Un líder imperturbable, dispuesto a dar una larga batalla

Mariam Karouny
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6 de febrero de 2012  

DAMASCO.– El enemigo estaba a las puertas de la ciudad, pero Bashar al-Assad había salido a cenar.

El sonido de los disparos y las explosiones se oyó durante todo el fin de semana en Damasco, donde crecía el temor por los duros combates entre el ejército y los rebeldes en los suburbios. Pero el presidente de Siria, de 46 años, hizo una verdadera puesta en escena el sábado ante los clientes del elegante restaurante donde pasó la velada, con la intención de mostrar que la vida sigue como siempre.

"No ha cambiado nada su estilo de vida", dice un político libanés que se reunió con Al-Assad varias veces desde que estalló la revuelta.

Las comparaciones con las últimas semanas de Muammar Khadafy en el poder no tardaron en aparecer.

Sin embargo, la imagen de indolencia que busca proyectar Al-Assad no es la bravuconada de un loco o de un desesperado. Contrariamente a quienes lo describen como una simple marioneta de los elementos más radicalizados de su régimen, son muchos los que dicen que el líder sirio está "tranquilo y sereno", perfectamente al tanto del desarrollo de los acontecimientos y decidido a enfrentar el desafío, al aceptar algunas reformas pero bajo sus propios términos.

Aunque son pocos los que apuestan por él a largo plazo, no todo está perdido, al menos por el momento. Las tropas de Al-Assad están haciendo retroceder a los rebeldes en los suburbios y muchos anticipan que la lucha será larga en este país del corazón de Medio Oriente, que está atrapado en un "equilibrio de debilidades".

Hay focos de rebelión en todo el territorio, el país está asfixiado por las sanciones y los líderes de los países árabes se han sumado al reclamo de Occidente para que renuncie.

No obstante, las fortalezas de Al-Assad siguen siendo considerables: tiene reservas militares, aliados que incluyen a Irán y Rusia y el respaldo a regañadientes de millones que temen un caos como el de Irak o el Líbano. Además, puede contar con el apoyo a muerte de la minoría alauita a la que pertenece, que teme el baño de sangre sectario que podría sobrevenir a su caída.

Desde que empezó la revuelta hace casi un año, Siria ha estado virtualmente cerrada a la prensa extranjera. Sin embargo, bajo presión de la Liga Arabe, el régimen ha decidido permitir un acceso limitado a los periodistas.

Incluso bajo vigilancia, la visita de un grupo de periodistas a Damasco, Homs y Deraa la semana pasada dejó en evidencia el creciente deterioro de la autoridad de Al-Assad.

Hace un año, para los sirios era impensable criticar a su líder en voz alta. Ahora, a tan sólo 15 minutos del centro de Damasco, un grupo de rebeldes con máscaras y armas detiene a los automóviles en un puesto de control levantado en la ruta.

Al-Assad, un tímido oftalmólogo que se casó con una siria nacida en Londres y que llegó al poder tras la muerte de su hermano mayor en un accidente automovilístico, ha prometido reformas bajo sus propios términos y se niega tajantemente a renunciar.

"No, no y no. Jamás", dijo el político libanés. "No renunciará, aunque la guerra dure 20 años."

Un diplomático occidental citó a otro reciente visitante del palacio presidencial que describió al líder sirio como "tranquilo y sereno", muy ocupado con su iPad, informándose sobre las posibilidades de un ataque de Israel contra Irán y confiado en que podrá sobrevivir, tal como hizo su padre hace 30 años.

Pero a diferencia de Hafez al-Assad, que aplastó una insurgencia islamista en Hama, Bashar enfrenta a adversarios atrincherados a lo largo de todo el país.

En Deraa, donde estallaron los primeros levantamientos, las fuerzas de Al-Assad han recuperado el control militar. Pero no parecen haberse ganado el corazón de la gente.

Al paso de los periodistas, unas adolescentes que salen del colegio gritan: "¡Libertad! ¡Libertad!". Muchos vecinos miran con odio indisimulado a los hombres de seguridad que nos escoltan. Los grafitis que exigen la renuncia de Al-Assad sobreviven en los muros, a pesar de los intentos por taparlos.

