De tanto ver sus retratos, escuchar sus canciones y dar por sentada su leyenda, uno deja de preguntarse quién era realmente Bob Marley, cómo vivía, de dónde surgió, qué pensaba, cuándo escribía, en qué circunstancias murió
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De tanto ver sus retratos, escuchar sus canciones y dar por sentada su leyenda, uno deja de preguntarse quién era realmente Bob Marley, cómo vivía, de dónde surgió, qué pensaba, cuándo escribía, en qué circunstancias murió. El imaginario-Marley está tan a la vista que ya dejamos de verlo. Es parte de nosotros. Es remera, bandera, onda de sonido, humo, cadencia... Y el impacto cultural del reggae incide en varios niveles: cosmético (los dreadlocks, los gorros tam, la ropa con los colores jamaiquinos), narcótico (la masificación de la marihuana como antídoto contra la tensión metropolitana) y, sobre todo, musical. El reggae, en mayor o menor medida, se infiltró en casi toda la música contemporánea: en el mundo se mezcla libremente con el hip hop y la electrónica, y produce corrientes continuas como el dancehall. En la Argentina se revuelca con la cumbia e instala la moda del reggaeton en la movida tropical. Hay pocos rincones de la cultura pop en que el reggae no haya florecido de algún modo. El año pasado, las visitas de algunos legendarios (los Wailers y Lee Perry a la cabeza) y la microexplosión de la escena local terminaron de consagrar a Buenos Aires como un nodo central de la virtual Red Internacional del Reggae.
En ese contexto -en un país en que el roots cotiza alto entre los cultores- surge una pregunta nunca resuelta: ¿es posible transferir la ortodoxia rítmica y su carga filo-religiosa a nuestro tiempo, a nuestro lugar? A cuatro décadas de su génesis en Jamaica, y a tres de haber dado el gran salto fuera de sus costas, el reggae es una pieza decisiva del folclore global, y sin duda el género pop surgido en el Tercer Mundo que más fuertemente impactó en los centros de poder de la industria cultural. ¿Qué le queda por hacer? ¿Seguir fusionándose, volver a las raíces, abrazar los preceptos rastas y que el mundo entero se afilie a la Repatriación a Africa? El destino de la música es indescifrable. Sus orígenes, no. En estas páginas, Rolling Stone desempolva los relatos del tiempo en que la música de Bob Marley, un verdadero profeta en su tierra, comenzaba a extenderse a los Estados Unidos y a Gran Bretaña y, desde ahí, al resto del mundo. Así, los textos contienen la fascinación y la frescura del momento en que todo estaba ocurriendo. En "El lado salvaje del Paraíso", Michael Thomas narra, con algo de desconcierto, la conformación del movimiento rastafari en los días en que la población blanca empezaba a enterarse del asunto (1973).
En la crónica "Bob Marley con una bala", Ed McCormack se mete en las calles de Kingston en 1976 y se topa con un abombado Marley en la puerta de su casa en Hope Island, junto a un reluciente BMW. "Meditación y hierba" (Michael Goodwin, 1975) es una breve entrevista en la que Marley deja fluir sus reflexiones etéreas sobre Selassie, la ganja, Babylon y la redención. Y en el artículo que abre este dossier, "Canciones de libertad", Robert Palmer repasa la biografía del trovador, la genealogía del reggae y su relación con el rock. Todo eso, más un decálogo de música jamaiquina diseñado por nuestro selector Sergio Rotman, proyectan una instantánea viva de la esencia cultural del reggae y su mito definitivo. Una trama de expulsados, de barcos de esclavos que llegan del Africa y que acabarán reescribiendo, en las costas del Caribe, la historia de la música popular de este tiempo.





