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En su segundo disco, Mars canta una y otra vez sobre el sexo: sexo salvaje, tórrido y wagneriano. La canción más obscena, "Gorilla", tiene un ritmo sincopado que haría temblar a Mutt Lange. En el caso de otro músico, tanta ampulosidad habría hundido el disco, pero en el de Mars –compositor magistral, vocalista hábil y emotivo– es un elemento fundamental del mejor pop. Como en su debut, Doo-Wops & Hooligans (2010), condimenta sus canciones con una forma de cantar de la vieja escuela, tan clásica como su sombrero de ala ancha. Pero hay mucho más: disco soul que recuerda a Prince, reggae-rock nervioso al estilo The Police y baladas a lo Elton John, siempre con una producción (Diplo, Jeff Bhasker, Mark Ronson) atenta al beat.
Por Jody Rosen
LA NACION





