La República llena su cartón metálico con el último grande que hacía falta. Hit tras hit tras hit. Crónica y fotos.
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"Che, McCartney, pseudohippie botón, ¡aguante La Renga!" Obviamente, no es por la banda de Chizzo y Tanque. El gordito de 16 que pronuncia esta aparente blasfemia tiene el jew-fro más encantador del Universo y el honor de comandar uno de los altos privilegios del heavy metal: la montaña de desquiciados que supone el estribillo de "Indians", una de las excelentes del catálogo Anthrax, mientras Anthrax honra la excelencia de su propio catálogo. Además, no puede haber amargura en todo esto. Slayer puede ser la banda más maléfica en la historia de la humanidad, y el pesimismo existencial que en el fondo es Metallica o la bilis renegrida de Dave Mustaine están bárbaro también, pero Anthrax tiene la diversión. Fue la banda que nunca se deprimió, precisamente. Y en vivo es como que te llenen de droga el sistema nervioso y te suelten a una jaula de gatos. No se puede perder. Todos los mencionados anteriormente ya habían venido a Buenos Aires, varias ocasiones memorables. Anthrax también, 1993 en lo que fue Obras y con John Bush, pero nadie de menos de 30 de edad lo recuerda, o sabe que ese show existió, así que es como la primera vez. Scott Ian, guitarra rítmica y quizá la mejor en la historia del metal, trata de motherfuckers a todos los que llenan el Teatro Flores con su chiva y su mano derecha poseída encima de su Jackson Dinky y el cartón se llena con las primeras notas de "Among The Living" que es la primera de la noche, y más thrash metal no se puede pedir. Estamos hechos. Fisura vertebral ya.
OK, Anthrax no tuvo una buena última década: tours ocasionales con Joey Belladonna desde 2004, su cantante clásico, compilados y refritos que no le hacían falta a nadie, o Dan Nelson, un cantante que vino y se fue. Nada interesante. El tour del Big Four (o sea, Slayer, Metallica, Megadeth y Anthrax todos juntos, la idea más orgasmante en la historia del género) el año pasado, con Belladonna también en el Sonisphere Festival a través de toda Europa fue como la señal de que la excitación degenerada que es Anthrax tiene resto y que discos como "Persistence of Time" o "Spreading The Disease" son clásicos que tienen resto también. Y el estado de Anthrax hoy no deja lugar a dudas. A ver, ¿Joey Belladonna todavía puede cantar? Sí, esos agudos están impecables y su presencia es magnética. Es como que tiene diez o veinte arrugas más pero todo sigue como en 1987, el año de "Among The Living" precisamente, el mejor disco de la banda por lejos. Charlie Benante en batería toca thrash metal como nadie, en sus fills enormes y sus stomps de tambor gordísimos. Ese doble pedal asusta. Ah, entre los soportes, excelentes Tito García, Eddie Walker y Lethal, que hablaron de thrash en Buenos Aires cuando yo no sabía si me gustaban las chicas o Batman. Son una banda valiente. Ah, una canción nueva, "Fight Them Til You Can’t", que viene en el próximo disco de la banda, con Belladonna precisamente. Es chistoso en cierto punto: antes de hacerla, Belladonna presenta a la banda y abraza como grandes amigos a los mismos tipos que lo echaron hace casi dos décadas por motivos difusos. Pero el rencor siempre hace mal.
Además, otro setlist no se puede pedir porque simplemente uno mejor no es posible: "Caught In A Mosh", "Got The Time" con el solo de bajo de Frank Bello horríblemente mutilado, o "Madhouse." Esas tres, juntas. Anthrax adora su propia vitalidad. No hay devalución, esto no es número barato que llega con su dólar en baja y la relevancia es bestial. No puede ser que algo tan vintage se sienta tan bien. El único problema es que nadie no los recordó anteriormente. "Antisocial" es un paradigma en sí mismo, la comunión total con los chalecos llenos de parches y los chupines sudados de toda una escena que cristaliza su propio orgullo en todo este lío. ¿Mainstream? Bien, gracias. O "A.I.R", que habla de creérsela mil y ser un dictador, dedicada a Dave Mustaine por Ian mismo, "porque esta se la sabe muy bien." "Medusa", "Metal Thrashing Mad": muy bien. Y el cierre con "I Am The Law", dedicada a Judge Dredd, el policía-ejecutor más motherfucker del comic británico y con el que Stallone hizo una película aburridísima. Los circle pits son como en esos videos de los 80s y los riffs de patrulla infernal que los causan están intactos. Estamos bailando como unos hijos de puta.
Por Federico Fahsbender
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