
Anna Magnani: sensualidad estilo italiano
Anna Magnani no fue la iniciadora de la estirpe -ni siquiera tenía la belleza convencional o el glamour típicos de una estrella-, pero cuando asomó en las imágenes de "Roma, ciudad abierta", apasionada y resuelta, con la dignidad pintada en su rostro sin afeites y el gesto bravío de la mujer dispuesta a jugárselo todo por lealtad a su causa y a su hombre, el cine supo que se abría un nuevo capítulo en materia de sensualidad femenina.
En pocos años, otras italianas, más jóvenes y más esculturales, afirmaron el nuevo modelo: ya no enigmáticas vampiresas ni rubias sofisticadas, sino mujeres comunes, de carne y hueso, tipo mediterráneo y temperamento firme. La fortaleza de los personajes que encarnaban estas divas de los cincuenta residía en su propia femineidad: eran independientes, inteligentes, apasionadas, conscientes de su atractivo. La sensualidad en ellas no era sólo una cuestión de curvas o de rostros agraciados: provenía de su carácter, de su interioridad. Por eso, no deja de ser curioso que muchas de ellas hubieran surgido de concursos de belleza, el de Miss Italia en especial, que se convirtió en el acceso principal hacia la consagración mediática. Claro que las chicas se impusieron primero por presencia y carisma, pero después fueron sumando a ese esplendor físico visibles habilidades interpretativas.
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Por cierto que el azar o la providencia fueron en esos años especialmente generosos con Italia a la hora de dispensar belleza femenina. Basta pensar que cuando en 1947, el muy popular concurso de Miss Italia consagró a una bellísima morena de 16 años llamada Lucia Bosé, relegó al segundo puesto a Gianna Maria Canale (después figura de innumerables dramas históricos), y al tercero a una ya exuberante Gina Lollobrigida. Sin contar con que otras dos espléndidas competidoras no llegaron a la instancia final: una, Eleonora Rossi Drago, por no cumplir con los requisitos del certamen (a los 22 años, ya estaba casada y tenía un hijo); la otra, Silvana Mangano, porque por propia decisión prefirió quedarse con el título de Miss Roma y retirarse antes de la etapa decisiva. (Por supuesto, tanta belleza y tanta distinción no pasó inadvertida para los cineastas. Antonioni, que eligió a Lucia Bosé para "Crónica de un amor" [1950] y "La dama sin camelias" [1953], reparó en el seductor refinamiento de Rossi Drago y la quiso como protagonista de "Las amigas" [1955]. Mangano interpretó algunas películas menores antes de hacer célebre su imagen en medio de los arrozales y con el agua hasta los muslos en "Arroz amargo" [1949, Giuseppe De Santis], donde también bailaba un tórrido boogie y mostraba el temperamento de actriz que después seduciría a Visconti y Pasolini.) Este logrado melodrama con trasfondo social y "Pan, amor y fantasía" (1953, Luigi Comencini), el film que tendió el puente entre el neorrealismo y la commedia all´italiana e hizo famosa a Gina en todo el mundo, integran el breve ciclo dedicado a las divas peninsulares que se desarrolla los miércoles en el Centro Recoleta.
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Como si una Italia con las heridas abiertas de la guerra pero ya empeñada en la reconstrucción hubiera redescubierto el placer de una fiesta de la belleza, los concursos se volvieron por entonces cuestiones de interés público. Un ejemplo: en 1946, dos finalistas, Silvana Pampanini y Rossana Martini, dividieron al país en un duelo que, en los papeles, ganó la segunda, pero convirtió en estrella indiscutida a la primera. Algún tiempo después, en 1950, la miopía del jurado adjudicó el cuarto premio a "una larguirucha demasiado flaca": Sofia Scicolone. La futura Loren sólo tenía 16 años, pero toda la vehemencia que mostró después en la pantalla: por causa de sus reclamos y del apoyo popular debieron inventarle un premio; fue Miss Elegancia y no tardó demasiado en convertirse en un icono sexy. Se comprende que en los años sucesivos ninguna de las Miss Italia haya llegado a descollar demasiado. Parecía que ya no quedaba espacio libre para más estrellas. Sin embargo, siguieron surgiendo, de ése y otros certámenes. Mencionemos sólo tres: Sylva Koscina, Claudia Cardinale, Stefania Sandrelli.
La nómina podría extenderse bastante más. Ya se sabe que el fenómeno que protagonizaron estas voluptuosas divas se extendió más allá de Italia. El mismo Hollywood se rindió ante estas diosas sensuales cuya fogosidad admiraba, aunque, fiel a sus hábitos, intentó pasteurizarlas y adaptarlas a su modelo de sofisticación. Por fortuna, no siempre con éxito.
Por fortuna también, de vez en cuando, la pantalla nos las devuelve en la plenitud de su belleza.




