Alterio, Luppi y Soriano, tres quijotes para una locomotora

En el film "Corazón de fuego" son ferroviarios e idealistas
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23 de diciembre de 2001  

PASO DE LOS TOROS, Uruguay.- Tarde de domingo. Un hotel situado frente a la represa hidroeléctrica Rincón del Bonete. En el living, el televisor muestra un partido de fútbol español. Héctor Alterio y Federico Luppi lo disfrutan, atentos. Ambos se dan vuelta ante el saludo de Gastón Pauls, que ha llegado de Buenos Aires para participar en unas cuantas escenas.

En Uruguay se han dado cita estos grandes actores argentinos que, junto a Pepe Soriano, se encuentran trabajando en la coproducción argentino-uruguaya-española "Corazón de fuego", aunque el título aún pueda variar. La película es dirigida por un uruguayo: Diego Arsuaga.

El día en que estuvo LA NACION era franco para el equipo de filmación. Un típico domingo de bastante calor, clima tranquilo y alegre. Mientras un gol se gritaba desde el televisor, otro grupo planeaba el picadito de la tarde, "un clásico de los rodajes -explica Gastón-, muy necesario, infaltable..." También las mujeres participan en los partidos.

A estas alturas del rodaje ya se han recorrido varias localidades. Esta es la penúltima, donde se grabará la escena final. Luego, Montevideo.

El tren de la discordia

Pero "La 33" es la protagonista indiscutible de esta historia. Se trata de una vieja locomotora recuperada por la sociedad Amigos del Riel, de Montevideo. Es por ella, símbolo de amor por lo propio, que se enfrentan tres veteranos del ferrocarril -acompañados por un niño- y un joven negociante. Los primeros quieren defender el patrimonio nacional robándose la máquina. El segundo, simplemente desea vendérsela como reliquia a un director de cine hollywoodense. De esta forma comienza una aventura que tendrá imprevistas derivaciones y consecuencias.

"Jimmy es un tipo que consigue un negocio con una locomotora antigua que a nadie le interesaba. La arregla, la vende y estos tres ladrones se la secuestran -cuenta Pauls-. Mi personaje es, de alguna forma, el antipático de la película, pero no es un mal tipo. Está haciendo lo que cree correcto, un negocio que además le da trabajo a la gente... Tiene una defensa: no quiere violencia, tan sólo recuperar la locomotora por las buenas."

En Paso de los Toros llama la atención el canto de los pájaros, que ni en la inmensidad de la noche descansan. "Ese colibrí nos visita todos los días", dice Soriano, al tiempo que recomienda un paseo por un bosque cercano donde sólo se escuchan las voces de una colosal variedad de aves.

La tarde avanza y en una terraza protegida del sol Luppi cuenta que cuando le presentaron la versión definitiva del libro, ésta era "realmente buena. Tenía una historia para contar, con cierto sentido, con personajes creíbles y atractivos".

Luppi encarna a un "ex sindicalista del riel, un individuo más bien pegado a la acción que al discurso, más cabeza dura que reflexivo". Opina que esta peripecia de robar una máquina "es una aventura un poco romántica que, de alguna forma, te remite a las utopías de la década del 60. Es una manera de abrir conciencia respecto de los patrimonios que hacen a la identidad de un país. Esta película habla mucho de nuestra zona, del Río de la Plata". Define el film diciendo: "En el fondo, es más bien un testimonio afectivo y querendón de algo que se perdió".

La cortesía del pueblo uruguayo es una de las cosas más remarcadas por todos los que aquí se encuentran trabajando. Y no es difícil comprobarlo. Una silla para quien está parado. Un mate por aquí y otro por allá. La gente del hotel trae unas tortas fritas sin que nadie las haya pedido, por el gusto de mimar a quienes aquí se hospedan.

Pepe Soriano deja el diario de lado y comenta que la gente es de una enorme cordialidad. "Se acercan, pero bien, no hay actitudes cholulistas, sino afectivas". En cuanto a la película, Soriano dice: "El olfato me indica que estamos frente a un material que puede ser popular, atractivo, que no es retórico y que insinúa posibilidades y deseos colectivos". El personifica a otro de los veteranos del riel, que además sufre un deterioro importante a medida que avanza la historia.

Ya el sol está desapareciendo y el aire se enfría. En el hotel siguen buscando la forma de satisfacer a los huéspedes. Algunos empleados arman un árbol de Navidad, mientras que otros cuelgan cuadros.

