Un respiro para Siria: se viven días de calma, pero nadie sabe hasta cuándo

Fortalecido, el gobierno intenta transmitir que la vida ha vuelto a la normalidad; el conflicto, sin embargo, está lejos de resolverse
Anne Barnard
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7 de abril de 2014  

DAMASCO.- El cambio de atmósfera aquí, en la capital siria, es inequívoco. El trueno de la artillería ya no domina día y noche. La tensión por la inseguridad va aflojando como si la ciudad fuese un globo que se va desinflando. Los puestos de control siguen siendo ubicuos, pero los guardias están relajados, y hasta bromean con los desconocidos: "¿Alguna bomba que declarar?".

Mientras las fuerzas del régimen se apoderan de los últimos bastiones insurgentes en la frontera con el Líbano, asegurando el corredor estratégico que conecta Damasco con la costa, región natal del presidente Bashar al-Assad, el mensaje del gobierno es claro: estamos ganando y podemos permitirnos ser magnánimos. Tendieron una mano a los opositores arrepentidos y algunos están aceptando.

Pero esta relativa tranquilidad podría ser engañosa. Debajo de una calma impuesta por la fuerza militar, el estado de sitio y la hambruna, el escenario parece listo para un prolongado período de inestabilidad y conflicto que podría volver a hacer eclosión en cualquier momento. En ambos bandos se cuecen desconfianzas y resentimientos. El país sigue dividido entre el territorio controlado por el gobierno y el norte insurgente. En la capital, la tensión fue sofocada, no aliviada.

Numerosos entrevistados de zonas controladas por el gobierno, como Damasco, la ciudad central de Homs y la remota aldea de Palmira, manifestaron que los sirios, tanto oficialistas como opositores, dudan del relato oficial de un regreso a la normalidad de la vida. Muchos de entre los nueve millones que fueron desplazados de sus hogares siguen sin saber cuándo podrán volver a sus hogares, si es que todavía existen.

En el corazón de Damasco, incluso tras las rejas de seguridad de los comercios, recientemente pintadas con la bandera oficial de Siria, los opositores dicen que simplemente están agachando la cabeza, y señalan que son pocos los refugiados que creen en las promesas del gobierno de un regreso seguro a las zonas antes ocupadas por rebeldes.

Algunos abogan por seguir con una lucha pacífica y otros dicen que los combatientes rebeldes están bajando los brazos por falta de armas, o para librar a sus propias aldeas de la destrucción y la hambruna, pero no porque hayan cambiado de idea.

"Ahora no tiene sentido. No hay dinero. No hay armas", dijo un comerciante, que, como muchos otros, pidió que su identidad no fuese revelada. "Pero estoy seguro de que hay miles de jóvenes esperando una oportunidad para pelear."

Los funcionarios repiten que los sirios pronto podrán volver a vivir juntos y en paz, y muchos de ambos bandos esperan fervientemente que así sea. Pero los reclamos por la represión, la corrupción y la desigualdad que dieron origen a las protestas en 2011 siguen sin respuesta. Como también el sufrimiento de las familias de las 150.000 víctimas de esta guerra, que profundizó las divisiones políticas y religiosas de este país donde prácticamente en cada hogar hay alguien a quien llorar.

La cicatriz es mucho más extensa que la dejada por la insurgencia de la Hermandad Musulmana, que tuvo su pico en 1982, reprimida por las fuerzas de seguridad con un saldo de decenas de miles de muertos y la devastación de la ciudad de Hama. Aquellas heridas supuraron hacia adentro y ayudaron a alimentar el actual conflicto.

Dando un giro, el gobierno ahora reconoce a diario que los opositores rebeldes no son sólo extranjeros, sino que hay con ellos muchos ciudadanos sirios. Pero ya sea para justificar amnistías o para evitar hacer concesiones, los funcionarios sostienen que la mayoría de los sirios insurgentes no lo hacen por motivaciones políticas, sino porque fueron comprados, adoctrinados, engañados u obligados: gente sencilla y analfabeta que sería recibida de regreso al seno de la sociedad como ovejas descarriadas.

Los opositores de Al-Assad dicen que cualquier reconciliación es un proceso recíproco. Para ellos, el gobierno tiene que reconocer el bombardeo sistemático de los barrios y el arresto, la tortura y el asesinato de manifestantes pacíficos.

Pero algunos oficiales a cargo de la reconciliación dicen que el Estado no tiene nada que reprocharse. El mayor Ammar, funcionario de política de seguridad de Homs, a quien una bala rebelde le dejó la cara parcialmente paralizada, dice haber perdonado a su atacante, por el bien de Siria. Pero los abusos y los crímenes de guerra a manos de las fuerzas de seguridad, dice Ammar, son "rumores" de cosas "que no pasaron".

Los oficialistas de Homs se preocuparon por la decisión del gobierno de permitir evacuaciones, conceder amnistías y permitir que el limitado cupo de ayuda alimentaria que se permitió en enero ingrese a la Ciudad Vieja. "Les están dando poder a los terroristas", dijo Jamila Ali, de 32 años.

Al-Assad definitivamente desafió la predicción del presidente Obama en 2012 de que sus días "estaban contados". El presidente sirio logró capitalizar el apoyo de sus bases en su propio país, en Rusia, Irán y de parte de Hezbollah. También supo capitalizar el desacuerdo entre sus enemigos internos y externos y el ascenso de los rebeldes extremistas, que le restaron apoyo y simpatía a la rebelión de parte de los indecisos y muchos de los primeros insurgentes. Ahora, Al-Assad se prepara para buscar la reelección y todavía más. Los nuevos afiches lo muestran como un vencedor en desventaja frente a un ataque global. En Homs, puede leerse: "Resistencia, constancia, victoria, reconstrucción".

Sin embargo, en el barrio de Bab Sbaa, recuperado de manos de los insurgentes en 2012, las calles siguen cubiertas de escombros. Los vecinos dicen que todavía no pudieron reconstruir ni confiar en sus antiguos vecinos, ya que los enfrentamientos podrían reanudarse en cualquier momento.

La Ciudad Vieja de Damasco volvió a la vida, pero los comerciantes dicen que los clientes no tienen plata y que las ventas son muy flojas. Para casi todos, el alto el fuego de los últimos tiempos es algo impuesto, frágil y poco creíble.

Un vendedor que apoya a los insurgentes dijo que recientemente le ofrecieron 30 dólares para pintar la bandera del régimen en su puerta. "Claro que dije que si", dijo sonriendo. "Y si me ofrecen una TV, también diré que Bashar es el más grande."

Traducción de Jaime Arrambide

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