
Trump quería que Canadá fuera el estado 51, pero terminó empujándolo hacia la Unión Europea
La invitación europea a Carney para convertirse en “miembro asociado” es una muestra del estilo diplomático delTrump, que a menudo implica amenazar a los aliados más cercanos de EE.UU.
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WASHINGTON.– Al comienzo de su segundo mandato, el presidente Donald Trump quería que Canadá estuviera tan estrechamente ligado a Estados Unidos que incluso se propuso convertirlo en el estado número 51. En cambio, terminó empujando al país hacia los brazos de la Unión Europea, después de meses de antagonizar a los canadienses, burlarse de su primer ministro y librar una incesante guerra comercial.
La invitación realizada el miércoles por la Unión Europea para que Canadá se convierta en un “miembro asociado” es una señal de los efectos colaterales del estilo de diplomacia de Trump, que a menudo implica amenazar a países que alguna vez fueron considerados los amigos más cercanos de Estados Unidos.
E incluso si el gesto de la UE termina siendo más simbólico que sustancial, demuestra cómo Trump está alterando las relaciones globales de maneras que serán difíciles de revertir.
“Debemos ver esta acción de Canadá y la UE como una consecuencia directa de las acciones y la retórica de Trump”, afirmó James Batchik, subdirector del Centro Europeo del Atlantic Council. La retórica sobre convertir a Canadá en el estado 51, añadió, “y las amenazas contra Groenlandia, que siguen siendo sumamente controvertidas y aún se recuerdan en Bruselas, son recordatorios para ambas partes de que Estados Unidos ya no es necesariamente el aliado confiable que alguna vez fue”.

A cada paso, el enfoque intimidatorio de Trump hacia Canadá pareció volverse en su contra. Su guerra comercial generó problemas para los republicanos en dificultades en estados clave, poniendo en riesgo el control del Senado por parte del Partido Republicano. Y su hostilidad hacia los líderes canadienses ayudó a impulsar al debilitado Partido Liberal del país, nada amigo de Trump, hacia la victoria electoral.
Trump respondió con furia a la propuesta de la UE hacia Canadá al hablar con periodistas el miércoles por la noche.
“Canadá ha sido un socio comercial terrible”, dijo. “No, no lo veo. Si hacen eso, si considero que es siquiera un acto hostil, impondré aranceles muy severos o dejaré de comerciar con Europa en muchas cosas. Así que, si hacen eso, si Europa lo hace con una mala intención, porque si es con una buena intención está bien, si es con una mala intención, aplicaremos aranceles muy elevados a Europa, lo cual es una posibilidad”.
Foco hemisférico
La disputa de Trump con Canadá forma parte de su notable foco en el Hemisferio Occidental, una región que los presidentes recientes, habitualmente absorbidos por Medio Oriente y Asia, a menudo habían descuidado.
Trump, envalentonado tras una operación estadounidense que derrocó al líder de Venezuela, fijó este año su atención en otros países del hemisferio. Ha aplicado una enorme presión económica sobre Cuba y propuso una “toma amistosa” del país. También ha amenazado con apoderarse del Canal de Panamá y con arrebatar la isla norteamericana de Groenlandia a Dinamarca.

En una actualización de la Doctrina Monroe, la declaración fundacional de 1823 sobre las pretensiones estadounidenses en el Hemisferio Occidental, Trump proclamó formalmente lo que denominó el “Corolario Trump”, al afirmar que “el pueblo estadounidense, y no las naciones extranjeras ni las instituciones globalistas, siempre controlará su propio destino en nuestro hemisferio”.
(Trump suele referirse a este concepto como la “Doctrina Donroe”, en alusión a sí mismo).
En los casos de Cuba y Venezuela, las políticas de Trump están encabezadas por el secretario de Estado Marco Rubio, un estadounidense de origen cubano cuyo interés en América Latina está impulsado por su firme ideología antisocialista. Rubio ha mostrado mucho menos entusiasmo público por las reivindicaciones territoriales de Trump que por su objetivo de democratizar la región.

Pero la fijación de Trump con Canadá está motivada principalmente por el comercio y la economía, más que por cuestiones territoriales o políticas.
El presidente comenzó su segundo mandato amenazando al anterior líder canadiense, Justin Trudeau, de quien se burló públicamente, con rescindir de manera unilateral acuerdos que han regido la relación entre los países vecinos durante más de un siglo.
También impuso aranceles a Canadá, que junto con México es uno de los dos principales socios comerciales de Estados Unidos, afectando gravemente a sectores clave de la economía canadiense, como el automotor, el acero, el aluminio y la industria maderera.
En parte como consecuencia de los ataques de Trump, los canadienses cerraron filas en torno al sucesor de Trudeau, el primer ministro Mark Carney, quien se presentó como un adversario del presidente estadounidense. Este año, Carney pronunció un discurso en Davos, Suiza, en el que pidió un nuevo orden mundial que ya no estuviera liderado por Estados Unidos, provocando una inusual ovación de pie de líderes políticos y empresariales de todo el mundo presentes en la audiencia.

“Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estamos sentados a la mesa, estaremos en el menú”, dijo Carney.
Liana Fix, investigadora principal para Europa en el Council on Foreign Relations, señaló que no está claro qué significaría exactamente para Canadá convertirse en un “miembro asociado” de la UE, más allá de los acuerdos comerciales y de defensa ya existentes. Sin embargo, Canadá y la Unión Europea celebrarán una cumbre a fines de octubre, en la que se espera que presenten propuestas más concretas.
Ursula von der Leyen, presidenta de la Unión Europea, ha señalado que Canadá y Europa podrían cooperar más estrechamente en el Ártico, sus bases industriales de defensa y los minerales críticos.
“La UE quiere enviar un mensaje de que las potencias medias tienen voz y no se dejarán intimidar por la administración Trump”, afirmó Fix.
La reacción de Canadá y de los líderes europeos quizás no resulte sorprendente, dada la tendencia de Trump a atacar a sus aliados mientras mantiene una actitud más amigable con rivales históricos, sostuvo Batchik.
“Donald Trump ha sido mucho más moderado con algunos de nuestros adversarios, especialmente Rusia y China, mientras ha redoblado sus críticas y adoptado una actitud casi complacida al provocar a quienes antes podían considerarse aliados”, dijo Batchik. “Se empieza a ver a muchos en Europa tomarse eso muy en serio y decir: ‘Bien, si esa es realmente la situación, si así es como Estados Unidos va a tratar a sus aliados, entonces simplemente buscarán otras alternativas’”.
Eso podría terminar convirtiéndose en “un alejamiento generacional de Estados Unidos”, afirmó, “o al menos requerirá una enorme cantidad de energía y tiempo para reparar estas relaciones”.



