Adrián Navarro, en la piel de Juan Duarte
Promete ser la sorpresa del nuevo film de Héctor Olivera
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Adrián Navarro promete ser la sorpresa de "Ay, Juancito", la película con la que Héctor Olivera vuelve al cine histórico y comprometido que no hacía desde "El caso María Soledad". La película, que se estrenará pasado mañana, cuenta también con la participación de Inés Estévez, Leticia Brédice, Norma Aleandro, Laura Novoa, Eduardo Marrale y Roberto Carnaghi.
Esta vez, el viaje de Olivera, con guión escrito a cuatro manos con José Pablo Feinmann, tiene como destino la primera mitad de la década del 50, cuando Juan Ramón Duarte, el hermano consentido de Eva Perón, se convirtió en secretario de la Presidencia. Como parte del entorno de Juan Perón, el más joven de los Duarte, llevó una vida disipada, al amparo de otros funcionarios y rodeado por amantes más o menos conocidas en la farándula, a las que obsequiaba automóviles o la posibilidad de aparecer en la tapa de Radiolandia. Aquellos negocios turbios y la permanente exposición de su desenfreno en lugares públicos, pusieron en peligro la imagen del mandatario, que, frente a las presiones de los opositores, tomó la decisión de terminar con sus aventuras.
Navarro había trabajado en TV, en la línea coral de "22, el loco", "Franco Buenaventura" y "Malandras", entre otras producciones, pero nunca en el cine. Su trayectoria es, en este sentido, más teatral, pero no tan larga como cualquiera podría suponer al verlo en acción, ni con tantas luces. Su llegada al personaje lo sigue sorprendiendo, incluso cuando ya se vio en la pantalla y descubrió que había logrado dar un paso trascendente.
"Necesitaba alguien con el talento, la fuerza y la pinta de un Jorge Salcedo en tiempos de ´Apenas un delincuente´. Por razones comerciales arranqué imaginando a los actores más conocidos y taquilleros, con el bigotito y el pelo engominado", cuenta Olivera. "Pensaba: ´Va a ser fulano de tal´, pero cuando armé el resto del elenco con gente de tanto nivel, me pareció mucho mejor una figura nueva. Como público, lo agradecería, porque el cine argentino necesita reemplazar todas estas caras que se repiten, y ahí surgieron coincidencias inesperadas. Eugenia Levin, la directora del casting me trajo la idea de Adrián, a quien conocía por haberlo recomendado para otros trabajos. El resto, mejor que lo cuente él."
Navarro cuenta que estaba en Madrid, actuando en la puesta de "La pecera", de Ignacio Apolo, dirigida por su amigo -y coach en la película- Diego Rodríguez, de paso por la casa del crítico argentino Juan Carlos Frugone, radicado allí hace tres décadas. Frugone conocía el proyecto de Olivera. Fue aquella noche cuando en una vieja revista Navarro vio una foto de Duarte y pensó en voz alta: "Imagínenme peinado a la gomina y con bigotito... ¡Soy igual a él!". A su regreso, recibió un llamado de Aries. "Pensé que Frugone me había recomendado, y lo llamé para agradecerle", recuerda. "Pero no: me juró que no tuvo nada que ver", agrega. El primer paso ya estaba dado.
-¿Era un personaje que te estaba esperando?
-Creo que hay algo misterioso en todo esto. En 1998 tuve un accidente por mala praxis médica, y en aquel momento tuve algunas alucinaciones con respecto a viejos tiempos. Con la época de Rosas, por ejemplo. También con los años 50. Cuando terminé la primera audición, salí muy conforme. Cuando llegué a mi casa, estaba convencido de que el personaje era mío.
-¿Cómo lo construiste?
-Me gustan aquellos años de la historia, más allá de lo político: es decir, por cómo se vestían, sus autos; en general, porque me gustan las cosas antiguas y veo mucho cine de la época. Me interesaba escuchar cómo hablaban y hasta cómo se miraba a una mujer, esa cosa caballeresca que ahora parece perdida. Básicamente soy un romántico y un apasionado. No soy muy formal para vestirme, pero me encantó ponerme esos trajes o usar cigarrera. Me divirtió mucho jugar ese juego de poder regalar autos, aunque más no sea en una ficción.
-¿Hubo algo que te impresionara de Juan Duarte?
-Antes de esa cena en Madrid, yo no sabía siquiera que Evita había tenido un hermano. Me preocupé de que, más allá del guión y de todo lo que me había dicho Héctor sobre el personaje, estuviesen cuidados todos los detalles, y tuve que imaginar cómo se levantaba de la cama, cómo se afeitaba o cómo se vestía. En cuanto a su personalidad, no me sorprendió tanto, porque en comparación con los personajes que conocimos en la década del 90, Juancito es un nene de pecho. Y tuvimos cincuenta o más Juancitos de los peores dando vueltas por el poder.
-¿Te dio miedo trabajar con actores muy conocidos?
-De conocerlos a todos como espectador, ahora tenía que trabajar con ellos como un igual. Una de las primeras lecturas que tuve fue con Norma Aleandro... Además, Juancito aparece en casi toda la película. No, no me dio miedo, porque para ser actor hay que ser un poco inconsciente.
Peronismo modelo 50
"Hace rato tenía la idea de una película sobre el peronismo de los años 50", dice Héctor Olivera, que dirigió algunos de los clásicos del cine argentino. De ellos siempre se recuerdan "La Patagonia rebelde" y "No habrá más pena ni olvido", las dos muy polémicas, por diferentes motivos. A los 73 años, el director señaló a LA NACION: "Me llamaba la atención que el cine argentino hubiese tocado esa época nada más que dos o tres veces, cuando es tan rica en términos de cine".
"La comparo con las de Mussolini en Italia y Franco en España, que tiempo después dieron lugar a tantas películas, incluso a comedias -reflexiona-. Creo que en los 70, los intelectuales que en su gran mayoría habían sido antiperonistas, pensaban: ´Yo estoy con el pueblo, el pueblo está con Perón, ergo, el pueblo no puede equivocarse´, y así Perón se convirtió en algo intocable. Hablando con la actriz Susana Canales, ella me comentó su frustrado romance con Juan Duarte, y entonces me pregunté cómo me había olvidado de ese personaje. Lo que pasa es que había sido condenado al olvido por el peronismo, que no podía aceptarlo por haber sido el hermano de Evita, al que El general mandó al muere; y tampoco podía ser perdonado por la oposición porque, como muestro en el principio de la película, la Revolución Libertadora encaró la investigación sobre su muerte de una forma muy cuestionable. Me gustó esa cosa de la intimidad del poder, de Perón y Evita, no en el balcón sino de entrecasa, más todavía si tenemos en cuenta que Duarte estuvo vinculado con Argentina Sono Film y, además, que por sus dotes de amante lo apodaban Jabón Lux, porque nueve de cada diez estrellas lo usaban. El peronista a ultranza va a rechazar esta película, pero el inteligente la va aceptar. Cuando la pasé en el Malba, un señor me encaró y me dijo: ´Me parece mentira, el director de ?La Patagonia rebelde?´, y pensé: ¡zas!, un peronacho. Pero siguió: ´... y de No habrá más pena ni olvido: ¡usted lo deja muy bien a Perón, que fue un canalla!´, me increpó. Por eso pienso que a los ultraperonistas y a los ultracontreras no les va a caer bien, porque no intenté una mirada maniquea. Pienso que en especial le va a gustar a los jóvenes, que no saben que Evita tenía un hermano, y que ese hermano era un tiro al aire".






