
Ballet hipnótico y deslumbrante
"El arca rusa" ("Russian Ark", Rusia-Alemania-Japón-Finlandia-Dinamarca-Canadá/2002, color). Dirección: Alexander Sokurov. Con Sergey Dreiden, Leonid Mozgovoi, Maria Kuznetsova, Mikhail Piotrovsky, Svetlana Svirko, Valery Gergiev y otros. Guión: Alexander Sokurov y Anatoli Nikiforov. Diálogos: Boris Khaimsky, Alexander Sokurov y Svetlana Proskurina. Concepción visual y diseño de imagen: Alexander Sokurov. Fotografía: Tilman Büttner. Música original de Sergey Yevtuchenko y obras de Glinka, Tchaikovsky, Telemann y G. Persella. Imagen digital: Sergey Ivanov. Presentada por Alfa Films. Duración: 96 minutos. Apta para todo público.
Nuestra opinión: excelente
Ballet hipnótico y deslumbrante que hace del acto de contemplar un gozoso ejercicio de participación, "El arca rusa" es un film único, una experiencia fascinante que nos hace ingresar en la evanescente dimensión del sueño, allí donde tiempo y espacio se funden en un mismo territorio y donde pueden convivir memoria y fantasía, pasado y presente, realidad y alucinación.
Podrá maravillar la hazaña técnica que supuso su realización -todo el relato consta de una sola toma de casi 90 minutos-, pero mucho más lo hará comprobar que tal elección está lejos de responder a un capricho o a un mero alarde de destreza formal: el armazón y la obra están indisolublemente ligados. Hecho doblemente llamativo en tiempos como estos en los que muchísimas herramientas proporcionadas por la tecnología suelen emplearse porque sí, sólo porque son novedosas y están al alcance de la mano.
El fluir del sueño
Como el arca bíblica, el Museo del Hermitage ha sobrevivido a mareas y diluvios: sus suntuosos salones no sólo guardan tesoros artísticos que llevan consigo el testimonio de los últimos 250 años de historia rusa; también conserva, por haber sido residencia de los zares, la resonancia de las voces, la pompa de ceremonias y recepciones, el eco de la música, el rumor de los bailes, la memoria de la guerra, el sonido de los disparos. Sokurov sale a su encuentro en una suerte de visita guiada contenida en ese único plano que imita con raro acierto el libre fluir del sueño.
Lo sugiere desde el comienzo. El film se inicia sobre la pantalla oscura: "Abro los ojos y no veo nada", dice una voz, la del propio realizador. Un accidente ha precedido a esa penumbra que cuando se disipa deja ver una escena del pasado: oficiales de uniforme y acicaladas damas están ingresando en el palacio. El narrador (sólo su voz y su mirada) irá tras ellos y enseguida se topará con un visitante fantasmal, un diplomático francés vestido con ropas del siglo XIX, con el que compartirá parte del recorrido por ese laberinto en el que se mezclan épocas y personajes mientras los dos reflexionan, y a veces discuten, sobre la cultura rusa a través de los siglos, sobre su fluctuante relación con Europa, sus contradicciones y su identidad.
No existe el tiempo en esa imprecisa región donde convive todo lo que guarda el Hermitage (el arte trasciende, indiferente al paso de los años), mezclado con todo lo que éste promueve en la conciencia del visitante. La continuidad de la secuencia hace que las escenas a las que se asiste a medida que la cámara transita por salones, escalinatas, galerías, corredores u oscuros pasadizos parezcan suceder simultáneamente, o bien que hayan estado aguardando siempre ahí, como aguardan los cuadros y las esculturas, a que la imaginación del visitante las convoque.
Como en el sueño, el tiempo real se diluye. "El arca rusa" es un momento único que dura cerca de una hora y media y en el que además de la majestuosidad del palacio petersburgués y de las maravillas artísticas que contiene caben una amplia galería de personajes -de Pedro el Grande a Pushkin, de la familia entera de Nicolás II a un par de marineros soviéticos, de un trío de directores del museo a sus visitantes actuales-, y una no menos variada colección de escenas, sorprendidas en cada estancia al paso de la cámara y en algunas de las cuales tiene directa participación el cáustico aristócrata francés. (Sokurov lo ha identificado como el marqués Astolf de Custine, autor de un escandaloso libro sobre la corte rusa en el siglo XIX, y como tal desconocedor de la tumultuosa historia del XX, lo que da origen a algunos de los toques humorísticos que contiene el film.)
Sueño complejo y fascinante
No hace falta apuntar lo vana y equívoca que resulta la pretensión de traducir en palabras el contenido de un sueño. Y mucho menos éste, tan complejo y fascinante como el alma rusa. La emoción estética es intransferible, pero conviene aclarar que el único requisito para experimentarla es la sensibilidad. No es indispensable saber quién era Catalina la Grande para apreciar la mágica belleza crepuscular del plano en que se la ve huyendo en la nieve, ni se necesita conocer la historia de los zares para deleitarse con la magnificencia de la llegada a la corte del embajador persa o para contagiarse del aire melancólico que inunda la imagen cuando el fantasmal diplomático se niega a abandonar el palacio en un final cargado de sombríos presagios o cuando la cámara deja a la multitud de visitantes que se retiran para asomarse a una ventana y comprobar que el arca está rodeada de mar y que deberá por siempre seguir navegando.
El bagaje cultural puede abrir -como sucede siempre y no sólo al abordar una obra de esta naturaleza- distintas vías de acceso a lo que el autor propone, pero la emoción que la belleza suscita no depende de él. Y aquí la belleza es casi abrumadora: está en lo que aparece delante de la cámara y en la cámara misma, que con su movimiento marca los pasos de esta danza en cuya fascinación el espectador se verá envuelto. El reclamo visual es tanto y tan seductor el efecto hipnótico que el film invita a más de una visión.
Al cabo de la experiencia -a cuyo melancólico cierre se arriba después de haber asistido a la formidable y prolongada escena del último baile imperial, antes de la Primera Guerra y de la "convención que duró ochenta años" (como se alude a la época iniciada por la revolución bolchevique)-, el espectador tiene la certeza de que por una vez un museo se le ha revelado como un organismo vivo y que tal prodigio, debido a un artista de genio, le ha permitido aproximarse, más allá de las polémicas que pueda suscitar la visión nostálgica de Sokurov, al corazón de un pueblo, de su cultura y de su historia.
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