Todos son perdedores en esta guerra de Medio Oriente
En el minuto en que callen las armas habrá un ajuste de cuentas moral, político y económico que será devastador para cada uno de estos insensatos
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WASHINGTON.– Los líderes de Israel, Irán, Hezbollah, Hamas y Estados Unidos tienen algo en común: ninguno quiere una comisión de investigación que examine su desempeño en el último conflicto de Medio Oriente. Así que decidí hacerlo por ellos, y puedo resumir mis conclusiones en dos palabras que se aplican a todos: “Ustedes perdieron”. Listo, les ahorré a todos el tiempo y el dinero de una investigación interna. De nada.
Esta es, verdaderamente, la guerra de Medio Oriente que todos perdieron. Aunque todavía no terminó, eso ya se ve. De hecho, una de las razones por las que esta guerra podría prolongarse es que la mayoría de los líderes de estos países y milicias saben que la historia los está mirando, y que en el minuto en que callen las armas habrá un ajuste de cuentas moral, político y económico que será devastador para cada uno de estos insensatos.
Vayamos caso por caso. Hamas inició este último conflicto de Medio Oriente el 7 de octubre de 2023, con una invasión de Israel desde Gaza en la que asesinó en un solo día a más de 1200 personas —hombres, mujeres y niños— y secuestró a más de 250. ¿Cuál era el objetivo de guerra de Hamas? Hasta donde podemos saber, su fantasía era que, al invadir Israel, desencadenaría un levantamiento regional en el que las fuerzas de la “resistencia” —incluidos Hezbollah, Irán e incluso algunas naciones árabes— lo ayudarían a aniquilar el Estado judío.
Hamas no lanzó esta guerra con ninguna intención pacífica, es decir, con un arma en una mano y, en la otra, un mapa de paz que mostrara cómo dos pueblos originarios, judíos y palestinos, podían coexistir entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. No. Los únicos mapas que llevaban los combatientes de Hamas les indicaban dónde encontrar la mayor cantidad de judíos para matar en las comunidades fronterizas que invadieron, incluidas escuelas primarias y un centro juvenil.
Es difícil olvidar la llamada telefónica, difundida por el Ejército israelí, de un hombre armado de Hamas que participó en la ofensiva del 7 de octubre y que les cuenta exaltado a sus padres que está en Mefalsim, un kibutz cerca de la frontera con Gaza, y que él solo mató a diez judíos. “¡Miren cuántos maté con mis propias manos! ¡Su hijo mató judíos!”, dice, según una traducción al inglés. “Mamá, tu hijo es un héroe”.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y su gobierno de extrema derecha de supremacistas judíos respondieron con una guerra de aniquilación. El único mapa que ofreció fue uno en el que solo los judíos controlarían el territorio desde el río hasta el mar.
Como Hamas se incrustó dentro de la población civil de Gaza, y como se negó a permitir que los gazatíes se refugiaran en los cientos de kilómetros de túneles de combate que había excavado bajo Gaza, la población civil fue arrasada por la feroz represalia israelí. Según el Ministerio de Salud de Gaza, Israel mató a más de 70.000 personas —en su mayoría civiles, incluidos miles de niños— e hirió al menos a 170.000. Es una cifra vergonzosa: alrededor del 10% de los aproximadamente 2,2 millones de personas que vivían en Gaza antes de la guerra.
Según se informó, el líder de Hamas Yahya Sinwar describió esas pérdidas como “sacrificios necesarios” para promover la causa palestina a nivel global. Funcionó. Su sacrificio humano de civiles palestinos deslegitimó a Israel en todo el mundo en un grado nunca visto. El movimiento del pueblo judío por la autodeterminación en su patria bíblica —llamado sionismo— se convirtió en una mala palabra en los campus universitarios y en los partidos políticos liberales, y cada vez más también en algunos conservadores. Los artistas y académicos israelíes simplemente ya no son bienvenidos en muchos rincones del mundo. La brutal guerra de Israel también les dio cobertura a los antisemitas para salir de debajo de las piedras.
No sorprende. Porque, aunque Netanyahu derrotó militarmente a Hamas, nunca fomentó ni aceptó una alternativa palestina moderada. Así que, ante el resto del mundo, matar a todos esos civiles palestinos durante la guerra se vio exactamente como eso: matar, pura y simplemente, no para abrirle paso a una mejor gobernanza palestina, sino para abrirle paso a una Gaza SIN palestinos.

Hagamos las cuentas: Israel gastó miles de millones de dólares, destruyó su reputación internacional, perdió gran parte de su apoyo en los partidos liberales de Estados Unidos y Europa, y Hamas sigue controlando el 40% de Gaza. Hoy no hay ninguna perspectiva de paz con los palestinos. Muchas de estas decisiones se tomaron para que Netanyahu pudiera conservar el respaldo de los extremistas de derecha que lo mantienen en el poder y evitar una posible condena de prisión por cargos de corrupción. Ahora se entiende por qué Bibi está haciendo todo lo posible para bloquear una investigación judicial israelí sobre el fracaso en impedir los ataques del 7 de octubre, que podría socavar sus chances de reelección.
