
Asomarse al horror
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"El pianista" ("The Pianist", Francia, Polonia, Alemania, Inglaterra/2002). Dirección: Roman Polanski. Con Adrien Brody, Emilia Fox, Michal Zabrowski, Ed Stoppard y otros. Guión: Ronald Harwood, basado en el libro de Wladyslaw Szpilman. Fotografía: Pawel Edelman. Música: Wojciech Kilar. Presentada por Alfa Films. Duración: 145 minutos. Calificación: sólo apta para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: muy buena
Sobrevivir en medio del horror, de la destrucción y de las persecuciones son, en todas las guerras, el doloroso ansia de aquellos que, lejos de las espurias pasiones y rencores que motiven las contiendas bélicas, están inmersos en sus trágicas consecuencias.
Son muchos los ejemplos de esos hombres, mujeres y niños que se debatieron entre la salvaje lluvia de balas, que fueron torturados en campos de concentración o que sufrieron los más crueles castigos simplemente por ser de otra raza o por pertenecer a otra religión. Roman Polanski, con una talentosa filmografía a su favor, decidió tras una ausencia de tres años de silencio como realizador, volver a la pantalla grande con una historia que es muy cercana a sus raíces.
De padres polacos, Polanski centró su mirada en la Segunda Guerra Mundial y, más concretamente, en la figura de uno de esos seres perseguidos por el terror alemán. Su protagonista es Wladyslaw Szpilman, un pianista y compositor polaco que, en 1939, y mientras ejecutaba un tema de Chopin, comenzó a experimentar los horrores de la contienda.
Desde ese momento tanto Szpilman como su familia fueron perseguidos por ser judíos. Varsovia era destruida por el poder bélico de las tropas de Hitler, y cada vez se hacía más difícil hallar algún lugar para refugiarse. El pianista sólo conocía el apasionamiento por su arte y, cada vez más solo, es testigo de la muerte, de las torturas y del ansia destructor de los enemigos de su país.
Terrorífica escenografía
Varsovia fue uno de los primeros blancos de la aviación alemana y las tropas hitlerianas construyeron un gueto en el que casi cuatrocientos mil judíos vivían en una zona delimitada por muy pocas manzanas. La población fue dividida en grupos de trabajos forzados y la comida se distribuía irregularmente. Szpilman fue uno de esos miles de judíos que sufrieron la humillación, el hambre y las enfermedades. A veces amparado por amigos leales que se jugaban la vida, el pianista lograba esconderse en alguna vivienda abandonada o en un sucio y maloliente ático de una casa en ruinas.
Finalmente la paz llegó para Polonia y en 1945 los nazis abandonaron Varsovia tras una tenaz resistencia. Pero en esa ciudad destruida quedaban sólo veinte judíos, entre ellos Wladyslaw Szpilman, que volvió a ser ese excelso pianista que vivió hasta el año 2000 luego de una larga trayectoria artística y de escribir su libro "Muerte de una ciudad", en el que relata su larga odisea de judío perseguido.
Polanski, con el apoyo del guionista Ronald Harwood, se adentró en la vida de este hombre que conoció todas las caras del horror. El realizador deja que su cámara atrape a esa desolada Varsovia y sigue con su lente a ese ser despojado de su orgullo de artista y de su simple condición humana. El realizador no necesitó el pincel melodramático ni la ficción pesimista para desarrollar esa odisea, porque la odisea está en la realidad de la historia, en la bestialidad de quienes se imponen por la fuerza a la naturaleza de las razas y de las religiones. Y Szpilman es el ejemplo que Polanski necesitaba para sumergirse -y sumergir a los espectadores- en el dolor de todo holocausto.
"El pianista" es, fundamentalmente, un canto a la dignidad humana, un grito desesperado frente a la violencia de la sinrazón, un cuadro patético de la desesperación de los inocentes sumidos en la impotencia de la guerra.
Puede señalarse que el film es por momentos extenso en su metraje, reiterativo en algunas situaciones y duro de digerir. Pero no es menos exacto que el cineasta francés estampó en la pantalla de plata sus mortificaciones personales y su sello tan auténtico como íntimo.
El film queda como una vivisección de guerras sin sentido y de persecuciones ignominiosas. Y, sobre todo, como un auténtico retrato de un hombre y de un artista -Wladyslaw Szpilman- que vivió como pocos la locura homicida de ser perseguido por ser, simplemente, alguien perteneciente a una comunidad perseguida y vilipendiada.
Vale acotar que no es agradable ver "El pianista", si quien asiste al cine se reclina en su butaca con ánimo pasatista. Pero la obra queda como un canto que pendula entre lo lírico y lo violento teniendo como centro a ese hombre permanentemente acosado que, finalmente, volverá a su piano, es decir, a su arte, que es, al fin y al cabo, el único objeto de su existencia.
El excelente trabajo de Adrien Brody -meditado, elaborado con sutiles miradas, amasado con enorme sentimiento- es otro de los aciertos del film. El elenco que lo apoya es tan digno como la fotografía y la música, rubros que suman a "El pianista" la magnificencia del miedo y la locura homicida de la guerra, temas que, sin duda, son los tópicos fundamentales de esta premiada y esperada obra del siempre discutido Roman Polanski.
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