El mensaje de Deraa es claro: una ofensiva militar puede silenciar a la gente, pero no aplacará su enojo, sino más bien lo contrario.

Un militante opositor dijo que, a su entender, Al-Assad se ha abstenido hasta ahora de utilizar el abrumador poder de fuego del que dispone, preocupado por no generar una reacción internacional más contundente y para no perder poder a manos de los militares.

Equilibrio de poder

Desde que el largamente soslayado hijo de Hafez heredó el mando de su padre, son persistentes las especulaciones acerca del equilibrio de poder entre la hermética familia gobernante y su entorno, y muy particularmente su temido hermano menor, Maher.

Sin embargo, diplomáticos y funcionarios admiten que el presidente tiene suficiente respaldo y que está decidido a conservar el poder como sea.

Las consecuencias que puede tener esa determinación en lo referente a un conflicto de larga duración son palpables en Homs. La ciudad está sumida en el combate entre las fuerzas de Al-Assad y los rebeldes, así como en los enfrentamientos entre la mayoría musulmana sunnita y la minoría alauita.

Los soldados leales y los rebeldes armados levantan barricadas con bolsas de arena y puestos de control en sus respectivos baluartes. Las calles están desiertas y cubiertas de escombros. Las paredes muestran los orificios de las balas.

A unas pocas cuadras de un puesto de control del gobierno flamea la bandera verde, blanca y negra de los rebeldes. Se ve un vehículo blindado quemado y abandonado, bolsas de arena destrozadas: todos restos de una feroz batalla en la que el ejército también tuvo bajas.

Los grafitis dan cuenta de la polarización: "¡Abajo Al-Assad!", dice una pared; "Sólo Dios, Siria y Bashar", declara otra.

La actitud desafiante de Homs contrasta con la penetrante y ominosa sensación que vive Damasco, donde la mayoría de la gente se queda en su casa, alarmada por las historias de desapariciones. Los hoteles y negocios de lujo de toda la ciudad están casi desiertos, y los comerciantes dicen que no se vende nada. Años de agitación, sumados a las sanciones impuestas por Occidente, han sumido al país en una profunda crisis económica.

Pero los seguidores de Al-Assad confían en que logrará sofocar la revuelta, que según dicen está destruyendo el país. Hablan de una mayoría silenciosa que apoyaría a Al-Assad. Por el momento, la base de apoyo del líder sirio sigue siendo sólida, a pesar de la deserción de miles de soldados y de un creciente número de oficiales, muchos pertenecientes a la mayoría sunnita.

Pero las perspectivas de un prolongado impasse entre ambos bandos, algo que una figura de la oposición de Damasco llama el "equilibrio de debilidades", aterroriza a muchos ciudadanos sirios.

Incluso algunos que apoyaron las primeras manifestaciones, exaltados por el pedido de reformas e inspirados por sus vecinos árabes, dicen que el baño de sangre ha ensombrecido la revuelta de la que participaron en un principio.

Sin embargo, después de dos generaciones de represión bajo los Al-Assad, creen que ya no hay vuelta atrás, sin importar el tiempo que lleve. Que, de hecho, podría ser muy largo.

Al-Assad, hoy

  • La misma rutina. A pesar de los crecientes ataques de los grupos armados rebeldes, que ya llegaron a los suburbios de Damasco, el presidente Bashar Al-Assad trata de preservar su estilo de vida para dar la sensación de que la situación está bajo control.
  • Aliados y reservas. A pesar de que, después de 11 meses de disturbios, el régimen sirio está cada vez más aislado internacionalmente, Al-Assad todavía cuenta con aliados de peso en la comunidad internacional, como Rusia, China e Irán. El gobierno cuenta también con importantes reservas militares para soportar un conflicto a largo plazo.
  • Reformas. Descartada la intervención militar extranjera, los partidarios de Al-Assad confían en que su presidente logrará sofocar la revuelta y comenzará a aplicar una serie de reformas políticas en el país. Al-Assad cuenta con el apoyo de Moscú para dar validez a un supuesto plan de "reformas democráticas".
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