En cuanto a Hamas, tampoco tendrá una comisión de investigación. Más allá de la victoria táctica de relaciones públicas que haya conseguido para la causa palestina, no puede convertirla en una ganancia política duradera para la creación de un Estado palestino porque, al igual que Netanyahu, se niega a aceptar la idea de que la tierra entre el río y el mar pueda ser compartida por dos pueblos. Así, los cerca de dos millones de palestinos de Gaza viven ahora en una miseria mayor que nunca. Vaya victoria.
Solo la iguala la “victoria” de Hezbollah en el Líbano. Hezbollah arrastró a todo el Líbano a una guerra con Israel que nadie en el país votó y que, evidentemente, se libró por mandato de Irán y en función de sus intereses. Porque antes del 7 de octubre de 2023, Israel no ocupaba ni un centímetro de territorio libanés. Ahora Israel tiene tropas desplegadas por todo el sur del Líbano y respondió a los ataques de Hezbollah contra el norte de Israel arrasando aldeas chiitas allí y barrios chiitas de Beirut. Alrededor de un millón de libaneses se convirtieron en refugiados dentro de su propio país, y Hezbollah quedó expuesto como lo que es: un ejército mercenario que actúa en interés de sus patrocinadores iraníes, no en interés del Líbano ni siquiera de los chiitas libaneses.
Así que no esperen sentados una comisión de investigación de Hezbollah.
En cuanto al frente iraní, ahora está claro que el presidente Trump y Netanyahu iniciaron una guerra contra el régimen islámico para derribarlo mediante bombardeos aéreos y no tenían un plan B si el plan A fracasaba, como ocurrió.
Irán, por desgracia, sí tenía un plan B y un plan C. Una vez que el régimen sobrevivió al ataque inicial estadounidense-israelí —aunque con la pérdida de decenas de altos funcionarios y comandantes militares, además de mucho equipamiento bélico—, Irán bloqueó el estrecho de Ormuz y estranguló cerca del 20% del suministro mundial de crudo. También atacó a los aliados árabes de Estados Unidos en el Golfo, con lo que, en los hechos, le envió a Trump el mensaje de que “si ustedes nos matan, nosotros los desestabilizamos a ellos, y entonces sí verán una verdadera crisis petrolera global”.
Los líderes opacos de Irán no quieren saber nada con una comisión de investigación, porque aunque tenían planes B y C para asegurar la supervivencia de su régimen, no tenían un plan D para que el pueblo iraní prosperara. La primera pregunta que seguramente haría una comisión iraní sería: “¿Qué lograron exactamente con los miles de millones de dólares que gastaron intentando construir un arma nuclear y extender el imperialismo iraní sobre el Líbano, Irak, Yemen, Siria y los Estados árabes del Golfo?”. Los líderes de Irán saben que esa pregunta vendrá de su propio pueblo, por eso les conviene mantener la guerra en marcha para no tener que responderla. No me sorprende que, según Trump, acaben de derribar un helicóptero estadounidense en el estrecho de Ormuz.
En cuanto a Trump, todavía puede rescatar algo de esta guerra si logra persuadir a Teherán de entregar todo su uranio cercano al grado necesario para una bomba. Espero que así sea. Sería importante. Pero, a esta altura, eso solo ocurrirá si Trump le da una nueva vida a este terrible régimen de Teherán. Porque Irán seguramente no aceptará abandonar sus materiales nucleares a menos que Trump, al menos tácitamente, acepte el control de facto iraní sobre el estrecho de Ormuz —la nueva arma de disrupción masiva de Irán—, la transferencia a Irán de miles de millones de dólares en activos congelados y el levantamiento de las sanciones económicas. Un presidente estadounidense que prometió la “rendición incondicional” de Irán terminará garantizando su supervivencia ilimitada. No creo que Trump quiera que ninguna comisión de investigación del Congreso examine el arte de ese acuerdo.
En resumen: la guerra que comenzó el 7 de octubre de 2023 fue lanzada y librada por hombres muy malos, que de manera constante antepusieron sus propios intereses y fantasías a los sueños simples de sus pueblos de tener una vida digna. Si se busca un rayo de esperanza, sería que todo este dolor los obligue a todos a aceptar un alto el fuego. Y que luego ese alto el fuego cree espacio para la política, para comisiones de investigación populares que les digan a los líderes de Irán, Gaza, Hezbollah, Israel y Estados Unidos que crearon este desastre: “¿En qué estaban pensando? Váyanse”.
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