
Amor y miseria en Irlanda
"Las cenizas de Angela" ("Angela´s Ashes)(EE.UU./1999). Presentada por IUP. Dirección: Alan Parker. Guión: Laura Jones y Alan Parker, basada en la novela homónima de Frank McCourt. Música: John Williams. Con Emily Watson, Robert Carlyle, Joe Breen, Claran Owens, Michael Legge, Ronnie Masterson, Eanna MacLiam. Duración: 144 minutos. Para mayores de 16 años. Nuestra opinión: Buena .
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Alan Parker, en los ochenta, era considerado por la industria un director modelo. Sus películas solían conjugar una historia certera, una aproximación fílmica lo suficientemente versátil y las buenas intenciones necesarias para que el producto (se llamara "Expreso de Medianoche", "The Wall" o "Mississippi Burning") fuera digerible por un público ávido de films simples, pero con algunas pretensiones.
En los años noventa, Parker perdió la brújula. Su versión de Evita o la adaptación de obras literarias de éxito, su talismán, lo mostraron como un cineasta de estilo prematuramente envejecido. Con "The Commitments" (1991), basado en la obra del irlandés Roddy Doyle, buscó recuperar el musical juvenil. El verdadero éxito fue la banda sonora. "The Road to Welville" fue un fracaso estrepitoso. La feroz sátira de Coraghessan Boyle sobre el doctor Kellog (el inventor de los copos de cereales) y su interés fundamentalista por la salud ajena se convirtió, en manos de Parker, en una historia sosa y desabrida. En "Las cenizas de Angela" repite el escenario (Irlanda, como en "The Commitments") y vuelve al ataque con un best seller como reaseguro (la novela autobiográfica de Frank McCourt que inopinadamente arrasó en ventas en los EE. UU.) El resultado no es óptimo. Por momentos el film es árido o tedioso. La narración, tradicional, no encierra mayores misterios: Y, sin embargo, hay algo en esta historia de sordidez y esperanza, en su tejido de relaciones, que logra su objetivo.
Desventuras miserables
Una sobria voz en off nos guía a través de la infancia y primera adolescencia de Frank, entre fines de los años treinta y principios de los cuarenta. Tres jóvenes actores, según la edad, lo personifican en las desventuras de su infancia miserable. "Peor que la niñez miserable común y corriente es la niñez irlandesa miserable -dirá el narrador en los inicios del film-, y peor aún la niñez irlandesa católica miserable".
"Las cenizas de Angela" no comienza de manera alentadora. El padre, sin nombre, y la madre de Frank, Angela, son irlandeses y viven en Brooklyn con sus cinco hijos. Acaba de nacer la primera niña de la familia, que morirá pronto. La tragedia lleva al grupo familiar de retorno a Irlanda, algo insólito para la época. "Probablemente éramos los únicos que para ese entonces estábamos volviendo y no yéndonos de Irlanda", reflexiona Frank. Ya en la provinciana Limerick, donde vive la familia de Angela, morirán, uno tras otro, los dos gemelos, Olivier y Eugene.
Tres muertes de semejante tenor en apenas veinte minutos, por mucho que se base en un hecho real, vuelven a la película intolerable. Sin embargo, el film no será, como amenaza, un catálogo de desapariciones, aunque un halo trágico sobrevuela permanentemente la historia que parece fatalmente condenada, en una Irlanda lluviosa y de cielos pizarra, a la más absoluta.
En ese contexto deprimente, los personajes, por suerte, comienzan a adquirir relieve. El padre (Robert Carlyle) no consigue trabajo. Nunca sabremos del todo si por simple orgullo, por pereza o porque acarrea como un estigma el acento norteño del Ulster británico. Angela (una excelente Emily Watson), centro luminoso del film, soporta con relativo estoicismo las circunstancias mientras sigue trayendo vástagos al mundo.
Toques picarescos
Entre ellos está Frank, narrador, ojo observador y protagonista de la historia. Porque es a medida que él crece que la historia irá deslizándose del drama a la picaresca, tan cara a la mentalidad irlandesa, a la crítica social y a la evocación nostálgica. El padre, por ejemplo, dilapida el poco dinero que tiene atiborrándose de alcohol, pero por las mañanas le cuenta historias al futuro escritor. Un día se va para no volver. Cualquiera diría que se trata de un patán, pero Frank no por eso deja de sentir un amor filial -algo esperanzador entre tanta negrura- que va más allá de la inocencia infantil.
Pero Frank irá ampliando el abanico de su experiencia y como método de supervivencia sabe encontrarle un aspecto positivo a todas las cosas: la hospitalización para descubrir a Shakespeare; su primer trabajo para saber que su malhumorada tía le tiene simpatía, o un cura comprensivo para saber que no todos los religiosos son sinónimo de represión. La sordidez de vivir en una casa siempre inundada junto a la letrina pública de la cuadra, el hambre que lo hará lamer el diario sobre el que quedaron desperdigadas las migas de unas papas fritas raquíticas, la violencia colegial y el catolicismo ubicuo y opresivo de la Irlanda de entonces termina transformándose a sus ojos en una aventura, en un relato de iniciación que se corona con la aventura de la emigración individual a los Estados Unidos.
Demasiado extensa, con muchas escenas que podrían haberse obviado, el film de Parker se las ingenia, sin embargo, para, entre tanta negrura, interesarnos por el singular destino de Frank.






