
Wallis Simpson, ¿fue una espía de la Alemania nazi?
Habría reunido a Hitler y Eduardo VIII
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Eugenio Curiel fue un mártir de la Resistencia muerto por los fascistas que en un arresto previo dio a sus inquisidores nombres y apellidos. Martin Bormann, secretario de Adolf Hitler, fue el alma negra del nazismo y también un espía de los rusos. La marina italiana trató en plena guerra la venta de sus naves a los ingleses. El primer ministro Winston Churchill, en 1940, escribió a Mussolini para exhortarlo no a que no participara en el conflicto, sino para que se alineara con Hitler en contra de Gran Bretaña. Auschwitz y Mauthausen no utilizaban las cámaras de gas para eliminar a los judíos, sino para quemar los desechos de los campos de concentración. Seis millones de judíos muertos por los alemanes son una leyenda; quizá se trató de gente transferida a otra parte.
Se podría continuar. Todas las épocas de la historia poseen falsas primicias por el estilo. Las que hemos citado son sólo algunos ejemplos notables de ese fenómeno que nació como revisionismo y se transformó rápidamente en escándalo y en diversión remunerada de los sensacionalistas.
Ahora le toca a Wallis Simpson, la norteamericana por la cual Eduardo VIII renunció al trono, y es natural que suceda: el personaje goza de su leyenda propia. Por otra parte, parece que es el turno de las damas: Greta Garbo, amante de Marlene Dietrich; Marylin, mandada a asesinar por Robert Kennedy (¿o por John?); Maria Callas, con un hijo secreto de Aristóteles Onassis.
¿Qué ha hecho la Simpson para volver al honor de las crónicas? Naturalmente, fue espía. Hábiles escrutadores de viejas cartas habrían descubierto que la mujer que hace sesenta y cinco años puso en crisis al imperio británico, induciendo al rey a abdicar en lugar de renunciar a ella, estaba en realidad a las órdenes de los servicios secretos alemanes. Quizá para vengarse del ostracismo repentino y del veto del Parlamento y de la iglesia de Londres que no le permitieron ser reina.
Aquí, como se diría en los juegos televisivos, la pregunta es: "¿Verdadero o falso?" Que Wallis Simpson haya tenido un pasado que no se exagera si se lo define como azaroso, es indudable. Igualmente indiscutible es que a partir de sus resentimientos antibritánicos haya abrigado simpatías por Alemania y por Hitler.
Por otro lado, su marido Eduardo, antes y después de ser rey, no escondía opiniones similares. Wallis, Warfield de soltera, nació en 1896, en Blue Ridge Summit, Pennsylvania. Con dos fructíferos divorcios a costa de dos maridos de muy buena situación financiera, hay en su vida también un período transcurrido en Shanghai, China. Allí conoció a Galeazzo Ciano, agregado de la embajada y recién casado con Edda Mussolini, hija del Duce.
Cómo lo conoció forma parte del lado erótico que acompañó su leyenda. Ella habría frecuentado la casa equívoca de la ciudad para mejorar el refinado arte de los placeres orientales, y Ciano tuvo que ver con esta experiencia.
Wallis era una mujer de la cual se podía decir todo menos que era hermosa: pero poseía un atractivo evidentemente basado en una fuerte carga erótica que logró descongelar en la cama a un hombre como Eduardo VIII, notoriamente refractario a los estímulos sexuales.
Ella lo conoció en 1931, en Londres, cuando tenía 35 años, y pronto se convirtió en su amante hasta el punto de inducirlo a casarse en Francia, en junio de 1937. En el momento de la abdicación, el arzobispo de Canterbury le dijo a Eduardo ( en familia, David): "¡Qué locura, tirar una corona por una mujer!" Y él respondió: "¿Alguna vez probó ir a la cama con una corona?" Probablemente fue el único lema de un personaje que parecía el maniquí de sí mismo y cuyo único motivo de distinción era la elegancia con que llevaba sus trajes, jamás superada por ningún otro.
El lazo Von Ribbentrop
Las simpatías germanas de Wallis se remontan a los tiempos de su encuentro norteamericano con Joachim von Ribbentrop, en 1915. En ese entonces, el futuro ministro del Exterior de Hitler se encontraba en Estados Unidos como un joven playboy disputado por las más ricas familias de Nueva York.
Se hicieron amigos, los unía el esnobismo, el amor al lujo y la ambición de destacarse en todos lados. Se reencontraron en Londres, cuando Von Ribbentrop era embajador del Reich en la capital inglesa y ella amante del futuro rey, habiendo pasado "la indefinible frontera entre la amistad y el amor".
Antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, seguramente tuvo su papel en la visita a Hitler de aquel que era ya el duque de Windsor, en octubre de 1937, cuando el Führer era una amenaza para Europa (y justamente por esto adulado por personajes de mayor relieve que la señora Simpson).
Fueron recibidos en Bezchtesgaden, en la villa de Hitler: té, mozos de guante blanco, rígidos oficiales de la SS, hermosa vajilla en mayólica con el monograma AH en oro, y conversación amable, en esto el Führer era un experto.
Ella era elegantísima, brillante sin ser invasora y no puede negársele una clase que nos recuerda a la de Jacqueline Kennedy. Después de haberla despedido, acompañándola galantemente hasta el final de los escalones, Hitler dijo: "La duquesa habría sido una perfecta reina. Una lástima que no lo haya logrado. Si por ese entonces el rey me hubiese pedido ayuda, yo le habría conservado el reino". Modestamente...
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