Una periodista de LA NACION cuenta el día después de Sandy

Nueva York amaneció con el transporte colapsado y congestionamientos; los hoteles en Manhattan ofrecían linternas, ya que la electricidad es hoy un lujo que no abunda
Valeria Shapira
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1 de noviembre de 2012  • 14:33

NEW YORK.- El ritmo del camino que va desde el aeropuerto de Newark a Manhattan amenazaba esta mañana con aportar un nuevo párrafo al cuento La autopista del sur, de Cortázar. El Lincoln tunnel está a sólo cinco minutos, pero nadie puede verlo a través de la interminable fila de autos y camiones que intentan entrar en la Gran Manzana cuando todavía está amaneciendo en el primer día en que la ciudad emblema de EE.UU. intenta reestablecerse luego del paso del huracán Sandy. New Jersey apenas se enciende. "Todavía hay 1,8 millones de personas sin energía eléctrica en esta zona", explica el taxista.

Cuatro policías instalados en el medio de la autopista controlan que se cumpla a rajatabla una disposición oficial: los autos que no lleven como mínimo tres personas a bordo deben salir del camino. Hay que ser solidario, compartir e intentar que el colapso empiece a ceder. Las reglas son iguales para todos, así que los taxistas que viven en New Jersey tienen que arreglárselas para cruzar con pasajeros hacia la Gran Manzana, o rendirse ante la pesadilla de tomar los puentes, que ya están abiertos, pero colapsados.

Los trenes y subtes tienen servicio limitado. Y la ciudad se está quedando sin combustible. "La Guardia airport is comming back to life" (El aeropuerto La Guardia vuelve a funcionar"), es la novedad del momento, dicen en la radio. Son las 7 de la mañana y el aeropuerto local recibió su primer vuelo después de días de quietud.

El taxista ofrece detalles sobre el problema del combustible, uno de los tantos que afectan a la ciudad golpeada por Sandy: "Hay filas de dos horas para cargar, y se armó una red de información que funciona entre las estaciones de servicio; se avisan unas a otras si se han quedado sin nafta". Ayer esperó dos horas para poder cargar. "La gente está llegando a las estaciones dos de la mañana, y los surtidores empiezan a funcionar a las seis".

La capital del mundo intenta abrir los ojos. Una vez que el taxi cruza el túnel y entra en Manhattan, la ciudad se ve extraña. No hay bocinazos como los habituales de la mañana temprano, y llegar al hotel resulta más fácil que lo pensado. La mala noticia está en el front desk: "Su habitación está lista, pero no tenemos energía eléctrica", dice la recepcionista, y entrega el bien más escaso y codiciado: una linterna.

El hotel está en Lexington Ave. y 37th St. Desde aquí hasta Wall Street la energía eléctrica se convirtió en un lujo. En el lobby está todo el vecindario, más los turistas varados, compartiendo tomas de energía que funcionan gracias a la luz de emergencia. Es el único sitio donde es posible cargar computadoras y celulares. Hay un toma de luz disponible para la televisión.

La señal de cable se corta de a ratos. "Oiga, se ha cortado la transmisión", le dice un turista al conserje. "Conformémonos con que funcione de a ratos. Hay gente que está mucho peor", responde el hombre, sonriendo. Cuando la señal funciona, ahí está la imagen de un Barack Obama preocupado, que se sube a un estrado en Green Bay, Wisconsin, para asegurar que después de las tormentas siempre llega la calma.

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