computadoras y los satélites, que ha generado el mundo-uno de Internet, el correo electrónico y la televisión.
En este vértigo consiste la esencia de la globalización. Ella no es una decisión política, sino un hecho tecnológico. Si cambiamos dentro de nosotros mismos, volviéndonos más sabios, quizá podamos conducirla. Si no cambiamos, seremos los mismos monos ya sin navajas pero con el poder de las galaxias en nuestras torpes manos.
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