Impeachment: un proceso que llega en otro momento bisagra para el país

Peter Baker
Peter Baker MEDIO: The New York Times
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20 de diciembre de 2019  

NUEVA YORK.- Fue el desenlace más previsible para el presidente más imprevisible. ¿Quién puede sorprenderse de que Donald Trump termine enjuiciado? Con su flagrante desprecio por las líneas que no hay que cruzar, era número puesto para el juicio político.

Desde el día en que asumió, Trump se ocupó de dejar claro que no acataría las convenciones del sistema que había heredado. Así que tal vez era inevitable que tarde o temprano fuese demasiado lejos para el partido opositor, lo que condujo al histórico debate en la Cámara de Representantes, donde el presidente fue descripto, alternativamente, como verdugo o víctima de la Constitución.

Durante sus casi tres años en la presidencia, Trump se convirtió en la figura más polarizadora de un país que se cocina en una política tóxica. Castigó a sus enemigos y, según muchos, socavó las instituciones de la democracia. Ignorando la advertencia que restringió a otros presidentes, Trump conservó su negocio inmobiliario a pesar de la cláusula de emolumentos de la Constitución norteamericana; le pagó a una supuesta amante para que cerrara la boca, y obstaculizó como pudo las investigaciones que lo amenazaban.

Su chorrera de falsedades, incluidas las referidas a sus tratos con Ucrania, dañó su credibilidad tanto en Estados Unidos como en el extranjero, por más que sus seguidores lo vean como víctima de una persecución partidaria por haber desafiado a un statu quo corrupto.

Los juicios políticos se producen en tiempos tumultuosos, cuando las presiones acumuladas parecen explotar en conflictos, cuando el tejido social parece frágil y el futuro, incierto. Las batallas por los juicios políticos a los presidentes Andrew Johnson, Richard Nixon y Bill Clinton se produjeron en momentos bisagra de la historia norteamericana. El juicio a Trump también parece llegar en uno de esos momentos bisagra: una época en la que lo impensable se ha vuelto rutina y lo que parecía inviolable es puesto a prueba.

Con su divisionismo, Trump es la manifestación de una nación fracturada en dos bandos en guerra y que trata de definir nuevamente desde cero lo que significa Estados Unidos, como lo hizo durante la Reconstrucción, la era de Vietnam y el Watergate, y durante el auge de una nueva forma de virulento partidismo en los albores de la era de la información.

"Ninguno de esos juicios políticos ocurrió en tiempos de tranquilidad", dice Jay Winik, prestigioso historiador y autor de libros sobre puntos de giro en Estados Unidos. "En cierto sentido, lo que estamos viendo es la erupción de un volcán contenido, y es lo mismo que vimos con Johnson, con Nixon, con Clinton, y ahora con Trump. En Estados Unidos, los juicios políticos son típicos de momentos de transiciones profundas".

Como si así fuera, gran parte del debate en la Cámara baja demostró ser mucho menos dramático de la época que suscitó. Durante la mayor parte del día, tuvo mucha menos carga eléctrica que durante el juicio a Clinton, cuando el país estaba bombardeando a Irak, el entrante presidente de la Cámara tuvo que renunciar súbitamente tras admitir su adulterio, y la Casa Blanca temía que Clinton se viera obligado a seguir el mismo camino.

Por el contrario, la discusión sobre Trump se pareció más a un programa guionado donde cada cual interpretada un rol asignado, cada bando se ceñía a sus puntos de debate y parecía hablarle al país en su conjunto, y no a los balcones semivacíos del recinto.

El país, por supuesto, ya estaba partido en dos desde mucho antes de que el secretario parlamentario leyera la acusación, al igual que en épocas de Johnson, Nixon y Clinton, pero esas divisiones seguramente se profundizaron cuando cayó el martillo.

En el caso de Johnson, su juicio político de 1868 no tuvo que ver tanto con su decisión de despedir a su secretario de guerra en violación de una ley que luego sería derogada, sino más bien con el tipo de país que emergería de la Guerra Civil. Johnson era un supremacista blanco sureño que había ascendido a la Casa Blanca tras el asesinato de Abraham Lincoln, y quería reincorporar a los estados Confederados a la Unión, sin demasiados cambios, mientras que sus opositores republicanos radicales querían un nuevo orden que garantizara igualdad de derechos para los esclavos libertos.

Más de un siglo después, en 1974, el casi juicio político de Nixon marcó el clímax de una década de agitación social: los asesinatos de John F. Kennedy, Robert F. Kennedy y Martin Luther King Jr.; el movimiento de los derechos civiles; la Guerra de Vietnam; la liberación femenina; la revolución sexual, y, para terminar, el escándalo de Watergate. Con el país patas arriba, Nixon renunció sin dar tiempo a que la Cámara votara.

El juicio político a Clinton, en 1998, llegó en tiempos de paz y prosperidad, aunque también de una transición marcada por la llegada a la Casa Blanca del primer representante del baby boom, con su historial de mujeriego, consumidor de drogas e insumisión militar, que ofendía a los tradicionalistas. El ascenso de los republicanos sanguinarios de la línea de Newt Gingrich coincidió con el inicio de la era de internet, que terminaría balcanizando al país.

"Podría decirse que el juicio político es como un arma contundente para lidiar con períodos de fuerte polarización partidaria", señala Eric Foner, reconocido historiador de la Reconstrucción. "En cierto sentido, este es otro de esos momentos en los que se debaten los fundamentos del sistema, no solo la permanencia o no del presidente".

La impensable llegada de Trump al poder refleja una transformación de la política norteamericana, con relatos diferentes fogoneados por medios de prensa diferentes.

Para algunos, la elección de Trump fue una rebelión de la gente común contra las elites de ambas costas, lo que Winik llama "la era de los olvidados". Al empoderar a un showman millonario para que ataque al sistema, lo convirtieron en el primer presidente de la historia norteamericana que no tenía ni un solo día de experiencia en el gobierno o en el Ejército, apostando a que él podría hacer lo que ninguno de sus 44 predecesores había hecho.

"Hace tiempo que nos debemos una reconsideración de todo el sistema político", dice John Lewis Gaddis, historiador de Yale. "A veces, la nueva visión saldrá del interior del propio sistema y otras veces vendrá de afuera. Y tal vez ese sea el caso ahora".

Traducción de Jaime Arrambide

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