
Viena, antigua capital imperial y última escala de la opulencia
La ciudad que alguna vez fue el centro del mundo aún brilla con su viejo esplendor
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VIENA.- Era un domingo caluroso y la gente, de pantalones cortos, con trajes de baño, o nada puesto, estaba diseminada a lo largo de los 27 kilómetros de la isla del Danubio, que según los austríacos es el parque más extenso de Europa. Nadaban, se solazaban entre las rocas y, en el caso de los adolescentes, se deslizaban por un tobogán acuático de 200 metros.
La imagen era casi idílica para una capital occidental, aunque se pudiera oír el ruido del tránsito en los puentes contiguos.
"La gente vive bien en Austria", señaló Alfred Eschenlor, propietario del tobogán acuático y de Pago, un local de venta de bebidas gaseosas. Frente a él, como para darle la razón, el Danubio se extendía bajo un cielo intensamente azul. Un aficionado al surf iba y venía por el río. El aroma del kebab se mezclaba con el de las salchichas.
"El que no vive bien es un imbécil. Aquí hay trabajo para todos y además tenemos un excelente servicio social", añadió Alfred.
Para quien recorra el Danubio, Viena es la última escala del tramo más consolidado, ordenado y opulento del río, que de aquí en adelante comienza a correr a lo largo de territorios más empañados y deslucidos por el pasado -por lo menos por el pasado reciente- que en el caso de esta ciudad, modelo de palacios, museos, salas de concierto, óperas y parques ribereños.
Viena, como Austria en términos generales, realmente muestra una opulencia al por mayor. Además, ahora que la Guerra Fría terminó y está previsto que los países del este europeo se sumen a la Unión Europea, Viena promete ser la restaurada capital del centro de Europa, ese otrora gran conglomerado multiétnico al que tan mal le fue en el siglo pasado.
Pero la impresión que Viena causa es la de una magnífica opulencia mezclada con cierta sensación de algo que falta, incluso en su núcleo. Viena es una ciudad sólidamente democrática, segura, y está bien regulada. Sus habitantes figuran entre los más resguardados y los mejor atendidos de Europa.
Es el tipo de lugar que a otras ciudades de lo que constituyó el Imperio Austrohúngaro -como Bratislava, Budapest y Praga- les encantaría emular.
También parece una pieza artística propia de museos: es turística, un poco apagada, como una exposición que puede verse a través de una vitrina. Viena inspira el padecimiento de un lugar que alguna vez fue el centro del mundo y que fue degradada por la historia a una condición inferior.
Ciertamente, en contraste con esos "viejos" países europeos, como Alemania y Francia, desdeñados y calificados de irrelevantes por el secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, la neutral Austria es verdaderamente eso cuando se trata de escenarios políticos, tanto internacionales como europeos.
Le recuerda a uno esa frase de Somerset Maugham en la que describe por qué no le gusta ir de paseo a lugares pintorescos: "La belleza es aburrida", expresó.
Uno llega a Viena desde Passau, sobre la frontera alemana, luego de atravesar colinas de bosques frondosos y viñedos, y pueblos con casas construidas con mampostería de colores azul celeste, rosa pálido y ocres deteriorados por el paso del tiempo. Las flores cuelgan de ventanas y balcones; hombres mayores, desde terraplenes de piedra, observan el paso de las embarcaciones con las manos en los bolsillos.
Linz es la primera gran ciudad en Austria, y exuda una historia trágica. Hitler, nacido en Austria no lejos del Danubio, solía visitar allí a sus abuelos y, después de llegar al poder, hizo que su arquitecto, Albert Speer, diseñara un proyecto para transformar la ciudad en un modelo del monumentalismo nazi, con las divinidades teutónicas como tema predominante.
Cuando uno llega a Viena por vía fluvial, se da cuenta de que la ciudad no es, estrictamente hablando, una ciudad danubiana, aun cuando Johann Strauss compuso allí el vals "Danubio azul". La ciudad no podía ser construida muy cerca del río por el peligro de inundación. Viena también se valió del Danubio para protegerse del Imperio Otomano.
Hace unos 30 años se construyó un inmenso y costoso sistema de control de inundaciones, y el gigantesco parque a lo largo de la isla del Danubio fue una azarosa consecuencia.
Pasado de grandeza
A pocos kilómetros de allí se extiende el famoso camino Ring y se aprecian las grandiosas instituciones de Viena, la Opera Estatal, los palacios (ahora museos) de las emperatrices y emperadores Habsburgo, las elegantes y refinadas mansiones construidas por la elite industrial y financiera de Austria, y los recuerdos de las extraordinarias figuras que hicieron que Viena durante medio siglo fuera el mayor centro de las artes y las ciencias del mundo: Freud, Bruckner, Franz Werfel, Mahler, Brahms, Joseph Roth, Arthur Schnitzler, Egon Schiele, Gustav Klimt y otros.
Viena es ahora una ciudad activa y ambiciosa. Es la capital de un país que tiene lo que bien podría ser el mayor presupuesto cultural per cápita del mundo. Los tres teatros estatales reciben subsidios nacionales que alcanzan los 200 millones de dólares por año. Los museos reciben 90 millones de dólares.
Sin embargo, persiste la sensación de que algo falta, y no sólo debido a que el Estado benefactor casi no provoca sobresaltos ni a que durante esta temporada hay mucha gente que está disfrutando de sus seis semanas de vacaciones. El padecimiento, la sensación de un pasado irrecuperable que uno percibe en Viena se debe en parte a la extinción de un gran imperio. A una figura como Freud, que, como muchas otras de su época que llegaron a Viena desde las provincias del imperio, no le fue fácil vivir en la ciudad, pero que encontró una vibrante comunidad científica allí y tuvo libertad para desarrollar y publicar sus investigaciones.
Es probable que Viena haya perdido parte de su posición cuando el Imperio Austrohúngaro se disolvió, hacia fines de la Primera Guerra Mundial. En todo caso, los mágicos atributos de la ciudad fueron abrupta y repugnantemente aplastados en 1938, cuando Hitler anexó Austria. La flor y nata fue aniquilada o logró escapar a Londres, Nueva York o Los Angeles.
"Nos quedan las piedras de nuestra historia -señaló Klaus Albrecht Schršder, director del museo Albertina-. Nos queda la arquitectura de nuestra historia, pero sabemos que Viena nunca volverá a tener la gravitación y la importancia que hoy tienen París, Londres o Nueva York. Tenemos mucho más de lo que podría esperarse de un pequeño país, como Austria, pero menos de lo que tuvo esta maravillosa capital entre 1880 y 1938."
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