"Mi personaje es el motor de esta aventura casi quijotesca de preservar los patrimonios del país", cuenta Alterio, que afirma que le atrajo la historia y "la perspectiva de trabajar con estos colegas de tantos años". También él destaca la atención que recibe en el trato diario. "Y José y Diego -nombres de pila del productor y del director, respectivamente- no son ajenos a eso. Nos dan una especie de fiesta continua... No sé si lo habrás advertido", dice, riendo bajo un cielo ya estrellado.

Amistades y trabajo

Desde 1974, Alterio, Luppi y Soriano no compartían un set. Desde "La Patagonia rebelde". Pero sí fueron creciendo en amistad, y "Corazón de fuego" les brindó la oportunidad de volver a trabajar juntos.

Luppi expresa regocijo por este reencuentro con sus compañeros y por compartir este trabajo con ellos. "Hacía tiempo que no veía a Pepe. Cuando me dijeron que iban a estar ellos, realmente fue una alegría. También nosotros estamos en una edad en la que ya se sabe que la generación que viene es la que va a reemplazarnos. Nosotros podemos encarnar a los individuos que hacen balances más del tipo geronte", dice.

Cuando Soriano habla del encuentro se le iluminan los ojos. "Es bárbaro. Venimos de las mismas formaciones, de los mismos deseos. Además, estamos a una altura del camino en que la gente ya ha depuesto hace muchos años, si es que alguna vez las ha habido, las actitudes competitivas que corresponden al trabajo." Remarca la "buena relación histórica" que existe entre los tres y afirma: "Eso hace que lo pasemos muy bien".

También para Héctor Alterio fue un regalo "la aventura de trabajar con estos colegas de tantos años. Más allá de los 30 años que pasaron de "La Patagonia rebelde" nos seguimos viendo y conservamos la amistad".

Y hay más. La felicidad no sólo viene de amistades maduras, sino de que Pauls se ganó su propio espacio junto al trío. "Yo lo vivo como un heredero natural -declara Soriano-, y da gusto poder trabajar con él. Cree que su oficio sirve para mejorar el mundo, cree que puede dejar un mensaje. Quiere mucho su laburo y además piensa en cómo insertarse en la comunidad. Gastón recoge el guante en ese sentido."

También aporta lo suyo la presencia de un, por ahora, desconocido. Se trata de Balaram Dinarth, un niño de 11 años que debuta en la pantalla grande junto a este reparto de notables, de quienes nunca había escuchado hablar. "Mi papá me explicó que Fede es el Robert De Niro argentino", cuenta cuando lo dejan hablar, entre cientos de anécdotas del rodaje. Sobre ellas, confiesa que la lección más importante se la dio Luppi, quien, en los momentos en que Balaram se cansaba de esperar su próxima escena, le decía: "El cine es paciencia".

Un día de rodaje

Al día siguiente, temprano, salieron los técnicos para preparar el set. Unas horas después, los actores. Y los extras ya estaban esperando su llamado a posición. Saludaron a gritos a Pauls y le sacaron fotos a Alterio.

Diego Ursuaga, el director, se ríe con los extras cuando éstos festejan al grito de "corte". Y escuchan que hay que repetir la escena. "Esta vez bajen más despacio", les indican. Una voz grita: "Esta fue la primera de diez", y todos se ríen. Y aplauden otra vez.

Arsuaga no sólo dirige. Escucha, pide y se hace tiempo para las cargadas: Pauls baja de una camioneta y observa la llegada de la locomotora. Cuando vuelve a subirse para repetir la escena activa un guiño sin darse cuenta. Arsuaga le manda el mensaje: "Decile que cuando quiera le enseño a manejar..." Todos se ríen.

Cuando habla del reparto que tiene para ésta, su segunda película, Arsuaga dice: "En realidad, los estoy salvando", y estalla en carcajadas, que siguen mientras agrega, irónico: "Son un poco flojos, les falta experiencia, y cuando puedo les salvo algunas tomas". Luego se pone serio y afirma: "Son buenísimos. Así es 70 veces más fácil trabajar..."

"A la hora del trabajo, Diego sabe lo que quiere y deja mucho espacio para que uno proponga", comenta Pauls. Y Soriano lo describe como "un tipo calmo, mate en mano, que trabaja en base a las ganas y al amor".

El día de filmación va terminando. La gente se junta en el campamento. Soriano y Balaram estuvieron allí toda la jornada, aunque no tenían escenas para este día, acompañando a sus compañeros y compartiendo unos mates con aquellos que de momento estaban libres. Llegan Alterio, Luppi y Arsuaga y se alistan para regresar al hotel. El sol se esconde detrás del campo uruguayo, marcando el momento de descanso tan merecido después de casi doce horas de trabajo que dejaron a todos cansados pero sonrientes.

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