
Andanzas de un ladrón de ilusiones
"El ladrón" ("Vor", Rusia-Francia/1997, color). Producción hablada en ruso presentada por Líder Films. Intérpretes: Vladimir Mashkov, Ekaterina Rednikova, Misha Philipchuk, Amalia Mordvinova y otros. Fotografía: Vladimir Klimov. Música: Vladimir Dashkevich. Diseño de producción: Victor Petrov. Guión y dirección: Pavel Chukhrai. Duración: 93 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
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La tosca mujerona que responde el llamado y abre la puerta del departamento colectivo se encuentra con un típico cuadro de familia. Un militar joven, con la arrogancia de un general y algún guiño seductor en la mirada firme, una mujer también joven y visiblemente bonita a pesar de la modestia de su vestuario y un chiquilín rubio, valijita en mano, grandes ojos inocentes.
¿Cómo negarles abrigo aunque el hombre no disponga ahora de efectivo y el pasaporte le haya quedado retenido en el cuartel? Hay un cuarto vacío en la superpoblada vivienda, una suerte de conventillo soviético de los años cincuenta: podrán arreglarse ahí.
La dueña de casa ignora lo que el espectador ya sabe: madre e hijo -el chico, nacido poco tiempo después del fin de la guerra y de la muerte de su padre, es quien cuenta la historia- han vagabundeado solos hasta hace poco, cuando este galán imponente subió al atestado tren en que viajaban, se instaló en la cucheta vecina y sedujo al chico con su uniforme de soldado y su autoridad y a la mujer con su porte viril y su determinación. También ignora lo que el espectador ha empezado a sospechar: que Tolyan es un impostor, un aventurero que vive al día con el producto de sus pillajes.
El hombre, en realidad, tiene el carisma y la vitalidad suficientes para engatusar a todos. A la dueña de casa, a los innumerables y pintorescos vecinos e inclusive al pequeño Sanya, que lo ve a veces como el rival que le quita la atención de la madre, aunque en otros casos lo deje ocupar el espacio del padre ausente para que le enseñe a abrirse paso en el mundo defendiéndose a golpes, haciéndose respetar y mostrándose duro y temible. Como hace él.
No es la mejor escuela la que proporciona este padre sustituto. Pero aunque vivan a los tumbos, hoy en una pocilga, mañana en un balneario de lujo, los dos -madre e hijo- se rinden a su autoridad protectora. Una, sufrida y vulnerable, por necesidad, pero también por la fatalidad de su amor. El chico, porque ante esta presencia viva, vigorosa y pujante se le desdibuja la imprecisa figura del padre que imaginó en sus ensoñaciones.
Tolyan lo fascina con sus enseñanzas: lo fundamental es hacerse temer por los demás, atropellar primero, tener siempre un puñado de sal en el bolsillo para arrojarlo a los ojos del enemigo. El lleva el rostro de Stalin tatuado en el pecho porque es en realidad hijo secreto del dictador, pero también porque le sirve para sacarse de encima a guardias desconfiados.
Difícil no adivinar en esa figura atropelladora y dominante, en ese padre autoritario y amenazador, amo y ladrón al mismo tiempo, algún rasgo del propio Stalin, sobre todo cuando se repara en el sentimiento contradictorio que él despierta en sus "subordinados" y en la amarga desilusión que terminará por infligirles.
Drama y compromiso
La metáfora, que admite otras lecturas más complejas sobre ciertos conflictos de la sociedad rusa, está apenas sugerida por Pavel Chukhrai y se desprende del drama humano individual, que es el que concentra la tensión del relato y alimenta el intenso compromiso emotivo del espectador.
Puede juzgarse que hay alguna apelación melodramática más o menos manifiesta, pero "El ladrón" confirma la tradicional maestría de los cineastas rusos para pulsar con firmeza la cuerda tierna y -en este caso- para hallar el equilibrio entre la diafanidad de la mirada infantil y la crudeza del cuadro que se presenta ante sus ojos.
Sin duda, el realizador ruso puede sostener ese raro balance gracias a la presencia avasalladora de Vladimir Mashkov, que tiene el magnetismo, la vitalidad y el vigor necesarios para elaborar una pintura exacta del rico personaje del aventurero, y al no menos decisivo aporte de Misha Philipchuck, ese pequeño prodigio de expresividad del que Chukhrai extrae mil y un matices. La bella Ekaterina Rednikova, por su parte, combina vulnerabilidad, vehemencia y resignación en su dibujo de la madre.
En el trabajo del director, de corte bastante clásico, también es digno de mención el preciso retrato de ambientes y personajes secundarios y, quizá por sobre todo, esa sensibilidad plástica que le permite hallar alguna chispa de lirismo en medio del panorama más sombrío.





