Anina, una perla escondida en la cartelera
Anina Yatay Salas: un nombre y dos apellidos capicúas. Anina vive en Montevideo y va al colegio primario, y sus compañeros la cargan por su nombre y por sus apellidos. Y eso es lo primero que sabemos del personaje del título de esta película estrenada en una sola sala, algo así como 500 menos que las del lanzamiento de la reciente La bella y la bestia. Sin embargo, Anina es mucho mejor: ya sabemos que la prepotencia del lanzamiento no tiene relación directa con la calidad del asunto. Anina, muy probablemente, tal vez sea la mejor película animada realizada en América latina en lo que va de este siglo. Este film uruguayo-colombiano de Alfredo Soderguit estuvo en la edición 2013 del Bafici en la competencia internacional, y ganó el premio del público. Se había estrenado en Generations en Berlín, y no en la sección de más de 14 años -que incluye muchas películas que en la Argentina serían consideradas para mayores-, sino en la de niños. Y sí, es para niños. Pero también para grandes y para medianos. Es una de esas películas nacidas del deseo, de la creatividad, de la convicción. Anina y sus vecinas, y sus padres, y sus tareas, y sus sentimientos, con las felicidades y los miedos de su niñez. Anina tiene la marca de lo artesanal y ninguna disculpa por no haber sido hecha con un montón de millones. La animación es singularmente bella e integra a la perfección el movimiento de los personajes con fondos dignos de lindos libros ilustrados para niños (Anina se basa en el libro Anina Yatay Salas, de 2003). Ésta es una película que demuestra la vigencia del cine, de sus posibilidades, que es como una merienda feliz en una tarde lluviosa, y que les dice a todos los que no la vieron que... ¡corran a las salas! Bueno, a la sala.
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