Amor y soledad en una película taiwanesa
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"Viva el amor" ("Aiqing wansui", Taiwan/1994). Dirección y guión: Tsai Ming-liang. Con Chao-Jung Chen, Kang-Sheng Lee, Kuei-Mei Yang, Hsiao-Ling Lu y otros. Fotografía: Liao Pen-jung. Presentada en video y pantalla ancha por Primer Plano Film Group. Duración: 120 minutos. Calificación: sólo apta para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: muy buena.
La soledad puede ser buscada o llega al ser humano como un castigo inesperado. Siempre, sin embargo, es portadora de ese sabor agridulce que, en algún momento, precisa de otra voz y de otro cuerpo para no caer en depresiones.
Y "Viva el amor", a pesar de su título optimista, habla de esas criaturas de vivencias desoladas. La historia se desarrolla mediante tres personajes principales, dos hombres y una mujer, a los que el director Tsai Ming-liang insertó, con un agudo sentido de la observación, en una gran ciudad, la Taipei de los años 90.
Por esas calles transitan una mujer de mediana edad, vendedora de fincas y de departamentos, que necesita ser amada; un joven homosexual negociante de sepulturas, demasiado tímido para tener éxito en su profesión, y un hombre que dejó muy pronto la adolescencia y se amparó en la despreocupación y en el casi capricho de no sentir la necesidad de que alguien se preocupe por él.
Los tres recorren la multitudinaria urbe y, por fin, se encuentran. A cada uno de ellos les cuesta mostrar sus angustias, sus deseos, que arrastran como una carga en medio de la multitud indiferente.
Como un escrupuloso viviseccionador de almas, Tsai Ming-liang, uno de los más talentosos directores de la nueva ola taiwanesa, elaboró las idas y venidas de ese trío desolado por su doloroso presente y por su ambiguo futuro. El guión dejó de lado el melodramatismo y el golpe bajo para mostrar con elocuencia lo más profundo del alma y la desesperación de esas pobres criaturas que, en definitiva, buscan su lugar en el mundo.
Conviene destacar que "Viva el amor" no es un film fácil de comprender en una primera mirada. El director se amparó en una gran economía de diálogos -la primera media hora carece de palabras-, dejó de lado la música de fondo y utilizó la cámara para plasmar en largas tomas la idiosincrasia de sus protagonistas.
Sin embargo, con tan atípicos y genuinos elementos logró juntar y alejar a esa mujer y a esa pareja de hombres a los que las circunstancias unen para la mortificación y para una pequeña luz de esperanza.
Presentada en video y pantalla ancha, esta producción de Taiwan acerca al público porteño una de esas pequeñas grandes joyas que hablan simplemente del hombre frente a una cruel realidad contra la que cualquier intento de amor se ve amenanzado por la más intensa y patética soledad.
El elenco acompaña con enorme convicción al relato. Tanto Chao-Jung Che como Kang-Sheng Lee, que por este trabajo logró el premio al mejor actor en el Festival de Nantes, y Kuei-Mei Yang supieron imponer sus expresivos rostros y su angustia a flor de piel en una simple y honda aventura brindada, sin duda, al corazón de los espectadores.




