Borat, un tipo políticamente incorrecto

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8 de febrero de 2007  

Borat, el segundo mejor reportero del glorioso país Kazajistán viaja a América ( Borat: Cultural Learnings of America for Make Benefit Glorious Nation of Kazakhstan, Estados Unidos/2006 ). Dirección: Larry Charles. Con Sacha Baron Cohen y Ken Davitian. Guión: Sacha Baron Cohen, Anthony Hines, Peter Baynham y Dan Mazer. Fotografía: Luke Geissbuhler y Anthony Hardwick. Música: Erran Baron Cohen. Edición: Craig Alpert, Peter Teschner y James Thomas. Dirección de arte: David Maturana. Producción hablada en inglés con subtítulos en castellano y presentada por 20th Century Fox de Argentina. Duración: 84 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años.

Nuestra opinión: muy buena

Antisemita, homofóbico, racista, obseso sexual, xenófobo, bruto, torpe, arrogante La lista de miserias podría continuar casi hasta el infinito a la hora de definir a Borat Sagdiyev, el periodista de la televisión pública de Kazakhstán que es enviado a los Estados Unidos para filmar un documental sobre "el mejor país del mundo" que sirva como inspiración para modernizar a aquella ex república soviética. Pero la creación del cómico inglés Sacha Baron Cohen (que ya había aparecido en el Channel 4 británico y luego en HBO) está lejos de ser, apenas, una morbosa acumulación de excesos y apelaciones al mal gusto destinada al consumo de adolescentes deseosos de provocaciones y emociones fuertes.

Borat es una de las sátiras más despiadadas, hilarantes e inteligentes que el cine haya concretado en mucho tiempo a la hora de exponer en toda su dimensión las contradicciones, las hipocresías, las mediocridades, los miedos, el patetismo y los estereotipos que imperan en la sociedad norteamericana. Y lo hace con un desparpajo y una ferocidad que -en la comparación- deja a los documentales de Michael Moore como simples manifiestos aleccionadores.

Rodado con la desprolijidad y la urgencia de un registro casero y amateur, y apelando por momentos a una estética que remite a los viejos films propagandísticos de la era soviética, este largometraje de Larry Charles (guionista y productor de míticas sitcoms como Seinfeld y Loco por ti ) es capaz de sonrojar, impresionar, irritar y hasta herir más de una susceptibilidad con su apuesta permanente por un humor absurdo que no esconde abundantes obscenidades ni bromas escatológicas.

Pero -otra vez- no se trata de un mero capricho, sino de una elección artística destinada a impactar al espectador para que éste se vea obligado a lidiar con sus emociones más extremas y luego deba poner las ideas en debate.

El Borat Sagdiyev de Cohen -que no llegará a la altura de un Jerry Lewis o de un Groucho Marx, pero es una notable creación cómica con sus rulos, sus bigotes, sus dotes de bailarín de música disco y un lenguaje propio que no es el kazako, sino un inglés rudimentario salpicado por palabras en hebreo y polaco- arremete contra todo y contra todos: los políticos y los evangelistas, los homosexuales y los judíos, las feministas y los nacionalistas, los viejos y los adolescentes, los distinguidos neoyorquinos y los simples exponentes de la clase media baja más rudimentaria.

De Arnold a Pamela

Sin distinción de razas, de credos ni de clases sociales, el ridículo de Borat terminará ridiculizando aún más a las distintas minorías dominadas en muchos casos por el fanatismo y la intolerancia, e incluso a íconos de la cultura de masas y de la sociedad de consumo, como la pulposa Pamela Anderson o el astro de acción devenido político Arnold Schwarzenegger.

Particularmente lograda es la escena en que Borat expresa, micrófono en mano y ante las tribunas colmadas de un rodeo, su apoyo a la guerra contra el terror del presidente Bush. La ovación se transforma poco a poco en perplejidad cuando insta al mandatario norteamericano "a beber la sangre de cada hombre, mujer y niño de Irak", y termina en abucheos y agresiones cuando lo escuchan cantar, desentonado, que "Kazakhstán es el mejor país del mundo", con fondo de himno estadounidense.

Más allá de las múltiples entidades y personas que se han sentido ofendidas por la película (los productores están enfrentando una catarata de juicios en su contra), hay un aspecto del film que genera de forma inevitable un dilema y hasta un debate moral. En muchos pasajes, los creadores del film apelaron a la cámara sorpresa y, a partir de ese recurso, dejaron expuestas a muchas personas involuntariamente incorporadas a la trama.

Algunos, es cierto, podrán criticar ese tipo de abusos. Otros, en cambio, cuestionarán la elementalidad de alguna escena de humor físico (como cuando el protagonista termina rompiendo un local de recuerdos turísticos) o ciertos problemas en la construcción del punto de vista (especialmente por el lugar confuso que adopta una cámara a veces objetiva y otras subjetiva). Pero nadie saldrá indiferente después de ver Borat , con su creativo despliegue de humor negro, de pequeñas y grandes ideas capaces de inundar una sala de carcajadas. Para algunos, entonces, se trata de una fiesta asegurada que, como si fuera poco, deja bastante sedimento para la posterior charla de café una vez que se prenden las luces de la sala.

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